Organización de bodas y otras técnicas de combate 25 Valentina
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25 Valentina

El humo blanco y asfixiante aún flotaba en el aire de la nave cuando una silueta emergió de la penumbra.

Iba vestido completamente de negro, con las proporciones de una sombra gigantesca y la cara totalmente cubierta por un pasamontañas táctico. Solo sus ojos quedaban al descubierto. Parecía un sicario implacable, un fantasma entrenado para matar.

A pesar de la máscara, el corazón me dio un vuelco en el pecho.

Lo reconocí al instante. Ese modo de caminar, amplio y felino, la forma en que sostenía la pistola...

Era Logan. Pero, al mismo tiempo, no lo parecía.

El hombre que me había preparado el desayuno esas mañanas, el que se había reído avergonzado ante su madre, había desaparecido por completo.

Apenas pude pestañear. En cuestión de segundos, la escena se convirtió en un borrón de violencia directa y calculada. Logan esquivó un disparo, derribó a uno de los matones con una fuerza brutal y avanzó entre la niebla como un depredador que no conoce el miedo.

Cuando el líder de la banda me agarró del pelo y me pegó el cañón frío de su pistola a la sien, el pánico me paralizó. Pero Logan ni siquiera parpadeó. Dio un paso de lado, le habló con un murmullo que me erizó los vellos del cuello y, en un instante, sonaron dos disparos.

El grito del colombiano retumbó en la nave cuando su arma salió despedida. En un parpadeo, Logan se le echó encima, lo estampó contra la columna de hormigón y lo dejó inconsciente con un golpe devastador.

Y entonces... hubo silencio.

El ruido de los disparos aún zumbaba en mis oídos. Me quedé petrificada en la silla, tiritando de pies a cabeza, con la respiración entrecortada y el pecho ardiendo. Los cuatro matones yacían en el suelo, fuera de combate.

Logan guardó el arma en la funda que llevaba en la axila. Se llevó las manos a la cabeza y, con un movimiento rápido, se quitó el pasamontañas.

El cabello le cayó desordenado sobre la frente. Cuando sus preciosos ojos de color verde se posaron en mí, la helada frialdad de su mirada se derritió en un segundo. Todo el peligro se evaporó.

Se acercó a mí rápido, con pasos suaves, como si tuviera miedo de asustarme.

Se hincó de rodillas en el suelo de hormigón frente a mi silla, poniéndose a mi altura.

Ver al gigante que acababa de aplastar a cuatro hombres armados de rodillas ante mí, mirándome con una devoción y preocupación, hizo que se me rompiera el nudo que me ahogaba el pecho.

Unas lágrimas resbalaron por mis mejillas.

—Tranquila, Valentina... —murmuró con su voz grave y cálida, como cuando me hablaba al oído por las noches—. Ya ha pasado. Estoy aquí.

De la bota, rápido, sacó un cuchillo y con un movimiento increíblemente delicado y preciso, deslizó el filo por debajo de las bridas de plástico de mis muñecas, cortándolas sin tocarme la piel.

En cuanto mis manos quedaron libres, lo único que pude hacer fue abalanzarme sobre él.

Le rodeé el cuello con los brazos con todas las fuerzas que me quedaban, escondiendo la cara en el hueco de su hombro. Logan me apretó al instante contra su pecho, envolviéndome con sus brazos fuertes, pegándome a su cuerpo, haciendo que me sintiera protegida.

—Estás a salvo —susurró, pegando sus labios a mi sien mientras enterraba una mano en mi pelo—. Dios, Valentina... estás a salvo. Te tengo.

Me eché a llorar. Fue un llanto de descarga, de alivio.

Apoyada en el hombro de ese hombre que, para mí era al mismo tiempo un arma letal y el refugio más seguro del mundo, en ese almacén sucio y apestoso de Miami sentí una fuerte punzada de tristeza al pensar que en breve me iba a separar de él…

y el dolor fue tal, porque yo ya estaba tremendamente enamorada.