26 Valentina
El trayecto de vuelta al hotel fue una secuencia de semáforos, edificios con actividad y gente paseando en el paseo marítimo.
Logan conducía con una mano firme en el volante y la otra sujetando la mía mientras me daba apretones suaves cada pocos minutos, como pequeños avisos para recordarme que estaba a mi lado.
Hablamos muy poco durante el viaje, el silencio siempre se rompía con sus preguntas para asegurarse de que estaba bien.
En cuanto cruzamos el umbral de la suite, la puerta se cerró tras de nosotros y la compostura se vino abajo.
Sin esperarlo me dio un abrazo intenso, levantándome incluso del suelo, mientras aspiraba con su nariz apoyada en mi cuello.
Yo me dejé querer, estar envuelta en sus brazos era increíblemente reconfortante.
—Gracias Logan. Por haber venido y haberme sacado de allí —le susurré antes de separarnos.
Sentí su delicadeza al separarse, mirarme a los ojos, y darme un suave beso en los labios.
Me quedé mirándolo con curiosidad, acuné su mejilla en mi mano, y acaricié su pelo.
Como si necesitara comprobar que era él, y que lo tenía de nuevo conmigo.
Y entonces, curiosamente, esa sensación de gratitud hacia él, al recordar cómo había entrado a por mí, lo atractivamente valiente que era, empecé a sentirme excitada.
Un calor empezó a surgir en mi piel, no sé si fue debido a la adrenalina por lo sucedido, por que Logan me hacía sentir algo salvaje por dentro o por el pavor a casi habernos perdido para siempre.
Pero me invadió una necesidad imperiosa de sentirlo de nuevo, así que, no tuve ningún reparo, me lancé a su cuello y empecé a besarlo con ganas, mientras mis manos se deslizaron por su espalda, apretando su culo.
Él no se sorprendió, entendió perfectamente lo que necesitaba, y todo cambió rápido.
Nos buscamos con urgencia. Logan me atrapó por la cintura, alzándome mientras sus labios me buscaban con pasión, tan salvaje que me arrancó un gemido desde el fondo de la garganta.
Me llevó hasta las sábanas y volvimos a hacer el amor.
Sus manos, que minutos antes habían reducido a cuatro hombres armados, me tocaron entera de forma deliciosa.
Nos hicimos el amor, sellando de nuevo, esa atracción irresistible que sentíamos cuando estábamos juntos.
Caímos exhaustos y me acurruqué contra él, cogiendo y apretando su brazo sobre mi cintura, sintiéndome afortunada de que el destino nos hubiera puesto en el camino del otro.
A la mañana siguiente, me sentí mejor, tenía la cabeza despejada, y ganas de preguntarle cosas que no me había atrevido todavía. Logan comía tortitas, revuelto de huevo y arándanos, mientras me miraba sonriendo.
—Me debes una explicación, Logan —le dije, apoyando los codos sobre la mesa y mirándolo fijamente—. Y no hablo de cómo aprendiste a hacer esas cosas tan “tácticas” que haces entre las sábanas.
Logan esbozó una sonrisa diminuta, y apuró su taza antes de apoyarse en la mesa.
—¿Sobre qué? —preguntó.
—Pues sobre tu familia, sobre este hotel, sobre los otros hoteles que, al parecer, forman parte de tu vida…
—fui enumerando, alzando una ceja—. Dejaste caer que eras exmarine, pero te guardaste el pequeño detalle de que eras de una familia con un imperio.
Tu madre fue encantadora… fabulosa… Soy consciente de que no tienes porque contarme nada, pero, todo eso es fantástico, ¿Por qué no me dijiste nada?
Logan suspiró, pasándose una mano pesada por la nuca. La sombra de la vulnerabilidad, que apenas le había visto desde que lo conocí, volvió a cruzarse por sus ojos verdes.
—Porque no siento que esa vida sea la mía, Valentina —confesó con voz sincera—.
Nunca lo fue. Crecí en un mundo de recepciones y conversaciones vacías sobre inversiones.
A los dieciocho años no aguanté más y me alisté en el Cuerpo de Marines.
Mis padres... bueno, te puedes imaginar.
Casi les da un ataque al corazón. No lo llevaron nada bien.
—¿Y lo acabaron aceptando?
—Al final no les quedó más remedio. Cuando me retiré del servicio activo intenté volver.
Pasé seis meses intentando formar parte de esto, con ellos, en la sede central en Nueva York, vistiendo corbata y sentado en despachos con aire acondicionado.
Me estaba asfixiando. No encajaba ahí. Así que busqué un destino cualquiera, cogí mis cosas y, sin pensarlo mucho, me marché.
Acabé en Colombia... y allí encontré un ritmo de vida en el que encajaba.
Mis padres siguen sin llevarlo bien del todo.
Se giró hacia mí, clavando sus ojos en los míos.
—Nunca hablo de mi familia porque es mi forma por defecto de marcar distancia con ese mundo.
Es lo que hago siempre, con todo el mundo.
Pero... —hizo una pausa, sonriendo con un toque de timidez que me encogió el corazón— he de reconocer que me hizo ilusión que conocieras a mi madre. A pesar del momento tan surrealista.
Sentí un vuelco en el estómago.
—A mí tu madre… me pareció encantadora —admití suavemente—. ¿Y tu padre? ¿Y tu hermano? ¿Tienes buena relación con ellos?
—Mi padre sigue al frente del grupo hotelero, y mi hermano pequeño, Thomas, es el que realmente ha heredado el olfato para los negocios.
Sí, no tenemos mala relación. Con mi hermano mejor que con mi padre —explicó Logan, acercándose a mi silla y apoyando una mano en mi hombro—.
Supongo que ahora, me quedaré una temporada con ellos.
Para pasar algo tiempo juntos. Además...
no me conviene asomar la cabeza por Colombia durante un buen tiempo, hasta que la marina termine de limpiar la red del cártel.
El corazón me dio un tirón doloroso. La palabra tiempo resonó en mi cabeza como una cuenta atrás.
—Entiendo —musité, bajando la mirada hacia mi taza de café.
Logan se agachó frente a mí, exactamente igual que había hecho en el almacén, y me tomó la barbilla con suavidad para obligarme a mirarlo.
—Tu vuelo sale mañana por la mañana a Madrid.
—Sí —asentí, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que no se me quebrara la voz—. Mi empresa lleva días con la pobre Lara sola frente a todo. Tengo bodas que organizar, contratos que firmar... Mi vida real me está esperando.
Un silencio intenso se instaló entre los dos. Él no podía volver a Colombia y yo no podía quedarme en Florida jugando a las películas de acción. El abismo entre la vida de un exmarine reconvertido y la de una organizadora de eventos en España volvía a abrirse bajo nuestros pies.
—Madrid no está en el fin del mundo —dijo él, rompiendo la tensión con su media sonrisa tímida que me volvía loca—. Dicen que en España la cerveza es buena y que las organizadoras de bodas son maravillosas. A lo mejor... podría dejarme caer por allí algún día.
Le devolví una sonrisa débil, aunque por dentro sentía una punzada amarga. «Algún día» . Una promesa vaga, un mapa sin fechas, una moneda al aire.
Era algo a lo que agarrarme. No me satisfacía en absoluto, pero era infinitamente mejor que un adiós definitivo.
—Más te vale, Walker —susurré, acariciándole la mejilla y sintiendo la aspereza de su barba de dos días—. Más te vale.