Organización de bodas y otras técnicas de combate 14 Valentina
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14 Valentina

La suite privada de la señorita Claudia en la planta noble de la hacienda parecía el puesto de mando de un general de cinco estrellas, pero en versión alta costura.

Claudia, una rubia espectacular de veinticinco años, vestida con un conjunto de seda crema, se paseaba de un lado a otro del salón con un café en la mano.

Era la hija de uno de los empresarios más influyentes del país y la prometida del hijo de otro empresario de éxito español, gracias a los cuales me encontraba yo aquí.

La boda del siglo por aquí, literalmente.

Y yo era la encargada de que nada saliera mal... dentro de un año.

—¡Valentina, por fin! —exclamó Claudia nada más verme entrar, llevándose las manos a la cabeza con el dramatismo digno de una ópera—.

El administrador me dijo que habíais tenido un problema en la carretera.

Estaba a punto de sufrir un colapso. Necesito ver las paletas de color y propuestas de estilismo floral para la celebración o voy a tener una crisis de ansiedad antes del almuerzo.

—Tranquila, Claudia. Todo está bajo control —dije dándole un suave apretón de manos, adoptando mi postura más serena y profesional mientras cruzaba la estancia.

Abrí mi bolso destrozado con una agilidad casi mágica y extraje las carpetas de muestras que habían sobrevivido al lodo, a la lluvia y a la caminata en la selva. Desplegué sobre la mesa de centro los retales de lino bordado, los encajes y las fichas de tonos pastel.

—Aquí tienes los tonos marfil y arena que sugeriste para la ceremonia en el jardín interior —expliqué con voz firme, mostrando una seguridad que tapaba por completo el hecho de que hacía veinticuatro horas estaba envuelta en papel de aluminio dentro de una hamaca colgada en un árbol perdida en la selva—.

Y estos son algunos de los bocetos de las estructuras florales que podrían encajar para la zona de la piscina.

Claudia se inclinó sobre la mesa, pasando los dedos por las telas y soltando un suspiro de puro alivio.

—Aunque aún queda mucho trabajo, lo que veo, tus ideas y tu estilo, es maravilloso... Valentina, eres una diosa. De verdad. No sé cómo has conseguido tener todo esto listo tras la odisea del viaje.

—La preparación y la logística lo son todo en mi trabajo —sonreí con modestia.

—Ya veo que no escatimas en logística —murmuró Claudia de pronto, elevando la mirada por encima de mi hombro.

Su atención se congeló por completo. La muestra de lino se le quedó colgada de los dedos y sus ojos se abrieron de par en par, fijos en el punto exacto donde sabía que Logan se mantenía en guardia, apoyado contra la pared junto a los ventanales.

Logan había asumido su rol de guardaespaldas con una seriedad pasmosa.

Con su camisa de lino azul impecable, las mangas remangadas mostrando sus antebrazos musculados y los brazos cruzados sobre el pecho.

Su postura relajada pero alerta, combinada con esa barba de dos días y sus ojos verdes escaneando la estancia, lo hacían parecer sacado de una película de acción de Hollywood, de las de alto presupuesto.

Claudia se puso de pie despacio, sin quitarle la vista de encima.

—Por favor, Valentina... —susurró con una sonrisa fascinada, acercándose e inclinándose un poco hacia mí sin perder de vista a Logan—. No me dijiste que viajabas con semejante espécimen de seguridad. ¿Es de una agencia privada de Madrid? Porque es... increíblemente imponente.

Un ramalazo de celos puro, absurdo e incontrolable me atravesó las entrañas como una descarga eléctrica. Sentí que las mejillas me ardían mientras mi cerebro gritaba: «¡Quita los ojos de mi guardaespaldas, Claudia!» .

—Es Logan —intervine de inmediato con mi voz más ejecutiva y cortante, levantándome e interponiéndome con mucho estilo, entre la vista de Claudia y él—.

Un especialista en gestión de riesgos en el terreno.

Dado el carácter exclusivo de mi visita avanzadilla y los imprevistos de la ruta, mi agencia consideró indispensable su presencia.

Miré de reojo cómo Logan, que había escuchado absolutamente todo, giraba el rostro despacio hacia nosotras. Me miró a los ojos y dibujó una sonrisa lenta, socarrona y cargada de diversión. El muy sinvergüenza estaba disfrutando de mi pequeña escena de celos en primera fila.

—Un placer, señorita Claudia —dijo Logan con su voz grave y pausada al ver que Claudia no le quitaba los ojos de encima y le sonreía, inclinando la cabeza con una cortesía que hizo que a la novia se le escapara un suspiro contenido.

—El placer es mío, de verdad —dijo Claudia, recomponiéndose a toda prisa y dedicándole una sonrisa radiante antes de volver a mirarme a mí—. Mi padre es igual de precavido. De hecho, insistió en que no viniera sola a la hacienda.

Claudia hizo un gesto hacia el gran balcón exterior de la suite.

Allí, en la sombra de los arcos de piedra, descubrimos que había dos hombres plantados.

Llevaban trajes oscuros de corte caro, gafas de sol colgadas de la solapa y pinganillos en las orejas.

Eran los escoltas privados que el padre de Claudia le había asignado para su estancia en Colombia.

Volvimos a sentarnos para seguir revisando los detalles.

Alcé la vista para mirarlos y, por el rabillo del ojo, noté un cambio instantáneo en la postura y actitud de Logan.

Su soltura socarrona desapareció en un segundo.

Sus hombros se tensaron, su barbilla bajó levemente y sus ojos verdes se convirtieron en dos rendijas de hielo militar.

Vi cómo escaneaba a los dos hombres de la terraza minuciosamente.

Los dos "escoltas" de la novia nos observaban.

Pero no miraban a Claudia con la atención de quien protege a su cliente.

Sus miradas estaban clavadas en mí y, sobre todo, en Logan. Con un cálculo frío y amenazante.

Logan dio unos pasos lentos hacia adelante, colocándose justo detrás de mi silla. Apoyó una mano en el respaldo de mi asiento, rozándome el hombro de forma disimulada.

—Martínez —susurró inclinándose apenas un par de centímetros hacia mi oído, con un tono tan bajo que solo yo pude escucharlo—. No te gires de golpe.

Tragué saliva, manteniendo la vista fija en los bocetos de la boda mientras los dedos se me congelaban sobre el papel.

—¿Qué pasa? —murmuré entre dientes, dibujando mi mejor sonrisa profesional para Claudia, que en ese momento estaba concentrada comparando el rosa nude con el rosa palo.

—Los dos tipos del balcón —siguió Logan, con la voz dura como el granito—. La forma en que se colocan, cómo cubren los ángulos y las cicatrices de los nudillos... Te garantizo que eso no es seguridad privada de lujo contratada en Bogotá.

—¿Qué son entonces? —sentí que un latigazo de frío me recorría la espalda.

—Se mueven exactamente como los que nos atacaron en la selva —concluyó Logan, sin apartar la vista de los arcos del balcón—.

Son de la misma calaña. O Don Gonzalo ha metido a su gente aquí dentro, o ha tirado de favores y ha convencido a la seguridad de Claudia para que nos hagan el trabajo sucio.

Sea como sea, saben que estamos aquí y vienen a por nosotros...

y a por el pendrive .—Pero… ¿nos van a atacar aquí mismo?

—murmuré muy bajito, sonriendo a Claudia, fingiendo una charla normalita con mi guardaspaldas, mientras tenía el pánico arañándome la garganta.

—Ahora mismo no —siguió susurrando Logan con frialdad táctica, rozándome el hombro con disimulo para tranquilizarme—.

Tener a la hija de un hombre poderoso a dos metros es nuestro único escudo.

No se van a arriesgar a liarse a tiros delante de ella y armar un escándalo que arruine la operación de Don Gonzalo y lo meta en líos con otros hombres poderosos.

Pero en cuanto cierres las dichosas carpetas y cruces esa puerta... estamos vendidos.

—¿Y qué sugieres que haga? —pregunté, sintiendo que el corazón me iba a mil por hora.

—Intenta que elija rápido las malditas flores o lo que tenga que elegir y acaba la reunión lo antes que puedas —se inclinó un milímetro más hacia mi oído, con una voz grave que me erizó los vellos de los brazos—.

Y que te prepares para correr como no has corrido en tu vida, Valentina.

Porque en cuanto salgamos de esta habitación, va a haber fiesta.

La respiración se me enganchó en la garganta. Intenté que el pánico no me desfigurara el rostro mientras Claudia se giraba hacia mí, mostrándome entusiasmada una foto de centros de mesa en su tableta.

Los hombres que debían proteger a la novia en este momento eran, en realidad, los matones que venían a cazarnos. El enemigo no nos estaba buscando en la selva ni nos esperaba en la carretera.

Los teníamos dentro de la propia Hacienda.