Organización de bodas y otras técnicas de combate 20 Logan
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20 Logan

Ver a Valentina salir de la habitación con el vestido de seda que habíamos comprado horas antes me dejó sin palabras. El tejido se amoldaba a sus curvas con elegancia descarada, dejando toda la espalda al descubierto.

Cenar con ella en la terraza de un restaurante discreto frente a la bahía de Biscayne fue una maravilloso.

Me fascinaba. No era solo lo rematadamente guapa que estaba bajo las luces cálidas del puerto, era su inteligencia, la forma en que se reía e inclinaba la cabeza cuando me llevaba la contraria, y esa luz desbordante que parecía iluminar hasta el rincón más oscuro de mi cabeza.

Hacía años que no sentía algo así por nadie.

No era solo atracción física, que la había a toneladas, era algo con muchísimo más significado.

Y la idea de que en menos de cuarenta y ocho horas se subiría a un avión de vuelta a Madrid se me clavaba en las entrañas como una espina.

Pero lo entendía. Ella tenía su empresa, su vida en España. Yo no tenía derecho a frenarla.

De vuelta a la suite, la necesidad de uno por el otro, con la cuenta atrás como espectadora, nos arrolló a los dos. Hicimos el amor con una intensidad casi desesperada, como si intentáramos grabar la piel del otro en la memoria para el resto de la vida.

A la mañana siguiente, me desperté antes que ella. Me quedé tumbado de lado, apoyado en un codo, observando cómo dormía plácidamente con el pelo revuelto sobre la almohada. Tenía un nudo en el estómago. El peso de la despedida inminente empezaba a ser sofocante.

De repente, el crujido sutil del timbre de la suite rompió la calma de la mañana.

Fruncí el ceño, extrañado. Miré el reloj de la mesilla, era temprano.

Me puse los pantalones a toda prisa, dejando la puerta del dormitorio entreabierta pero entornada para no despertar a Valentina, y crucé el salón hacia la entrada.

Abrí la puerta con cara de pocos amigos, esperando encontrarme a un botones con un recado despistado.

—Vaya cara de pocos amigos, hijo. Menos mal que he venido yo y no el servicio de habitaciones.

Se me paró el corazón un segundo. Allí de pie, impecablemente vestida con un traje de miles de dólares, gafas de sol sobre la cabeza y una sonrisa llena de afecto, estaba mi madre. Eleanor.

—¿Mamá? —solté, parpadeando para asegurarme de que no era una alucinación—. ¿Qué haces aquí?

—¿Cómo que qué hago aquí? —se rió, dando un paso al frente y envolviéndome en un abrazo que olía a su perfume de flor de azahar de toda la vida.

Se separó para mirarme la cara, sujetándome las mejillas—.

Llevas casi un año sin dar señales de vida de verdad, Logan.

Cuando me entero que habías pedido la suite principal de The Betsy para dos noches, cogí el coche de inmediato.

Tenía que ver a mi hijo menor con mis propios ojos.

—Mamá, dije que venía solo por un par de gestiones —comenté, haciéndola pasar a la salita del frontal de la suite y cerrando la puerta a mi espalda con discreción—. No tenías por qué haber venido desde la casa de la costa.

—¡Por supuesto que sí! —dijo ella, quitándose el bolso y mirándome con unos ojos desbordantes de alegría maternal—. Y además, sé perfectamente que no has venido solo. La recepcionista me ha dicho discretamente que venías muy bien acompañado.

—Mamá... —mascullé, pasándome la mano por la nuca.

—No me pongas esa cara de coronel, Logan —me interrumpió con ternura, tocándome el brazo—.

Llevas años encerrado en tu propio mundo desde que dejaste el ejército.

Si una mujer ha conseguido que pises este hotel y salgas de tu cueva, para mí es una bendición.

Me alegro tanto de verte, hijo... Tenía unas ganas enormes de abrazarte.

Sentí que la coraza se me desmontaba un poco. Yo quería a mi madre con locura, aunque siempre me hubiese costado mantener mi independencia frente a la presencia apabullante de mi familia.

—Yo también me alegro de verte, mamá —admití con una sonrisa pequeña.

—Y bien... ¿cuál es el plan? —preguntó ella, sentándose en el sofá de la salita con elegancia—. ¿Te vas a quedar unos días en Estados Unidos o piensas volver a desaparecer? La cadena necesita que te dejes ver más, lo sabes. Tu hermano no puede estar en todo.

—Aún no lo tengo claro —respondí con sinceridad, cruzándome de brazos—. Tengo cosas que resolver. Valentina se vuelve a España el viernes y…

No pude terminar la frase. La puerta del dormitorio se abrió con un chasquido suave.

— G.I. Joe ... ¿con quién hablas tan temprano? —escuché la voz recién levantada de Valentina.

Apareció en el salón descalza, desperezándose brazos arriba, despeinada, con los ojos entreabiertos por el sueño y vistiendo única y exclusivamente una de mis camisetas grises de la Marina que le llegaba justo a la mitad del muslo.

En cuanto pisó la moqueta de la salita y vio a una mujer elegantísima de cincuenta y tantos años sentada en el sofá mirándola fijamente, Valentina se quedó petrificada. Sus ojos oscuros se abrieron como platos y la pereza se le esfumó del rostro en un suspiro.

Mi madre la miró de arriba abajo, deteniéndose en las piernas descubiertas de Valentina, luego en la camiseta gigante con el logo de la Marina y, finalmente, le dedicó una de las sonrisas más cálidas y divertidas que le había visto en la vida.

Valentina se puso roja como un tomate. Se bajó el dobladillo de la camiseta con ambas manos como si le fuera la vida en ello, dando un paso atrás involuntario.

—M-madre mía... hola. Per... perdón —balbuceó Valentina en un inglés atropellado, buscando desesperadamente mi mirada con cara de "mátame tierra y trágame”.

Me aguanté una carcajada que amenazaba con salirme del pecho. El cuadro era sencillamente espectacular.

—Valentina —dije, avanzando un paso para ponerme a su lado y pasándole una mano por la espalda para tranquilizarla—. Te presento a Eleanor... mi madre.