Organización de bodas y otras técnicas de combate 23 Valentina
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23 Valentina

El olor a pescado en descomposición del lugar se me metió por la nariz, revolviéndome el estómago hasta darme náuseas.

Me empujaron sin miramientos, obligándome a caminar a trompicones con la cabeza cubierta por aquella tela asfixiante.

Tropecé con lo que parecía un escalón metálico y caí de rodillas al suelo de hormigón.

El golpe me arrancó un gemido de dolor, pero las manos rudas de mis captores tiraron de mis brazos atados a la espalda y me obligaron a sentarme en una silla de madera.

De un tirón violento, me arrancaron la capucha. Tardé unos segundos en acostumbrar los ojos a la luz amarillenta y parpadeante de un fluorescente industrial. Estábamos en el interior de una nave enorme y vacía, rodeada de cajas de embalaje y cadenas oxidadas que colgaban del techo.

Frente a mí había tres hombres. Dos llevaban armas largas cruzadas sobre el pecho. El tercero se agachó hasta poner su cara a centímetros de la mía. Tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja y una sonrisa que me puso los pelos de punta.

—A ver, princesita —dijo, sacando un cuchillo de caza y pasándolo lentamente por mi mejilla, tan cerca del ojo que dejé de respirar—. Tu novio nos hizo quedar muy mal en la hacienda de Don Gonzalo. Nos costó mucha plata. Así que nos vas a decir dónde está lo que se llevó.

—Ya... ya os lo he dicho —tartamudeé, con la garganta seca como el papel de lija, intentando no moverme un milímetro por culpa de la hoja del cuchillo—. Nosotros no tenemos nada. Lo entregamos en la base aeronaval ayer. Lo tiene el ejército de Estados Unidos.

El hombre soltó una carcajada falsa y sin gracia.

—Mentira. Los gringos tardan semanas en procesar eso.

Lo tenéis vosotros. —Se puso en pie y guardó el cuchillo, dándome la espalda—.

Le hemos mandado un mensajito a tu marine.

Tiene dos horas para traernos la información si no quiere que te usemos de cebo para los caimanes de los pantanos. Así que, tic tac… el tiempo se acaba.

Me dejaron sola, atada a la silla, bajo la luz del foco. Se alejaron hacia una mesa al fondo de la nave, donde empezaron a jugar a las cartas y a beber cervezas, ignorándome por completo.

El pánico empezó a dar paso a una desesperación profunda y dolorosa. Las bridas de plástico me cortaban la circulación de las muñecas, pero ese dolor físico no era nada comparado con el nudo de angustia que me ahogaba el pecho.

Pensé en mi vida en Madrid. En mis padres, en mi hermano… Lara, mi empresa. Y pensé en Logan.

En cómo se había esforzado por hacerme sentir bien, en la forma en que se había enfrentado al mundo entero en la selva solo para sacarme de allí.

Se me cayeron las lágrimas, silenciosas y ardientes, resbalando por mi cara sucia.

Me iba a morir en un maldito almacén de Miami sin haberle dicho que, en apenas unos días, se había convertido en algo muy importante en mi vida.

Cerré los ojos, rezando para que no viniera. Si el pendrive ya no existía, Logan vendría con las manos vacías. Acabaría siendo una trampa para él. Lo iban a acribillar en cuanto cruzara la puerta. Por favor, quédate en el hotel. No vengas.

Y si no venía… todo acababa aquí para mí. La angustia fue tan grande que sentí ganas de vomitar.

No sé cuánto tiempo pasó. Quizá una hora. El silencio de la nave solo se rompía por las risas lejanas de los colombianos. Durante ese rato estudié varias opciones para poder escaparme de allí, pero en todas acababa muerta. El miedo me estaba generando un ataque de ansiedad.

Entonces escuché movimiento entre los matones. Uno de ellos levantaba la cabeza de la partida de cartas, frunciendo el ceño y mirando hacia un lado. Hizo un gesto extraño y sigiloso con la mano a los otros tres que se quedaron paralizados, mirando hacia el portón metálico de la entrada principal.

Yo también contuve la respiración.

Se escuchó un golpe seco en el exterior. Luego, silencio.

El de la cicatriz, que iba de cabecilla, hizo una seña. Otros dos hombres se pusieron de pie y cargaron sus rifles con un chasquido metálico que resonó en toda la nave. Empezaron a avanzar hacia la entrada, despacio, cubriéndose.

Y entonces, todo saltó por los aires.

Un estruendo ensordecedor destrozó las bisagras de una de las puertas laterales. Una granada de humo negro rodó por el suelo de hormigón.

Antes de que los matones pudieran siquiera apuntar, se escuchó un disparo. Seco, rápido y letal. Uno de los hombres armados se desplomó contra unas cajas sin soltar un solo grito.

Grité, cerrando los ojos con fuerza y encogiéndome en la silla todo lo que me permitían las ataduras, mientras el caos más absoluto estallaba a mi alrededor.