24 Logan
Apagué el motor. El silencio dentro del coche era absoluto.
Me pasé una mano por la cara, respiré hondo para desacelerar las pulsaciones y dejé que el entrenamiento militar tomara el control.
Pasé la pistola a la mano derecha, me encajé el cuchillo táctico en la bota, me puse el pasamontañas negro y salí del vehículo sin hacer el menor ruido.
Era una zona totalmente abandonada y desierta.
Avancé pegado a los muros de ladrillo de los almacenes contiguos. Cuando llegué al hangar número tres vi una furgoneta Ford Transit gris aparcada en la puerta. Un tipo con camiseta de tirantes y un fusil de asalto descansaba contra la carrocería, fumándose un cigarrillo.
Grave error. Un centinela que fuma es un centinela muerto.
Me acerqué por su punto ciego, oculto tras una hilera de contenedores marítimos.
Esperé al chasquido de un mechero y, en el segundo preciso en que encendió la llama, salté sobre él.
Le rodeé el cuello con el brazo por detrás, bloqueándole la carótida, y le clave el codo en la sien al mismo tiempo.
El hombre se quedó rígido un instante y luego se desplomó inconsciente en mis brazos sin haber podido soltar un solo chasquido.
Le quité el fusil, lo dejé tendido tras las ruedas de la furgoneta y le robé dos granadas fumígenas que encontré en su chaleco.
Subí por la escalera de incendios lateral hasta una pequeña pasarela metálica que daba al interior del almacén. Mantuve la figura oculta tras la penumbra de las vigas.
Desde allí arriba vi a Valentina.
Estaba atada a una silla de madera bajo la luz de un fluorescente. Tenía los hombros encogidos y el pelo revuelto. Verla así me provocó un latigazo de furia punzante en el estómago, pero no me dejé llevar. La ira te vuelve torpe. Necesitaba ser frío.
Mantuve la posición en la pasarela metálica y evalué el terreno.
Eran cuatro dentro. Estaban sentados alrededor de una mesa plegable con una baraja de cartas sobre la madera y sus armas apoyadas al alcance de la mano.
Uno de ellos decía tonterías, los otros tres reían.
El tipo de la cicatriz, el líder, presidía la mesa.
Cambié de posición rápidamente por la pasarela superior y me coloqué justo encima de la puerta lateral metálica de acceso.
Necesitaba dividirlos. Miré a mi alrededor buscando algún objeto, me hice con una tuerca abandonada de la estructura y la dejé caer intencionadamente sobre unas chapas metálicas amontonadas fuera de la nave.
El estruendo resonó con eco en el polígono.
La mesa se quedó en silencio al instante. Vi cómo el cabecilla, señaló a dos de los matones, haciéndoles la señal para que fueran. Los dos hombres se pusieron en pie, empuñaron sus pistolas y caminaron con sigilo hacia la puerta lateral.
Esperé a que cruzaran el umbral hacia el exterior de la nave. Justo cuando salieron a la penumbra del pasadizo lateral, salté desde la pasarela sobre ellos.
Aterricé sobre el primero, aplastándolo contra el suelo mientras le asestaba un golpe seco con el codo en la traquea que lo dejó sin aire y sin conocimiento.
El segundo giró el arma sorprendido, pero fui más rápido, le enganché la muñeca, se la retorcí hasta oír un chasquido y le encajé un rodillazo feroz en el estómago que lo dobló por la mitad, rematándolo con un culatazo con la Sig Sauer en la nuca.
Cayó al suelo inconsciente como un fardo. Dos menos en menos de cinco segundos.
Sin perder un instante, saqué una de las granadas fumígenas del chaleco, tiré de la anilla con los dientes y la lancé directamente por el tragaluz del techo hacia el interior.
El recipiente metálico rebotó contra el suelo de hormigón.
—¡¿Qué coño...?! —gritó uno de los matones que se habían quedado junto a la mesa.
El artefacto detonó con un silbido ensordecedor, inundando la nave de un humo denso, blanco y asfixiante. La confusión fue inmediata.
Derribé la puerta de un patadón y me adentré en la nube de humo como un depredador en su elemento.
Pum. Pum.
Dos disparos secos. El tercer matón, que intentaba orientarse entre la niebla blanca con el fusil en alto, se desplomó de espaldas antes de que pudiera apretar el gatillo.
El humo comenzó a disiparse ligeramente por la corriente de aire de la puerta rota.
Quedaba el último. El líder del grupo.
El tipo de la cicatriz se había puesto detrás de Valentina, agarrándola por el pelo desde atrás, y usando la silla como escudo humano mientras le encañonaba la cabeza con una pistola.
—¡Quieto ahí, hijo de puta! —gritó el colombiano, aterrorizado, mirando a través del humo disipado—. ¡Da un paso más y le vuelo la tapa de los sesos!
Valentina tenía los ojos abiertos como platos.
Estaba tiritando, sofocada por el humo y por la visión repentina de los hombres caídos a su alrededor.
Cuando me vio salir de la penumbra, vestido de negro, con el pasamontañas y con la pistola ajustada, reconociéndome, dejó ir un gemido ahogado. Nunca me había visto así.
—Suéltala —dije. Mi voz no sonó a grito, fue una amenaza.
—¡Trae el maldito pendrive o la mato ahora mismo! —chilló el tipo, apretándole el cañón en la sien a Valentina.
—El pendrive ya no existe —respondí, dando un paso lento hacia un lado para abrir el ángulo de tiro—. Y tú estás muerto desde el momento en que pusiste un pie en Miami.
El colombiano dudó un segundo. Cometió el error de desviarme la mirada a los ojos para intentar descifrar si hablaba en serio.
Fue el único margen que necesité.
En un movimiento limpio y perfectamente ensayado durante miles de horas de instrucción, bajé levemente el cuerpo, esquivé la línea de tiro de Valentina y disparé dos veces al hombro armado del tipo.
El impacto de la bala de nueve milímetros le arrancó la pistola de la mano con un grito de dolor. Antes de que pudiera reaccionar, me planté frente a él, le enganché la garganta con la mano izquierda y lo estampé con una fuerza descomunal contra la columna de hormigón más cercana.
Le clavé la boca de la pistola debajo de la barbilla. El hombre temblaba como una hoja, con la sangre chorreándole por el brazo.
—Si vuelves a acercarte a ella, si vuelves a pronunciar su nombre o si alguien de tu organización vuelve a pisar este estado, no habrá un almacén al que puedas huir —le susurré al oído con una calma aterradora—. ¿Me has entendido?
El tipo asintió desesperadamente, paralizado por el pavor.
Le asesté un golpe seco con el puño en la mandíbula que lo dejó K.O. al instante y cayó desplomado sobre las cajas.
El silencio volvió a adueñarse de la nave. Solamente se escuchaba la respiración agitada y los gemidos de Valentina.
Guardé la Sig Sauer en la funda de la axila, me quité el pasamontañas y me giré hacia ella.
Valentina me miraba fija, petrificada en la silla. Estaba temblando, procesando lo que acababa de presenciar en cuestión de noventa segundos.
Me acerqué despacio, me hinqué de rodillas frente a ella y saqué el cuchillo táctico de la bota.
—Tranquila, Valentina... —murmuré, buscando recuperar mi voz normal, suave y humana—. Ya ha pasado. Estoy aquí.