Organización de bodas y otras técnicas de combate 19 Valentina
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19 Valentina

La noche anterior se nos había ido de las manos de la mejor manera posible.

Tras aquella ducha volcánica donde el vapor del agua y las manos de Logan hicieron estragos en mi autocontrol, no tuvimos fuerzas, ni ganas, de salir a la calle.

Pedimos cena al servicio de habitaciones, cenamos en albornoz en mitad de la cama king size y dedicamos el resto de la noche a practicar esa "gimnasia táctica" en la que Logan había demostrado ser también un auténtico profesional de élite.

Así que, cuando desperté a la mañana siguiente con la luz dorada de Florida, sentí que mi cuerpo por fin había resucitado.

Nos sirvieron un desayuno cinco estrellas en la terraza privada de la suite, fruta fresca, café aromático y unos huevos benedictinos deliciosos. Miraba a Logan de reojo con solo un pantalón fino gris que le marcaba todo… todo… y una taza en la mano, observando el océano.

No dejaba de darle vueltas a la misma idea, ¿cómo era posible que un tipo que se suponía que llevaba años durmiendo en catres y pegando tiros en la selva se moviera con tanta soltura en un hotel de cinco estrellas?

Cuando llamó a recepción para pedir agua con gas, ni miró la carta.

Conocía bien el edificio y trataba a todos con una amabilidad natural, refinada pero sin la menor sombra de esnobismo.

—Me das un poco de miedo, gringo —murmuré, dando un sorbo a mi zumo.

Logan se acomodó en la tumbona de al lado, entornando los ojos.

—¿Ahora qué he hecho, señorita?

—Navegar por el lujo con una desenvoltura muy sospechosa —señalé con el tenedor hacia la bandeja de plata—. Pensaba que los exmarines erais de los que dormían sobre piedras y bebíais de charcos. Y aquí pareces, no sé, un aristócrata de vacaciones.

Una pequeña chispa, casi imperceptible, cruzó su mirada antes de recuperar la cara de póker.

—Te dije que la Marina nos prepara para cualquier terreno —respondió con voz tranquila—. Y créeme, después de tres días de barro, cualquiera aprecia unos buenos huevos benedictinos.

No insistí, pero me guardé la duda. Había piezas en su biografía que no terminaban de encajar.

A media mañana dejamos el hotel para intentar cerrar el capítulo de nuestra aventura.

Nos desplazamos hasta la zona portuaria, cerca de las instalaciones de la Marina, donde Logan había organizado reunirse en privado durante media hora con su contacto militar.

Yo me quedé esperando en una cafetería cercana, viéndole hablar a través del cristal con un hombre de uniforme blanco.

Cuando volvió, traía su mejor sonrisa, una mochila táctica de lona que no le había visto en la vida y la mirada más relajada que le había visto nunca.

Dejó la mochila sobre la silla contigua con un golpe seco antes de sentarse frente a mí.

—¿Y ese bolso nuevo? —pregunté, señalándolo con el auricular de la taza de café—. No me digas que has ido de compras por la zona del puerto.

—Un simple «favor de despedida» de la Marina —respondió restándole importancia con una leve sonrisa en los labios—.

Nada de lo que tengas que preocuparte. Se acabó, Valentina.

El pendrive está en manos de inteligencia.

Don Gonzalo tiene problemas mucho más graves que nosotros ahora mismo. Estamos a salvo.

Un peso enorme, que ni siquiera sabía que llevaba a las espaldas, se disipó de golpe.

A la vuelta, Logan insistió en que necesitaba renovar mi vestuario provisional.

Quiso pasar por las boutiques de Lincoln Road.

Caminar de su mano fue una experiencia surrealista, nos reíamos de las prendas extravagantes de los escaparates y nos rozábamos como una pareja real en su primera escapada romántica. Fue… increíble.

Compramos algunas prendas de ropa, un bolsito para mí para no llevar el bolso de marca destrozado, y alguna otra cosa que creíamos necesario para poder parecer personas normales.

Antes de marcharnos, entramos en una bonita y estilosa tienda y Logan, sin dejarme rechistar por los precios, escogió un vestido largo de seda en color champán , de tirantes finos y espalda al aire.

—Pruébate este o mira alguno que te guste—ordenó en un murmullo grave—. Esta noche cenamos fuera. Conozco un sitio en la bahía que te va a encantar.

Cuando salí del probador, Logan se quedó de pie en mitad de la tienda, completamente mudo. Se le tensó la mandíbula y me miró de arriba abajo con una cara de hambre tan explícita que sentí el calor recorriéndome entera.

—Nos lo llevamos —dijo con la voz rasgada, sacando la tarjeta sin apartar los ojos de mí.

Pasamos la tarde tirados en las tumbonas VIP de la zona de piscina del hotel.

La atención del personal hacia nosotros rozaba lo reverencial, nos traían toallas calientes y cócteles sin que tuviéramos que levantarnos ni un segundo.

Mi parte ejecutiva no podía evitar analizarlo todo, el director del hotel incluso se acercó a saludarnos discretamente, dedicándole a Logan una inclinación de cabeza de "señor" que no sonaba en absoluto a la bienvenida que le das a un cliente cualquiera.

"Este tipo oculta algo muy gordo", me dije a mí misma, contemplando su perfil contra el sol de la tarde. No sabía porqué se empeñaba en esconder una parte de él, que no tenía ningún sentido tapar.

Al regresar a la suite para prepararnos para la cena, el fantasma de la realidad volvió a colarse por la puerta.

En la mesa del salón, la pantalla del portátil de Logan mostraba la página web de la aerolínea para reservar mi billete de vuelta a Madrid.

Logan se acercó despacio, deteniéndose a mi lado mientras mirábamos la pantalla. Ya no había sicarios, ni pendrive, ni ninguna excusa táctica.

—Hay un vuelo directo mañana por la noche —dije con un hilo de voz, mirándole a los ojos—. Y otro el viernes a primera hora.

Logan me sostuvo la mirada. Noté cierto nerviosismo en él.

—El de mañana va muy justo —dijo con seriedad—. No has disfrutado nada de Miami y creo que estaría bien que descanses. El viernes estaría mejor.

—El viernes entonces —susurré, sintiendo que el corazón me daba un vuelco de alivio mezquino.

—El viernes —asintió él, bajando la voz a un tono íntimo—. Así tenemos todo el día de mañana para nosotros.

Ninguno de los dos quería que esa cuenta atrás llegara a cero. Estábamos aplazando el billete de forma absurda, agarrándonos a cualquier pretexto para no decirnos adiós.

Pero esa noche, llevando de nuevo mis manolos resucitados de la selva, y mientras Logan me abrochaba la cremallera del vestido color champán frente al espejo, para después acomodar sus manos en mi cintura desde atrás, decidí que el viernes aún estaba demasiado lejos.