16 Valentina #2
—Un año después, en una extracción nocturna en el Norte de África, los mandos calcularon mal los tiempos y nos dejaron tirados en la zona de aterrizaje diez minutos más de la cuenta.
Diez minutos eternos. Perdimos a Mateo y a Castillo esa noche por culpa de la incompetencia de un despacho con aire acondicionado…
y ese fue mi límite. Al día siguiente de volver a la base, presenté mi baja voluntaria.
No iba a dejar que me rompieran lo poco de alma que me quedaba.
Giré la cabeza sobre la almohada para mirarle.
Vi el dolor impreso en la línea de su mandíbula, las sombras de un hombre que había cargado mucho peso a sus espaldas.
Sentí un impulso irreprimible de tocarle.
Estiré la mano y deslicé las yemas de los dedos por su antebrazo, sintiendo cómo su piel se erizaba al instante bajo mi tacto.
Le acaricié suavemente, subiendo mis dedos por su hombro, hasta su cuello, para acabar acunándole la mejilla con la palma de mi mano.
Él cerró los ojos, mientras mi pulgar rozaba la comisura de sus labios.
Logan sujetó mi mano con la suya y me dio un beso en la palma, se giró hacia mí, abriendo sus ojos verdosos y clavándolos en los míos.
—¿Y tú? —preguntó suavemente sin soltarme la mano—. ¿Te gusta la vida que te espera en Madrid? ¿Tu novio?
Solté una risa amarga y corta, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Rubén... —suspiré—. Pues hay algo que no sabes, y es que…
lo hemos dejado. Esta mañana le he llamado desde la suite, antes de que despertaras con la intención de zanjarlo, y resulta que me ha dejado él a mí—.
Volví a hacer otra pausa mientras él escuchaba atentamente—.
Rubén y yo dejamos de mirarnos hace tiempo.
Estábamos juntos por inercia, porque era cómodo, porque era lo que se supone que tocaba a mi edad.
Nos habíamos acabado convirtiendo en dos desconocidos que ni siquiera compartían piso, pero sí calendario.
Llevaba tanto tiempo anestesiada que se me había olvidado lo que era sentir que el corazón me latiera en el pecho.
—¿Y ahora te late? —susurró Logan, reduciendo la distancia entre los dos a un suspiro.
—Ahora… Ahora me late a mil por hora —reconocí, sin apartar la mirada de sus labios.
Logan no dijo nada más. Su mano subió despacio por mi cuello, acunando ahora él, mi mejilla con una ternura que me cortó la respiración… Se acercó y me besó.
Su boca se amoldó a la mía con dulzura, en un beso profundo que rápidamente fue ganando intensidad hasta transformarse en deseo puro.
Apreté mis manos contra sus brazos, sintiendo el relieve duro de sus músculos mientras un gemido suave se me escapaba de la garganta.
Logan me atrajo hacia sí, arrastrándome suavemente al centro de la cama hasta quedar sobre mí, sosteniendo su peso con los antebrazos para no aplastarme.
Siguió besándome con una devoción y un hambre que me hicieron temblar de arriba abajo.
—Eres increíble, Valentina —murmuró contra mis labios.
El sonido de mi nombre en su voz grave fue el detonante definitivo.
Deslicé las manos hasta el borde de su camiseta y se la subí lentamente hasta quitársela, dejando al descubierto ese pecho que tanto deseaba.
Lo hice parar un segundo. Logan se quedó descolocado, pero yo necesitaba admirarlo; me recreé en su rostro excitado, en su piel, rozando la yema de mis dedos sobre sus cicatrices y sus tatuajes.
Él no pudo aguantar más el impulso y volvió a lanzarse a mi boca con un suspiro ahogado.
Rompió el beso para quitarme la ropa con delicadeza. Me incorporé lo justo para que me deslizara el top y el sujetador, y arqueé la espalda mientras me despojaba del pantalón. Su mirada fue descubriendo mi piel centímetro a centímetro bajo la luz dorada de la lámpara.
Acarició mis pechos con sus grandes manos, haciéndome estremecer.
Su tacto, cálido y ligeramente áspero, bajó por mi vientre hasta retirarme las braguitas.
Quedé totalmente desnuda frente a él. Logan se deleitó mirándome detenidamente mientras su mano continuaba su descenso, recorriéndome el muslo hasta rozar mi intimidad.
El contacto directo de sus dedos me sacó un gemido involuntario.
Siguió acariciando durante unos minutos deliciosos mientras con la otra mano me moldeaba el pecho y, con sus labios, besaba el otro, consiguiendo que me deshiciera de placer.
De pronto, se detuvo. Se puso de pie y, bajo mi mirada encendida, se quitó el pantalón y la ropa interior. Descubrir su cuerpo al desnudo, imponente y poderoso en todos los sentidos, me dejó con la boca seca. Solo deseaba que volviera a la cama para hacerlo mío.
Una vez entre mis piernas, nuestras miradas se cruzaron una última vez antes de que se deslizara dentro de mí con un movimiento lento y firme, provocándome un jadeo de placer absoluto al unirnos por completo.
Fue sencillamente maravilloso. Nunca antes me había sentido tan deseada, tan vista ni tan viva.
Mientras se movía sobre mí a un ritmo perfecto, nos miramos a los ojos…
y vi en los suyos el mismo abismo al que yo me estaba arrojando.
Cada caricia suya era una chispa; cada beso que descendía por mi cuello, mi escote y mis pechos me hacía arquear la espalda contra las sábanas, completamente ebria.
Me agarré a su espalda, clavando suavemente las uñas en sus músculos mientras el resto del mundo desaparecía.
Disfruté de cada embestida, de los besos hambrientos y de los pequeños mordiscos que me daba en los labios mientras yo me abandonaba al placer.
En esa pequeña cabaña en mitad de la nada, solo existíamos él y yo.