15 Logan
Había que reconocérselo a Valentina, cuando se trataba de vender humo con una sonrisa impecable y tono de ejecutiva estresada, la mujer era una puta estrella de cine.
En cuanto le solté al oído que nos iban a cazar nada más salir, y que lo mejor era que acabara la reunión cuanto antes, ni pestañeó.
Con la serenidad como si estuviera acicalándose el pelo, cerró la carpeta de bocetos sobre la mesa de centro y le clavó a Claudia una mirada llena de misterio y complicidad.
A la novia casi se le cae el catálogo de los encajes al suelo. Abrió los ojos como si le hubieran prometido la paz mundial.
—¡¿Adam Levine?! —chilló Claudia, llevándose las manos al pecho—. ¡¿Hablas en serio?! Es algo que ya intenté, y ¡mi prometido decía que era imposible!
—Para mi agencia nada es imposible —mintió Valentina sin parpadear un solo segundo—.
Pero para conseguirlo necesito hacer un par de llamadas a Los Ángeles desde una zona con mejor cobertura antes de que su mánager cierre la gira europea.
Y quizá, sea necesario marcharme a Estados Unidos para reunirme con él.
Pero todavía no lo tengo claro. Dame media hora, ¿vale?
—¡Por Dios, sí! ¡Vete, vete ya mismo! —dijo Claudia casi empujándonos hacia la puerta de la suite—. ¡Haré lo que sea necesario! Por Adam, lo que sea.
Los dos matones del balcón se tensaron al vernos salir tan rápido de la estancia.
Cruzamos el pasillo colonial escoltando a la novia a paso ligero, jugando a la normalidad mientras los dos tipos de traje nos seguían a una distancia prudencial, con las manos sospechosamente cerca de los sobacos.
En cuanto Claudia se despidió, dobló la esquina hacia la zona de spa y desapareció de nuestra vista, la burbuja de protección se rompió por completo.
Nos quedamos solos en el tramo final del pasillo. Los matones se habían quedado atrás unos metros fingiendo acompañar a Claudia, pero sabíamos que en cuanto constataran que no íbamos a hacer ninguna llamada a Los Ángeles, se abalanzarían sobre nosotros.
—Vale, Martínez —dije en un susurro rápido, agarrándola suavemente del antebrazo y empujándola hacia el nicho de una columna de piedra—. Se acabó el espectáculo. Nos vamos de la Hacienda. Ahora mismo.
Valentina se giró hacia mí, clavándome unos ojos abiertos como platos. La vi tragar saliva, procesando la orden mientras las dudas le cruzaban el rostro a la velocidad de la luz.
—¡¿Cómo que nos vamos ya mismo?! —exclamó bajito—.
Logan, lo poco que me queda está en la habitación.
Mi vida, mi lógica y mi sentido común me dicen que debería encerrarme en la recepción y llamar al consulado español.
Pensaba que esto de salirse era para intentar buscar una solución ¿Irme contigo? ¿A dónde? ¡¿A la selva otra vez?!
Se le notaba el miedo en la respiración, la parálisis de quien está a punto de dar un salto sin red de seguridad y alejarse de todo lo que conoce.
Pero yo no me moví. Me quedé allí plantado, a pocos centímetros de ella, mirándola directamente a los ojos, intentando que percibiera claramente que no iba a dejar que le pasara nada mientras estuviera a mi lado. Le tendí la mano, abierta y firme.
—Confía en mí, Valentina —le dije, bajando el tono a un murmullo grave—. Te prometí que saldrías de esta. Pero si quieres hacerlo a mí manera, tienes que venirte conmigo ya.
Ella miró mi mano tendida, luego subió la vista hacia mi boca y terminó clavando sus ojos en los míos. Pude ver el momento exacto en que su parte ejecutiva y sobria de Madrid decidía tirarse al vacío de la mano del exmarine renegado.
—De acuerdo —suspiró, aferrando mi mano con una fuerza sorprendente—. Pero pasamos por la habitación. No me voy a la selva sin lo que he dejado allí.
—Tienes dos minutos —concedí.
Avanzamos a trompicones por el pasillo lateral hasta la puerta de su suite.
Valentina metió la tarjeta, la cerró por dentro de un golpe seco y empezó a corretear por el dormitorio y el aseo como un demonio tazmanio, empaquetando a toda prisa lo que cabía en su bolso y metiendo un par de piezas de fruta que quedaban en la bandeja de bienvenida.
Yo me quedé en el interior, pegado al marco de la puerta que estaba entreabierta y manteniendo el oído y un ojo atento al pasillo exterior.
—Treinta segundos, Martínez —avisé sin girarme.
—¡Ya voy, ya voy! —escuché que protestaba a mi espalda.
Vino cargada con el bolso y justo en el momento en que yo me daba la vuelta para asegurarme de que estaba lista.
Tropezó con su propia zapatilla y cayó de lleno contra mi pecho.
El choque fue inevitable. La agarré al vuelo por la cintura para evitar que se fuera al suelo, pegándola instantáneamente contra mi cuerpo.
El impacto, el cogernos de esa manera, cuerpo contra cuerpo, levantó un chispazo de electricidad estática en mitad de la habitación.
Valentina se quedó inmóvil, empotrada contra mi torso, con las manos apoyadas en mis hombros y el rostro a escasos tres centímetros del mío.
Su respiración agitada me rozaba los labios, oliendo a la loción de almendras que se había puesto.
Bajé la vista hacia sus labios entreabiertos y sentí que la adrenalina pura de la huida se mezclaba de golpe con la misma atracción salvaje que sentía por ella la noche anterior.
Me miró con los ojos oscurecidos por el deseo, sin amago alguno de apartarse. Al contrario, totalmente desconocida se inclinó un milímetro hacia mí, rozando mi barbilla con la suya. Sus manos que seguían apoyadas en mis hombros, empezaron a moverse hacia el cuello, acariciándome.
—Logan... —susurró, con un hilo de voz que, raro en mí, mandó todo el autocontrol militar al carajo.
Le dieron por saco al protocolo de seguridad.
E incluso a los matones. No pude evitarlo.
Deslicé la mano firmemente por su nuca, enterrando los dedos en su pelo, la pegué más a mí y la embestí en un beso devastador, hambriento y profundo.
Valentina soltó un gemido ahogado contra mi boca y se agarró al cuello de mi camisa.
El beso fue como un fuego cruzado, violento y dulce al mismo tiempo, trayendo de vuelta toda la pasión contenida que nos había dejado a medias unas horas atrás. Fueron cuatro segundos gloriosos.
¡TAP TAP TAP!
El sonido seco de unas pisadas de alguien corriendo desde el pasillo nos separó como un jarro de agua helada.
Nos desenganchamos de golpe, los dos jadeando, con los labios ardiendo y las pupilas dilatadas.
—Será hijo de puta... —masculló Valentina para sus adentros, pasándose la mano por la boca y mirando la puerta con rabia pura—. ¡No hay ni una sola vez que nos dejen terminar!
Me puse delante de ella en un acto reflejo, apartándola hacia atrás mientras me pegaba a la pared contigua a la entrada.
Me asomé en un segundo con la puerta entornada y me encontré con uno de los escoltas de traje oscuro justo llegaba corriendo hasta la puerta de la suite.
Reaccioné por instinto. Levanté el pie y le propiné al portón un patadón brutal desde dentro.
¡PUM!
El impacto del marco de madera justo le dio de lleno en la cara al tipo del pasillo, enviándolo al suelo de espaldas con un juramento ahogado. Pasé el cerrojo de seguridad inmediatamente.
¡PLOF! ¡PLOF!
Dos impactos sordos atravesaron la madera de la puerta, haciendo saltar astillas a la altura de mi cabeza. Disparos con silenciador. Estaban usando armas de fuego discretas para no armar un escándalo en el resort.
—¡Al suelo! —rugí, agarrando a Valentina por la cintura y tirándola conmigo tras la cama king-size.
—¡Nos están disparando! —chilló ella, hecha una bola sobre la alfombra pero aferrando su bolso con fuerza.
—Tienen silenciador, no van a echar abajo la puerta a patadas para no llamar la atención, pero irán a bordear por la terraza —evalué en un pestañeo táctico—. La puerta principal está bloqueada. Toca la salida rápida.
—¿La salida rápida? —preguntó ella, mirándome con pánico mientras yo la arrastraba hacia el balcón exterior.
Salimos a la terraza privada. Estábamos en una primera planta, a unos cuatro metros de altura sobre los jardines impolutos de la hacienda. Abajo, el césped cortado al milímetro se extendía hasta la zona de aparcamiento del personal.
—¿Ves esa enredadera de buganvilla que sube por la columna de madera? —le pregunté, señalando la estructura de la barandilla.
—Logan, ni se te ocurra... —empezó Valentina, adivinando mis intenciones.
—Súbete a mi espalda y agárrate fuerte a mi cuello —ordené sin dar margen a debate—. Como en el colegio, Martínez. Confía.
Valentina no lo dudó dos veces. Dejó el bolso cruzado en bandolera, me agaché para facilitarle la tarea y saltó sobre mi espalda rodeándome el cuello con los brazos y las piernas en mi cintura, con la fuerza de un koala aterrorizado.
Agarré el pasamanos de madera, pasé las piernas por encima del balcón y nos descolgamos por la celosía de plantas.
El descenso no fue precisamente elegante.
Las ramas de buganvilla crujieron bajo nuestro peso combinado, las flores de color violeta salieron volando por todas partes como una lluvia de confeti y el agarre cedió casi a medio metro del suelo.
Caímos de culo sobre un matorral de hortensias perfectamente podado, amortiguando la caída con un estruendo de hojas rotas y ramas crujiendo.
—¡Dios! ¡Qué nos matamos! —gimió Valentina desde el suelo, cubierta de flores rosas hasta en el pelo, pero milagrosamente entera.
—Estás viva, Martínez —le dije, poniéndome de pie de un salto y tirando de ella para levantarla—. ¡Nos vamos!
Salimos disparados de entre los arbustos justo a tiempo para ver a dos de los matones asomarse por el balcón de la suite por la que acabábamos de bajar, escudriñando los jardines con las pistolas en la mano.
Corrimos a toda velocidad por los caminos de grava, esquivando fuentes de piedra. Valentina corría a mi lado con una agilidad impresionante, soltando algún que otro insulto en español cada vez que pisaba alguna piedra que la desestabilizaba.
Llegamos a la zona posterior del parking privado de la hacienda. Allí, aparcado junto a la caseta de mantenimiento, brillaba el vehículo de transporte VIP del complejo, un buggie de golf de seis plazas, pintado de blanco impoluto, con asientos de cuero crema y un techo de lona.
—Dime que sabes puentear eso —dijo Valentina, jadeando mientras llegábamos hasta él.
—Mejor aún —sonreí, señalando el salpicadero—. Se lo han dejado encendido y con la llave puesta.
—¡Alabado sea el servicio cinco estrellas! —chilló ella, saltando directamente al asiento del copiloto.
Me metí al volante, giré la llave, le metí un pisotón al acelerador a fondo y el cochecillo de golf salió disparado con un zumbido eléctrico ridículo pero matador, derrapando sobre la grava hacia la salida trasera de la hacienda.