21 Valentina
Si en ese preciso instante el suelo de esa sala se hubiera abierto para engullirme y depositarme directamente en el núcleo de la Tierra, le habría dado las gracias al universo.
Allí estaba yo, con pelos de loca, descalza, con los ojos hinchados de legañas matutinas y vistiendo única y exclusivamente una camiseta gris tres tallas más grande con el escudo de la Marina que apenas me cubría medio muslo.
Y justo enfrente, sentada en un sofá de diseño como si posara para la portada de Vogue , me miraba la mujer más elegante que había visto en mi vida.
—Madre mía... hola —balbuceé, sintiendo cómo el calor de la vergüenza me subía por el cuello a la velocidad de la luz. Me pegué un tirón desesperado al dobladillo de la camiseta hacia abajo, pero la tela se negó a estirarse más—. Perdonad... no sabía que teníamos invitados.
—No te preocupes en absoluto, querida —dijo la mujer con una voz dulce y perfecta, mientras una sonrisa profundamente divertida le iluminaba los ojos—. La culpa es mía por colarme a las ocho de la mañana sin avisar. Soy Eleanor, la madre de este muchacho.
—Valentina —logré decir, tragando saliva y buscando a Logan con la mirada.
El muy cretino ni siquiera disimulaba la sonrisa burlona que le cruzaba la cara. Estaba disfrutando mi agonía. Le clavé una mirada que prometía venganza eterna antes de volver a centrarme en su madre.
—Voy a... esto... a ponerme algo de ropa. Un segundo —anuncié, dando tres pasos hacia atrás como los cangrejos y metiéndome de cabeza en el dormitorio para cerrar la puerta de golpe.
Me apoyé contra la madera con el corazón batiéndome a mil por hora.
—Tierra, trágame y escúpeme en Madrid —murmuré, tapándome la cara con las manos.
Me vestí en tiempo récord. Me puse unos pantalones beige y la camiseta de tirantes blanca que también habíamos comprado el día anterior, me lavé la cara, pasé un cepillo a toda prisa por el pelo y salí de nuevo al salón intentando recuperar un mínimo de dignidad como ejecutiva.
Cuando volví, Eleanor estaba sirviéndose una taza de té y Logan la observaba apoyado en el marco del ventanal.
—Siento las pintas de antes, Sra…. —dije, acercándome con paso firme.
—Walker. Pero, por favor, llámame Eleanor —sonrió ella, señalando el sillón de enfrente para que me sentara—. Y no te disculpes. Me alegra enormemente ver que Logan tiene alguien que le haga compañía. Lleva demasiado tiempo viviendo como un ermitaño en ese gimnasio.
—Bueno, ha sido una convivencia... intensa —admití, mirando a Logan de reojo—. Su hijo tiene unos métodos de protección bastante particulares.
—Es un Walker —suspiró Eleanor con dramatismo afectuoso—. Todos tienen la cabeza más dura que el mármol. Pero dime, Valentina, Logan me ha contado que eres de Madrid y que te dedicas a la organización de eventos.
En cuestión de diez minutos, la madre de Logan me tenía encandilada. Era una mujer fascinante, refinada pero sin un solo miligramo de pedantería, que me escuchaba con verdadero interés mientras le contaba cuánto adoraba mi trabajo en España. La química entre las dos fue instantánea.
Sin embargo, notaba a Logan algo rígido, cruzado de brazos y en guardia. Quizá necesitaban hablar a solas. Madre e hijo seguramente tenían cuentas pendientes y yo no quería ser el obstáculo.
—Bueno... —dije, poniéndome de pie y haciendo el gesto de coger mi bolsito pequeño, que también habíamos comprado en una tienda más sencilla—. Yo os voy a dejar a solas un rato, seguro que tenéis muchas cosas de qué hablar. Y a mi me vendrá bien estirar las piernas y tomar un poco el aire.
—No sé si es buena idea que salgas sola, Valentina —intervino Logan de inmediato, frunciendo el ceño con el tono militar que ponía cuando se activaba su modo protector.
—Logan, por favor —sonreí, rodeando la mesa para darle un beso rápido en la mejilla que lo dejó a cuadros frente a su madre—.
Estamos en Miami, en primera línea de playa y a plena luz del día.
Vas a estar ocupado hablando con tu madre.
Voy a dar un paseo por el paseo marítimo, me tomo un café y vuelvo en una hora.
—Valentina... —insistió él, dando un paso hacia mí.
—Déjala respirar, hijo —le cortó Eleanor con suavidad, regalándole una mirada llena de intención—. Ha tenido unos días ajetreados y tú eres sofocante cuando te lo propones.
Logan apretó la mandíbula, pero terminó cediendo a regañadientes.
—Lleva el teléfono en la mano —me ordenó, señalándome con el índice—. Si ves cualquier cosa rara, me llamas al segundo.
—A la orden, mi capitán —le guiñé un ojo, despidiéndome de Eleanor con una calurosa sonrisa antes de salir de la suite.
Bajar a la calle fue un alivio. El sol de la mañana quemaba agradablemente sobre los hombros y la brisa marina de Ocean Drive te envolvía de una manera maravillosa.
Me puse gafas de sol y me eché a andar por el paseo marítimo, rodeada de gente haciendo running , ciclistas y turistas paseando a sus perros.
Me sentía ridículamente feliz. Pensar en la madre de Logan, en la forma en que él me miraba y en la noche increíble que habíamos pasado me provocaba una sonrisa tonta que no podía borrarme de la cara.
" Te estás enamorando como una imbécil, Valentina ", me dije a mí misma, esquivando a un patinador.
Y, aunque me faltaba mucha información todavía, empezaba a hacerme una idea de dónde le venía a Logan el saber moverse en un ambiente sofisticado.
Caminé unos cuatrocientos metros alejándome de la zona más concurrida del hotel, buscando una cafetería tranquila. Vi una cerca con bastante buena pinta. Para llegar hasta ella pasé junto a un callejón lateral donde había aparcada una furgoneta de reparto de color gris marengo.
No tuve tiempo ni de reaccionar.
En un parpadeo, la puerta lateral de la furgoneta se abrió de golpe y dos tipos corpulentos vestidos con chaquetas oscuras saltaron a la acera. Antes de que pudiera soltar un solo grito, una mano enorme como una garra me tapó la boca con un trapo, aplastando mi grito en la garganta.
—¡Mmmh! —pataleé con todas mis fuerzas, intentando clavarle el tacón de la sandalia en el pie a uno de ellos.
Sentí una bolsa de tela negra cayendo sobre mi cabeza, dejándome a oscuras.
Me levantaron en vilo como si fuera un saco de patatas y me arrojaron violentamente al suelo metálico del vehículo.
Chillé lo que pude hasta que recibí un puñetazo en un costado.
La respiración se me cortó mientras el dolor sacudía mi cuerpo entero, me enrosqué sobre mi misma, haciéndome un ovillo, mientras el portón trasero se cerró con un portazo seco y el motor rugió antes de arrancar a toda velocidad.
Mientras me retorcía de dolor, escuché mi móvil de fondo, sonando en el bolso Quizá era Logan. Vi de reojo cómo uno de ellos que estaba a mi lado, rebuscaba en él, sacaba el teléfono móvil y lo pisaba con fuerza, destruyendo la pantalla con un crujido sordo.
—¡Tranquilita, señorita! —habló una voz con un marcado acento colombiano desde el asiento delantero mientras otro me aplastaba contra el frío suelo de la furgoneta —. Si no quiere que esto termine peor de lo que ya ha empezado, se queda quieta.
—¿Qué queréis? —grité con la voz ahogada bajo la tela negra, sintiendo cómo el dolor y el pánico más absoluto me helaba las venas—. ¡No tengo nada!
—Eso se lo va a explicar usted mismita a los muchachos en el almacén —respondió el hombre con una risita helada—. A ver qué opina su amiguito el marine, cuando la eche en falta.
Me ataron las muñecas a la espalda con una brida de plástico que se me clavó fuertemente en la piel.
Me obligaron a incorporarme y sentarme sobre el suelo sin ver absolutamente nada, mientras el vehículo daba giros bruscos por las calles de Miami, entonces el miedo empezó a paralizarme.
Se me saltaron las lágrimas en la oscuridad de la capucha.
Eché de menos a Logan, sus manos rodeándome la cintura, abrazándome y su voz grave asegurándome que todo estaría bien.
Logan, por favor... date cuenta. Ven a buscarme.