17 Logan
Cuando abrí los ojos por la mañana, lo primero que sentí fue el peso suave de Valentina sobre mi pecho y su respiración compasada rozándome la clavícula.
Me quedé inmóvil durante largos minutos, mirándola bajo la luz ténue.
Tenía el pelo castaño revuelto sobre la almohada y las pestañas descansando en sus pómulos.
Hacer el amor con ella la noche anterior me había sido increíblemente intenso, y había descuadrado por completo mis esquemas.
La había encontrado de casualidad, como conductor improvisado cansado de la vida y, de repente, me encontraba totalmente absorto por una wedding planner madrileña que tenía más agallas y más luz que nadie a quien hubiera conocido jamás.
La tenía tan cerca que no pude resistirme. Empecé a dejarle una hilera de besos suaves por la sien, la mejilla, la comisura de los labios, su mandíbula… hasta que soltó un suspiro ahogado, sonriendo antes de abrir lentamente esos ojos oscuros que me volvían loco.
—Buenos días, gringo —murmuró con la voz ronca al despertar, perezosa y sexy.
—Buenos días, Martínez —sonreí de lado, metiendo la mano bajo la sábana y acariciándole la cadera, rodeándola y pegándola a mi cuerpo—. ¿Cómo ha dormido la ejecutiva?
—Sorprendentemente bien para estar en una cama de campo —admitió, estirándose como un gato y clavándome una mirada llena de picardía—.
Aunque debo decir que seguramente haya influido tu despliegue de "habilidades tácticas" de anoche, las cuales superaron con creces cualquier expectativa que tuviera contigo.
—Es entrenamiento de élite, Martínez —le guiñé un ojo—. Ya sabes, control de precisión, resistencia en el terreno y adaptabilidad a las circunstancias —dije mientras le daba un suave mordisco en el cuello.
Valentina soltó una carcajada, pasando su mano por mi pecho desnudo.
—Pues me temo que el control de calidad de la agencia va a requerir volver a comprobar esa precisión… muy pronto. Es algo que no podemos demorar en exceso.
—Cuidado con lo que pides, Martínez, que el regimiento no descansa —me reí, inclinándome para darle un beso profundo en la boca que volvió a encender el ambiente en cuestión de segundos.
Tras un desayuno improvisado de café de mi cafetera italiana y las últimas galletas de la despensa, cambiamos el chip. Saqué de un compartimento falso que tenía en el suelo de madera un ordenador portátil.
En menos de quince minutos tenía reservados dos billetes de avión desde Bogotá hacia el aeropuerto de Miami para esa misma tarde.
Valentina salió a la pequeña terraza de madera mientras yo la observaba desde dentro a través de la ventana.
Verla caminar de un lado a otro en la terraza, con mis pantalones de chándal tres tallas más grandes y en sujetador era un espectáculo digno de admirar, teniendo en cuenta cómo iba vestida el día que la conocí al entrar en el gimnasio. No podía quitarle el ojo de encima.
Me apoyé en el marco de la puerta de madera, cruzando los brazos mientras disfrutaba del show, escuchando al completo su conversación sin que ella se diera cuenta.
—¡Papá! Sí, soy yo... —escuché que decía, poniendo de golpe su mejor voz de hija modélica y calmada—.
No, no pasa nada, todo está yendo fenomenal.
He estado bastante desconectada porque, al tratarse de un evento tan exclusivo, nos estamos desplazando bastante de un lado para otro. En muchos sitios no hay cobertura.
Hizo una pausa, sonriendo con culpabilidad mientras se pasaba la mano por el pelo.
—Sí, la novia está encantada. De hecho, ha surgido un cambio de planes maravilloso y nos vamos a tener que desplazar a Miami un par de días para unos preparativos de última hora con unos diseñadores que forman parte de la ceremonia.
Os volveré a llamar cuando estemos por allí.
Vosotros tranquilos, y dale un beso a mamá. ¡Os quiero!
Colgó la llamada, soltó un suspiro de alivio descomunal y se quedó unos segundos mirando las montañas colombianas antes de darse la vuelta. Al ver que la estaba mirando fijamente con la ceja levantada, se sonrojó levemente pero no perdió la coquetería.
—¿Has escuchado algo, G.I. Joe ? —preguntó, devolviéndome el teléfono.
—Solo una cadena de mentiras piadosas que sonaban increíblemente reales —dijo sonriendo—. Tus padres se lo han tragado todo, ¿verdad?
—Es por su salud mental, soldado —sonrió ella, pasándome por el lado y dándome una palmada juguetona en el trasero—.
Si les digo que he saltado de un balcón con un soldado americano y que voy hacia el aeropuerto huyendo de sicarios, a mi padre le da un síncope.
Por cierto... tengo que ver mi vuelo a Madrid…
Se frenó a mitad de paso y me miró con una sombra de duda en los ojos.
—Digo yo que debería ir buscando un billete directo para volverme a España en cuanto lleguemos al aeropuerto, ¿no? Se supone que eso era lo pactado antes de... en fin, de todo esto.
Me acerqué despacio hacia ella, acortando la distancia hasta quedar frente a frente. Le sostuve la mirada con suavidad.
—Cuantas menos gestiones hagamos desde aquí, mejor. Lo más adecuado es llegar a Miami.
—¿Y una vez en Miami? —preguntó en un susurro, buscándome los ojos.
—Una vez en Miami, estás a salvo —sonreí de lado, acariciándole el brazo—.
Si quieres te vienes conmigo, nos acomodamos, entrego la porquería del pendrive a mis contactos y, cuando la zona esté completamente limpia, buscamos el mejor vuelo a Madrid.
Sin prisas, sin correr y sin sicarios pisándote los talones.
A no ser que tengas un ansia tremenda por salir corriendo de mi lado en cuanto aterricemos, claro.
Valentina soltó un suspiro y una pequeña sonrisa con guasa le asomó en los labios.
—No tengo ninguna prisa por salir corriendo —admitió—. De hecho, la idea de pasar un par de días contigo en Miami sin que nos peguen tiros suena… peligrosamente tentadora.
—Decidido entonces
—Por cierto, no tardaremos en irnos, ¿verdad? ¿cómo vamos a ir al aeropuerto? Si no recuerdo mal la camioneta pasó a mejor vida en la selva.
—Tengo mi vehículo de reserva en el cobertizo.
Diez minutos después, Valentina me miraba con la boca abierta frente a la puerta del cobertizo trasero. El "vehículo de reserva" era una bicicleta de montaña clásica, bastante oxidada, con un transportín trasero metálico.
—Logan... dime que es una broma —masculló, mirándome a mí y luego a la bici.
—Recuerda que trabajo en un gimnasio cerca del aeropuerto.
Esto no queda muy lejos de allí, como mucho serán veinte minutos bajando la colina, cuesta abajo, será fácil —expliqué con total seriedad—.
Y no hay combustible que rastrear. Solo tienes que subirte al transportín y cogerte bien de mí. El pedaleo es cosa mía, tranquila.
No la vi muy convencida.
El trayecto fue una escena digna de una película de risa.
Yo llevaba la bici cuesta abajo, mientras Valentina iba sentada detrás en el duro metal del transportín, agarrándose a mi cintura con una fuerza descomunal, intentando poner los pies donde conseguía, y soltando risas y carcajadas cada vez que pillábamos un bache en el camino de tierra.
Llegamos al polígono del aeropuerto casi sin aliento.
Aparqué la bici de mala manera en el callejón posterior del gimnasio de boxeo de Mateo, el sitio donde había estado trabajando los últimos dos años.
Entramos por la puerta trasera, esquivando a la gente que entrenaba golpeando en sacos de boxeo.
Mateo estaba tras el mostrador, limpiando unos guantes.
Al vernos entrar a los dos se quedó perplejo.
—¡Carajo, Logan! —exclamó Mateo, mirándome a mí y luego a Valentina, a quien había visto días atrás vestida con su traje de ejecutiva impecable—. Por fin te veo. Estaba tranquilo porque ya sé cómo te las gastas. ¿Pero qué les ha pasado a ustedes? Días sin verte, Logan, y ahora aparecéis juntos.
—Ha habido complicaciones, Mateo —dije en voz baja, acercándome al mostrador—. Necesito dejarte la bici y despedirme, de momento. Tengo que volver a Estados Unidos hoy mismo.
Mateo entornó los ojos, captando al vuelo el tono militar y la gravedad de la situación. Asintió despacio, respetando el código de no hacer preguntas peligrosas.
—Entendido, hermano. Esta siempre es tu casa —dijo. Luego giró la cabeza hacia Valentina y le dedicó una sonrisa con guasa—. Vaya, señorita... veo que el entrenamiento de este animal le ha servido de algo, la veo en forma. Pero le aviso de que moverse en el terreno de este chico no va a ser fácil.
—Me adapto bien al peligro, Mateo —sonrió Valentina, cruzándose de brazos.
—Eso veo —se rió el veterano, mirando a Logan de reojo—. Bueno Miami será otra cosa… Supongo que la familia del muchacho les buscará sitio en alguno de sus hotelitos en la costa, ¿no? Digo yo que tus viejos no te dejarán pisar un hostal, Logan.
Valentina frunció el ceño, mirando a Mateo y luego a mí con una mueca de pura confusión.
—¿Hotelitos? ¿De su familia? —preguntó ella, ladeando la cabeza—. Me he perdido ¿De qué habla?
—Cosas de Mateo, que le gusta exagerar —intervine rápidamente, dándole un apretón de manos firme a mi amigo para cortarle el rollo antes de que hablara de más—. Gracias por todo, hermano. Te debo una. Espero verte pronto.
—Cuídate, Logan. Y cuide de ella —dijo Mateo, guiñándole un ojo a Valentina mientras nos veíamos obligados a salir.
Cruzamos la avenida a paso ligero hacia la terminal del aeropuerto. Comprobamos los billetes en los terminales automáticos, pasamos el control de seguridad sin levantar sospechas y, en pocas horas, estábamos sentados en los asientos del vuelo rumbo a Miami.
Cuando el avión encendió los motores y comenzó a rodar por la pista de despegue, miré a Valentina a mi lado. Estaba pegada a la ventanilla, viendo cómo Colombia se reducía a una mancha verde bajo nosotros.
—Adiós, selva —murmuró con una sonrisa cansada pero feliz.
—Hola, Miami —respondí, apretándole la mano mientras el avión se elevaba en el cielo.