16 Valentina
El zumbido eléctrico del buggie de golf sonaba ridículo para la huida de película que estábamos ejecutando, pero nos sirvió para recorrer los quinientos metros del perímetro de la hacienda en un tiempo récord.
Logan aparcó el carrito, escondiéndolo tras unos matorrales frondosos, a escasos metros de la garita trasera de salida. Nos limpiamos los restos de flores de buganvilla de la ropa y, antes de cruzar el control de seguridad, me agarró de la mano, entrelazando sus dedos firmes con los míos.
—Actúa con normalidad —me susurró al oído con su voz grave que me erizaba hasta el último vello del cuerpo—. Solo somos dos huéspedes adinerados, una pareja, dando un paseo mañanero por los alrededores.
Tragué saliva, me erguí y me arrimé a él con un entusiasmo completamente fingido. Si íbamos a actuar, lo haríamos a lo grande.
Me pegué a su costado, apoyé la cabeza en su hombro con un gesto mimoso y le dediqué una sonrisa radiante, lanzándole miradas de recién enamorada dignas de un premio de la Academia.
Logan se quedó rígido como un poste durante un segundo, pero reaccionó rápido, pasó su brazo sobre mis hombros y me apretó contra su costado, devolviéndome una sonrisa torpe de novio abobado.
Pasamos por delante de la garita del vigilante rindiendo a un nivel de tontería romántica absolutamente insufrible.
El pobre guardia nos miró con aburrimiento antes de volver a perder la vista en su pantalla.
No pude evitar disfrutar cada segundo de la cara de circunstancia de Logan, que mantenía la sonrisa congelada en la boca mientras por lo bajo entrecerraba la mandíbula.
En cuanto dejamos atrás el límite del resort y el camino asfaltado se transformó en la espesura del bosque tropical, desapareció el novio cariñoso. Logan me tiró suavemente del brazo para internarnos de golpe entre los árboles, lejos de la vista de cualquier vehículo, sin soltarme de la mano.
Caminar por la vegetación a la luz del día y sin tormenta era distinto a la pesadilla nocturna de la noche anterior, pero mi cabeza iba a mil por hora.
Miraba de reojo la espalda de Logan, el movimiento fluido de sus hombros bajo la camisa y la forma en que sus dedos aún retenían el calor de mi mano.
Dios mío, me he fugado. La ejecutiva metódica de Madrid, la mujer que medía las paletas de color con regla y tenía un calendario para los próximos tres años de su vida, acababa de dejar tirada una boda millonaria para adentrarse en la jungla con un exmilitar.
Y lo peor de todo... es que no solo era el miedo lo que me movía. Era él.
Recordar el beso en la habitación de la suite me provocaba un vértigo eléctrico en el estómago.
La forma en que me había empotrado contra su cuerpo, la urgencia salvaje de su boca, cómo me había derretido en sus brazos sin ofrecer la menor resistencia.
El deseo no dejaba de crecer, cada vez que Logan se giraba para comprobar si estaba bien, o cuando se acercaba demasiado para apartarme una rama del camino, sentía una descarga de calor subiéndome por el vientre.
—¿En qué piensas, Martínez? —preguntó Logan, aminorando el paso para ponerse a mi altura.
—En que anoche casi me besas, esta mañana casi nos hemos devorado en mi suite y ahora parezco una prófuga de la justicia colombiana. En todo eso pienso —admití sin vergüenza, intentando sonar desenfadada para ocultar el temblor de mi voz.
Logan soltó un ligero bufido de risa, mirándome con una chispa burlona en esos ojos verdes tan oscuros.
—En mi defensa, esta mañana no "casi" nos besamos. Nos hemos besado, y de verdad. Y si ese idiota no hubiera intentado tirar la puerta abajo, seguiríamos allí.
Sentí que las mejillas me ardían, pero no retiré la mirada.
—¿Y cuál es el plan ahora, G.I. Joe ? Porque dudo que el protocolo de seguridad incluya vivir en la selva para siempre.
—Vamos a ir a mi casa —soltó con naturalidad.
Me detuve en seco.
—¿Tu casa? ¿Tienes una casa aquí?
—A unas dos horas a pie, cruzando la ladera norte —asintió, señalando hacia la montaña—.
Es un refugio. Un sitio que nadie conoce, ya imaginarás, no me gusta ir exponiéndome por ahí.
Allí hay algo de comer y ropa seca. Podremos descansar y podré contactar con un antiguo mando de las Fuerzas Especiales.
Mi idea es que salgamos del país hacia Estados Unidos.
En Miami podré entregar el pendrive a gente de confianza que, con todo ese material, se encargará de neutralizar a Don Gonzalo para siempre.
Allá estarás a salvo. Después puedes coger un vuelo a Madrid y se acabó la pesadilla.
—¿Y tú? —pregunté, sintiendo un nudo frío e inesperado en el pecho al oír la palabra Madrid .
—Yo me quedaré una temporada en Estados Unidos. Hace años que no estoy por allí... Quizá va siendo hora de pasar un tiempo con la familia.
No dije nada más. Seguimos avanzando en silencio durante casi dos horas que se me hicieron eternas.
La caminata fue dura, pero la presencia de Logan imponía una calma magnética.
Al llegar encontré como la vegetación se abría para dar paso a una pequeña construcción de madera y piedra, camuflada perfectamente entre las rocas de una ladera.
Era una cabaña austera, robusta y solitaria. El refugio de Logan.
Una vez dentro, me encontré con un espacio limpio pero espartano.
Olía a madera, y había un sofá de cuero desgastado frente a una chimenea de piedra, un rincón para cocinar que hacía de cocina junto a una mesa y par de sillas de madera maciza y una sola cama de matrimonio al fondo.
Mientras Logan revisaba los cierres de las ventanas, saqué mi móvil para los avisos de rigor y evitar preocupaciones.
Envié un mensaje a Lara, diciéndole que estaba bien y que la llamaría al día siguiente sin falta.
A continuación, busqué el chat de Jon y le escribí con la sonrisa tonta que siempre se me ponía al hablar con él.
«¡Hola Jon! Sobrevivo a Colombia. Solo quería decirte que estoy bien, entera y desmelenándome a unos niveles que, si me vieras ahora mismo, no me conocerías (y no, no es por el alcohol).
Oye, tengo que hacerte una confesión, la dichosa hamaca ha resultado de un valor incalculable.
Ya te contaré. Te debo una grande. Un favor, avisa a papá y mamá de que estoy bien y que los llamo mañana sin falta, que hoy tengo lío. ¡Un beso enorme, te quiero!»
Guardé el teléfono con una sensación reconfortante.
Jon se alegraría al leer que por fin me estaba dejando llevar.
Entonces me fijé en un pequeño estante que había en una de las paredes.
Me llamó la atención una fotografía suelta que había allí apoyada, me acerqué a verla.
En él, un grupo de hombres con uniforme táctico sonreían al objetivo en mitad de un desierto abrasador.
Distinguí a Logan en el centro, algo más joven, pero con la misma apariencia física y la misma mirada intensa. Junto a él estaban cinco hombres más.
—¿Quiénes eran? —pregunté suavemente, tocando la fotografía.
Logan, que estaba buscando cosas en un cajón de la cocina, se congeló un segundo. Se acercó despacio a mí, miró la fotografía y ensombreció la mirada.
—Mi unidad —respondió con una voz tan baja que casi no lo escuché. No añadió una sola palabra más. El silencio que siguió era tan delicado que entendí perfectamente que esa puerta estaba cerrada con llave.
Para romper el hielo, siguió inspeccionando la despensa.
—Bueno —dijo, intentando aligerar el ambiente mientras sacaba un par de latas y un paquete de galletas saladas—. No es la cena de cinco estrellas de la hacienda, pero la carne en conserva y estas galletas no caducan hasta el año que viene.
Cenamos sentados a la mesa, compartiendo la comida rancia como si fuera el mayor manjar del mundo mientras Logan me contaba cómo era vivir en esa zona.
El cansancio de las últimas horas de huida ininterrumpida empezó a pesarme en los párpados.
La adrenalina se estaba disipando, dejando espacio a una intimidad aplastante entre los dos.
La oscuridad de la montaña empezó a cubrir la cabaña hasta que solo la luz tenue de una lamparita en la mesita de noche iluminaba la habitación.
Logan se incorporó y se quitó la camisa azul, tirándola sobre la cama. Se puso una camiseta de tirantes negra, dejando al descubierto la verdadera dimensión de sus hombros y una pequeña parte de la cicatriz profunda que le cruzaba el costado izquierdo.
Se acostó en la cama, apoyando la espalda en el cabecero de madera, como si estuviera esperándome. Yo me acerqué y me senté a su lado apoyándome también.
—Logan... —murmuré, mirando el techo—. ¿Por qué dejaste el ejército?
El silencio se prolongó tanto que pensé que no me respondería. Pero luego suspiró, un sonido profundo y cansado.
—Porque un día te das cuenta de que las órdenes que sigues no las firman los héroes, sino los despachos —dijo con la voz rasgada—.
Perder a compañeros… a amigos… en operaciones me abrió los ojos.
Sentí que para ellos éramos solo un recurso prescindible, al final lo único que te queda es marcharte antes de volverte un monstruo o terminar en una caja de madera.
—¿Perdiste a amigos? —pregunté, sintiendo que se me rompía el corazón al ver la sombra de dolor que le cruzaba la cara.
—A tres de los que has visto en esa foto —admitió Logan, mirando al vacío mientras tragaba saliva—.
En una de las primeras misiones, en Faluya, un convoy se nos vino abajo por mala información de inteligencia.
Perdí a Callaghan allí... ver cómo lo sacábamos de los restos sin poder hacer nada fue el primer golpe duro para todos.
Era como un hermano para mí. Nos dijeron que eran cosas del servicio. Seguimos adelante.
Hizo una pausa larga, apretando la mandíbula hasta que se le marcaron los músculos del cuello.