18 Valentina
El aire acondicionado del aeropuerto de Miami me recibió como un abrazo celestial. De repente, la humedad asfixiante de la selva colombiana, el barro pegado a la piel y los disparos sonaban como una pesadilla lejana de la que acababa de despertar. Estábamos de vuelta en la civilización.
Logan caminaba a mi lado con su postura erguida de militar, sujetando la bolsa con nuestras escasas pertenencias sobre un hombro. Mientras esperábamos a que nos dieran el visto bueno en el control de aduanas, sacó su teléfono y empezó a marcar números como un autómata.
Se pegó el aparato a la oreja y comenzó a hablar en inglés. Un inglés nativo, fluido y tan alarmantemente rápido que costaba trabajo seguirle el rastro. Su tono era cortante. Apunté la antena sin disimulo, cazando palabras sueltas.
— Yes, we just landed... Everything is secure...
I need a suite booked at The Betsy, South Beach...
Two nights, under my name... Keep it off the grid...
—hizo una pausa corta, escuchando la respuesta al otro lado antes de añadir—.
We’ll head to the consulate tomorrow for the delivery. Ensure the perimeter is clear.
Colgó y se guardó el móvil en el bolsillo con parsimonia.
—¿"The Betsy"? —pregunté, arqueando una ceja y fingiendo que solo había pillado un par de vocablos sueltos—. ¿Eso es un hotel o una base militar encubierta?
Logan me dedicó una sonrisa de lado, arrogante y que me hacía cosquillas en el estómago.
—Es un hotel en Ocean Drive. Ya tenemos donde descansar al menos un par de días, quitarnos la mugre de encima y dormir en una cama decente. Mañana contactaré con mi enlace para entregar el pendrive. Y en cuanto eso esté resuelto, buscamos tu vuelo para Madrid.
—Me parece un plan perfecto —dije, aunque la sola mención de Madrid me dejó un poso extraño y amargo en la garganta.
Mientras Logan caminaba hacia la salida para pedir un taxi, aproveché para llamar a Lara.
—¡Valen! —contestó Lara al segundo tono.
—¡Lara!.
—¡Valentina! ¡Por el amor de Dios! —escuché que gritaba, seguido del ruido de unos folios cayéndose al suelo—. ¿Dónde coño estás? ¿Estás bien? ¿La gestión con la novia, bien?
—Lara, respira. La boda de Claudia se ha ido oficialmente al garete.
—¿Cómo que al garete? Valentina, me estás asustando.
—A ver, ¿cómo te explico esto sin que te dé un infarto?
—dije, paseando por la acera de la terminal mientras observaba las palmeras de Miami a lo lejos—.
Digamos que después de que habláramos, La Hacienda se convirtió en el escenario de una película de acción.
Hubo sicarios con metralletas, tiroteos, tuve que huir por un balcón colgada del cuello de Logan, el marine, y salimos pitando de allí en un carrito de golf, para atravesar otra vez la selva.
Se hizo un silencio sepulcral al otro lado de la línea. Tanto, que pensé que se había cortado.
—¿Lara?
—Valentina... dime que me estás gastando una broma pesada para un video de TikTok.
—Te juro por la vida de mi colección de zapatos de diseño que es verdad. Después de eso hemos estado escondidos toda esta pasada noche en una cabaña en medio de la nada. Casi sin cobertura, comiendo lo que había y evitando que nos cazaran.
—¡Madre mía de mi vida! —chilló Lara, y pude imaginarme perfectamente su cara de pánico—. ¡Pero bueno! ¿Estás entera? ¿Te han disparado? ¿Y cómo que saltaste con Logan? ¿Tu exmarine musculoso?
Sentí un calor repentino subirme por el cuello y me di la vuelta para comprobar que Logan seguía lejos, de espaldas, hablando con un taxista.
—Estoy entera. Y sí... Logan me sacó de allí. Nos hemos escapado juntos. De hecho, ahora mismo estoy en Miami.
—¡¿En Miami?! —Lara soltó una carcajada entre histérica y envidiosa—.
A ver, aclárate. ¿Te perseguía la mafia o estabas rodando una comedia romántica de Hollywood con un maromo en tirantes?
¡Porque suena a argumento de película erótica!
¡Nos atacaron los sicarios, pero me fugué al Caribe con el guardaespaldas!
—¡Lara, que casi nos matan! —protesté, aunque la sonrisa me delataba.
—Ya, ya, pero no te han matado y estás en Miami con un tío que está como un toro. Cuéntame la verdad, ¿ha habido mambo en la cabaña de la selva o no?
Tragué saliva, apretando el teléfono contra la oreja mientras el recuerdo de sus manos jugando con mi cuerpo y su boca en la mía me generaba calor instantáneo.
—Primero, tienes que saber que Rubén y yo lo hemos dejado, por teléfono, ayer mismo. Y después… digamos que esta noche en la cabaña... han pasado cosas.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —chilló Lara tanto que tuve que alejar el aparato—. ¡Eres la leche! ¿Y qué tal? Cuéntame detalles. De lo del marine. Lo de Rubén no me interesa, porque era una muerte anunciada. Al grano.
—Lara, es... increíble. Es mil veces mejor de lo que me atreví a imaginar —admití siendo honesta, bajando la mirada hacia mis zapatillas sucias—. Tiene una fuerza, una paciencia... Me hace sentir tan segura… que asusta.
—Uy, uy… Tina, Tina… esto no me gusta nada, Tina. Te estás pillando.
Sus palabras me cayeron como un jarro de agua fría.
Volví la vista hacia Logan, que me hacía una señal con la mano indicándome que el taxi ya estaba listo.
Veía su figura imponente, su aura de peligro y misterio...
Él pertenecía a un mundo de sombras, de misiones secretas y de violencia.
Yo pertenecía a las listas de invitados, las flores y las bodas de ensueño en Madrid.
—No tengo futuro con él, Lara —dije, y el pecho me dolió al pronunciarlo—. Él es un soldado con un pasado del que apenas habla… y yo tengo mi vida en España. Esto es solo una tregua en medio del caos. En un par de días me subo a un avión y todo vuelve a la normalidad.
—Bueno... pues disfruta de la tregua, amiga mía. Te lo has ganado después de sobrevivir a las metralletas. Te quiero. Ve con cuidado y avísame cuando tengas el billete.
—Te quiero. Hablamos luego.
Colgué y me dirigí al taxi. Logan me abrió la puerta trasera con una caballerosidad que chocaba brutalmente con sus nudillos nudosos y marcados.
—¿Todo bien con tu socia? —preguntó al meterse a mi lado en el asiento de cuero.
—Ha sobrevivido a la noticia de que me he convertido en una fugitiva internacional —sonreí, apoyando la espalda en el asiento y suspirando con placer—. Pide el destino, soldado. Necesito aire acondicionado y una ducha antes de morir.
El trayecto en taxi hasta South Beach fue un deleite.
Dejar atrás los caminos de barro para rodar por las avenidas flanqueadas por palmeras, coches de lujo y la arquitectura Art Déco iluminada por el sol de la tarde me devolvió la vida.
Me encantaba la civilización. Me encantaban los restaurantes, el bullicio y la sensación de seguridad.
Cuando el coche se detuvo frente a The Betsy , me quedé mirando la fachada por la ventanilla con la boca ligeramente abierta. Era un edificio colonial imponente, elegante, pintado en un blanco impoluto con detalles en madera noble y una iluminación cálida que respiraba lujo refinado y discreto.
—Logan... —dije ladeando la cabeza mientras él le pagaba al conductor—. Pensé que cuando dijiste "un hotel off the grid" te referías a un motel de carretera con luces de neón parpadeantes y moqueta sospechosa.
—No me gustan los moteles —respondió él con sencillez, bajándose del taxi y tendiéndome la mano para ayudarme a salir —. Y tú llevas tres días durmiendo en catres y corriendo por la selva. Te mereces algo mejor.
Entramos al vestíbulo y me quedé fascinada.
El suelo de mármol brillante, las plantas tropicales gigantescas, el aroma a jazmín y orquídeas que impregnaba el aire...
El ambiente era sofisticado, tranquilo y exclusivo.
Miré a Logan de reojo mientras caminaba hacia la recepción.
Con sus pantalones vaqueros oscuros, su camiseta ceñida que marcaba cada músculo de sus espaldas y la barba de varios días, destacaba como un depredador entre la gente elegante del vestíbulo.
Pero, se movía con una aplastante seguridad.
No encajaba en absoluto con la estética del lugar, pero al mismo tiempo parecía dueño del hotel.
Se encargó del check-in mientras yo me entretenía mirando una escultura moderna en el centro del vestíbulo. Le vi firmar un formulario digital, recoger una tarjeta dorada y rechazar educadamente que un botones nos llevara la única bolsa miserable que traíamos.
—Venga, vamos —dijo acercándose a mí y poniéndome una mano en la parte baja de la espalda. Su toque, directo sobre la piel que mi camiseta corta dejaba al descubierto, me hizo dar un brinco involuntario.
Subimos en el ascensor en silencio. El indicador marcaba los pisos hasta llegar a la última planta.
—Piso alto —comenté para romper la tensión.
—He cogido una suite—dijo, y no me pasó desapercibido el destello en sus ojos.
—¿Una suite? ¿Para los dos? —pregunté ilusionada, con tono juguetón.
—¿Preferías dormir en habitaciones separadas después de haber compartido una cama de noventa en la selva?
—Solo preguntaba, gringo .
El ascensor abrió sus puertas y caminamos por un pasillo moquetado hasta la puerta 502.
Logan pasó la tarjeta y la puerta se abrió a un espacio impresionante.
Una sala de estar enorme con ventanales de suelo a techo con vistas directas al Atlántico, muebles de diseño en tonos crema y una cama king size que parecía una nube.
Pero lo mejor estaba al fondo, un baño de mármol blanco dividido por un enorme cristal traslúcido donde se intuía una ducha de cabezal gigante estilo lluvia.
—Dios mío... —suspiré, tirándome de cabeza a la cama para probar el colchón—. Creo que me he enamorado de esta cama.
Logan dejó la bolsa en una silla y se soltó el reloj de la muñeca, dejándolo sobre la mesa.
—La ducha es tuya primero. Límpiate el barro de Colombia. Yo iré después.
No me lo tuvo que decir dos veces. Me levanté de un salto y fui directa al baño.
Me despojé de la ropa sucia que llevaba días acompañándome y la dejé en una esquina con absoluto desprecio.
Cuando me miré al espejo, vi a una mujer con el pelo revuelto, las mejillas tostadas por el sol y los ojos vivos, brillantes como hacía tiempo que no los tenía.
Abrí el grifo de la ducha y dejé que el agua saliera bien caliente.
Un vapor denso y reconfortante empezó a llenar la estancia.
Me metí bajo el chorro de agua e inhalé profundamente, soltando un gemido de puro placer cuando el agua caliente empezó a quitarme la tensión de los hombros y el cansancio acumulado.
Cogí el bote de gel con aroma a sándalo y cítricos y empecé a enjabonarme las piernas, disfrutando del olor.
De repente, escuché el chasquido de la puerta del baño al abrirse.
A través del cristal empañado de la ducha, vi recortarse la figura alta y desnuda de Logan. Mi corazón dio un golpe violento contra mis costillas. Mi respiración se aceleró al instante.
Sin decir una sola palabra, se acercó a la mampara de cristal. Estaba completamente desnudo. Dios santo. Verlo así, bajo la luz cálida del baño, era impresionante. Tenía una masculinidad tan pura y directa que me excitó en el acto.
Dio un paso hacia el interior de la ducha. El agua caliente empezó a resbalar de inmediato por su pelo, bajando por su pecho anatómicamente perfecto, su abdomen marcado y más abajo...
Tragué saliva, incapaz de articular palabra.
—Dijiste que necesitabas ayuda con la espalda —dijo con voz grave haciéndome temblar entera.
—No recuerdo haber dicho eso... —susurré, y mi cuerpo dejándose llevar, dio un paso hacía atrás, hacia él.
—Lo dijiste con la mirada —murmuró Logan.
Se acercó más por detrás hasta que sentí el calor de su cuerpo antes de que sus manos, grandes, ásperas y cubiertas de jabón que se había echado, se posaran suavemente sobre mis hombros.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.
Sus manos comenzaron a acariciar la piel tensa de mi cuello, enjabonándome, bajando despacio por mi espalda mientras el agua de la ducha caía sobre los dos, envolviéndonos en una burbuja de calor y vapor.
Eché la cabeza hacia atrás, apoyándola en su pecho firme. Logan inclinó la cabeza y pegó sus labios a la curva de mi cuello, dándome besos lentos y profundos que hicieron que me agarrara a sus antebrazos con desesperación. Sus manos acariciaron mis pechos, excitándome de una manera primitiva.
—Logan... —gimoteé, perdiendo la compostura.
Él me giró con lentitud para tenerme de frente. Sus ojos verdes estaban oscuros, quemando con una intensidad posesiva que me arrolló. Me atrapó la cintura con una mano, pegándome salvajemente a su cadera. Podía sentir la dureza de su deseo presionando contra mi vientre bajo.
—Me gustaste desde el primer segundo en que te vi en ese gimnasio, Valentina —susurró contra mis labios, con la voz entrecortada —. Y te he deseado desde que dormiste a mi lado colgados en aquella hamaca.
—Entonces no hables más... —pedí en un jadeo, rodeándole el cuello con los brazos.
Logan me devoró la boca en un beso hambriento, caliente y profundo que me dejó sin aire.
Sus manos bajaron por mi espalda mojada, y amoldándose a mis nalgas para elevarme ligeramente.
Mis piernas se enredaron instintivamente alrededor de su cintura mientras el chorro de la ducha caía sobre nuestros rostros.
El contacto de nuestras pieles mojadas, el sonido del agua golpeando el mármol y el deseo entre los dos explotaron en ese baño.
Me empujó suavemente contra la pared de azulejos cálidos, sosteniendo todo mi peso con una facilidad pasmosa mientras me besaba el cuello y los hombros con un frenesí devorador.
Era salvaje, pero al mismo tiempo había delicadeza en su forma de tocarme. Yo me entregué por completo a la sensación, gimiendo su nombre contra su oreja, hundiéndome en el ritmo de sus embestidas lentas y profundas que me hacían perder el sentido.
Allí, bajo el agua de Miami, envueltos en un abrazo posesivo y voraz, ninguno de los dos quería pensar en el mañana. No queríamos pensar en el pendrive, ni en el maldito vuelo de vuelta a Madrid.
Por un segundo pensé que me estaba enamorando, pero era demasiado cobarde, o estaba demasiado cegada por el deseo, como para darme cuenta.