22 Logan
—Prométeme que irás a ver a tu padre antes de tomar una decisión definitiva —insistió mi madre mientras se ponía el bolso sobre el hombro frente a la puerta de la suite—.
Sabes perfectamente que si se entera de que has pisado Miami, has dormido en el hotel y no has ido a la casa de Palm Beach, va a haber guerra en la familia.
—Lo haré, mamá —asentí, apretándome el puente de la nariz mientras intentaba disimular la impaciencia—. En cuanto tenga claro qué voy a hacer con mi vida, me acerco a la finca. Te lo prometo.
Mi madre me dedicó una mirada llena de afecto. Me acarició la mejilla con la palma de la mano, sonriendo con suavidad.
—Esa chica te ha devuelto la luz a los ojos, Logan. Hacía años que no te veía así de presente. No la dejes escapar.
Nos despedimos con un abrazo apretado.
Cuando la puerta de la suite se cerró tras ella, el silencio de la habitación despertó las ganas de estar cerca de Valentina. Miré el reloj de pared, llevábamos hablando casi cincuenta minutos. Valentina llevaba fuera prácticamente una hora.
Saqué el teléfono del bolsillo y marqué su número. Sonaron dos tonos secos y la llamada se cortó de golpe, dando paso al contestador automático. Fruncí el ceño. Volví a marcar. Esta vez la señal dio directamente "fuera de cobertura o apagado".
Un calambre frío que no me gustó nada me recorrió la espina dorsal.
Empezaba a conocer a Valentina. Revisaba su teléfono de vez en cuando, casi siempre lo llevaba encima.
No era de las que se quedaban sin batería a mitad mañana, y mucho menos después de haberme prometido que me llamaría si veía cualquier cosa rara.
—No te pongas paranoico—me dije a mí mismo en voz baja, pero el instinto militar, ese sexto sentido que me había salvado la vida en Faluya, ya estaba haciendo sonar todas las alarmas en mi cabeza.
Me vestí a toda prisa con unos vaqueros, una camiseta negra y las botas de montaña. Bajé al vestíbulo a paso ligero, saltándome el ascensor por las escaleras de servicio, y salí directamente a Ocean Drive.
Recorrí el paseo marítimo a paso rápido bajo el sol abrasador de la mañana.
No había rastro de ella, y su teléfono seguía sin dar línea.
Pregunté en tres cafeterías distintas mostrando una foto de Valentina en mi teléfono.
Ningún camarero la recordaba. Sin embargo, al llegar al cruce de la avenida con un callejón lateral, el dueño de un puesto de alquiler de patinetes al que pregunté arrugó el entrecejo al ver la imagen.
—Sí, me suena —dijo el tipo, señalando hacia el callejón—. La vi pasar hace una media hora hacia allá. Estaba mirando el móvil. Pero no vi a dónde fue. Lo único raro que podría decirte que vi fue una furgoneta gris que salió de ese callejón quemando rueda. Casi se lleva por delante a un ciclista.
Se me heló la sangre en las venas. En ese preciso instante, el teléfono me vibró en la mano con una notificación de un número desconocido con prefijo encriptado.
Abrí el mensaje temiéndome lo peor. Era una fotografía.
De Valentina. Tenía las muñecas atadas a la espalda con bridas, la camiseta blanca manchada de polvo y una capucha de tela negra sobre la cabeza.
Estaba tirada en el suelo de hormigón de lo que parecía un almacén abandonado.
Después un texto breve:
"Tenemos a la española. Queremos lo que te llevaste. Tienes dos horas para entregar el material en los antiguos almacenes del puerto, en la nave abandonada de envasado de pescado, o la chica termina flotando en el río de Miami. O quizá en los humedales, para que se encarguen los que habitan allí. Ni se te ocurra llamar a la policía si quieres volver a verla respirar.”
Sintiendo cómo una ola de furia salvaje me nublaba la vista, me quedé inmóvil en mitad de la acera.
La gente pasaba a mi lado riendo, ajena al infierno que acababa de estallar a medio metro de ellos.
La rabia amenazó con hacerme reventar, pero en cuestión de tres segundos, mi cerebro se desconectó de las emociones.
El pánico desapareció, sustituido por la calma calculadora y letal.
El civil había desaparecido, el sargento de Inteligencia y Operaciones Especiales de la Marina había tomado el control.
No podía entregarles el pendrive. Ya estaba bajo llave en una caja fuerte de la base naval de Mayport, y aunque quisiera, el trámite burocrático tardaría días en liberar el material. Solo tenía dos horas.
Me metí de nuevo en el hotel por la puerta trasera de personal, pasé por dirección para pedir las llaves del todoterreno negro que mi familia tenía reservado en el garaje y subí a la suite a toda prisa.
Me vestí de negro y saqué la mochila que guardaba en el fondo del armario, con el equipo básico de emergencia que me había pasado mi contacto en la base, cuando le di el pendrive: pasamontañas, un cuchillo táctico de combate de hoja negra, bridas de alta resistencia, un transmisor de radio de frecuencia cerrada y la Sig Sauer de nueve milímetros con tres cargadores llenos.
Todo lo mío se había quedado en Colombia, y teniendo en cuenta mi pasado, no me gustaba no tener uno a mano.
Me encajé la funda del arma en la axila, me puse una chaqueta ligera encima para ocultarla y consulté un plano satelital del distrito industrial del río de Miami en mi teléfono.
La nave de envasado de pescado era una estructura pesada de hormigón desgastado, llena de puntos ciegos y una sola vía de acceso asfaltada.
El escenario perfecto para una emboscada...
o para un callejón sin salida. Si pretendían jugármela en el sitio que ellos habían elegido, iban a necesitar mucho más que cuatro matones.
Analicé las posibles vías de infiltración.
La entrada principal estaría vigilada por un par de matones con armas cortas, mientras que la parte trasera, orientada hacia el muelle del río, les servía de vía de escape por si la policía aparecía.
Si entraba por la zona del muelle, tendría el factor sorpresa de mi lado.
Comprobé el peso de la Sig Sauer en la mano. Tiré de la corredera con un movimiento fluido para meter una bala en la recámara. Comprobé el arma una última vez y la enfundé.
No había tiempo para llamar a la policía ni para esperar a que desplegaran un operativo. Para cuando los agentes rodearan el perímetro, Valentina estaría muerta.
Salí de la suite, bajé al garaje a zancadas y me encajé tras el volante del todoterreno. Arranqué el motor con el rugido del V8 y salí a la avenida a toda velocidad.
Miré mi reflejo en el retrovisor. Mis ojos estaban vacíos. No tenía ninguna duda sobre lo que iba a hacer. Se habían equivocado de objetivo. Habían tocado a la única persona que me había devuelto las ganas de vivir, y no pensaba dejar a ni uno solo de esos bastardos en pie.