13 Valentina #3
Le habría estampado una arepa en la cara, pero él recuperó la seriedad antes de que pudiera hacerlo.
—El tipo de anoche no era un mirón cualquiera. Se han enterado que estamos aquí, y están buscando el pendrive.
El corazón me dio un vuelco.
—El pendrive… Ya ni me acordaba ¿Lo tienes bien guardado? —pregunté con voz baja, inclinándome hacia él.
—Lo llevo encima. Saben que llegamos a la hacienda y están usando a su gente para acorralarnos sin armar un escándalo público —explicó con la mirada fija en el jardín—.
Don Gonzalo no quiere que la policía se entere, quiere recuperar la información a toda costa.
Nuestra única salida viable es aguantar el tipo aquí lo justo, buscar la forma de salir de la zona y entregarle esta porquería de dispositivo a unos colegas que todavía tengo en el ejército.
Le miré, sintiendo un nudo extraño en el estómago al procesar lo que eso significaba.
—¿Y luego? —pregunté suavemente.
—Luego tú te subes a un avión y te vuelves a Madrid, sana, salva y a tu vida perfecta —dijo Logan, mirándome a los ojos de una manera que me erizó la piel—.
Y yo ya veré si me me quedo a resolver unos asuntos pendientes aquí o si me largo del país.
Pero hasta que te ponga en ese avión, no me despego de ti.
La mención de mi vuelta a Madrid y su posterior marcha dejó un poso agridulce en el aire, pero Logan se encargó de romper la tensión devolviéndome a la realidad.
—Así que presta atención a todo —me advirtió, señalando con el mentón a los alrededores—. No te fíes del camarero, ni del recepcionista, ni de nadie.
Fue pronunciar esas palabras y mi cerebro de wedding planner hiperactiva entró en fase de paranoia absoluta.
En ese preciso instante, un camarero impecablemente uniformado se acercó a nuestra mesa para dejar la jarrita de leche.
Lo analicé con lupa. Le seguí cada movimiento del brazo como si fuera un asesino a sueldo.
En cuanto el camarero se retiró con una reverencia, me incliné hacia Logan y le susurré entre dientes, totalmente ida:
—Logan... ¿por qué te ha servido la leche por la izquierda? ¿Has visto cómo llevaba la mano derecha bajo la bandeja vacía? Llevaba algo pesado. ¿Crees que podría llevar una pistola de 9 milímetros? ¿O un revolver? Nos está midiendo.
Logan se quedó mirándome con la boca a mitad de masticar una porción de mango, pasando de la sorpresa a una carcajada contenida que le hizo sacudir los hombros.
—Martínez, te he dicho que estés alerta, no que te conviertas en Jason Bourne —se burló, mirándome fascinado—. Es la etiqueta del hotel. Servir por la izquierda es protocolo de alta hostelería, no un atentado inminente.
—Por si acaso, no te bebas la leche —mascullé, dando un sorbo rápido a mi café negro mientras me limpiaba los labios con la servilleta.
Pero justo cuando iba a dejar la taza sobre el plato, las palabras de Logan rebotaron en mi cabeza. Ladeé la cabeza y le clave una mirada de pura sospecha.
—Un momento... —empecé, entornando los ojos—. ¿«Protocolo de alta hostelería»?
Logan me miró, manteniendo la cara de póquer, pero vi cómo se le tensaba imperceptiblemente la mandíbula.
—¿Qué pasa? —preguntó con pasividad.
—Pasa que eres un exmarine que ha pasado los últimos años durmiendo en casetas de campaña, comiendo raciones de combate que parecen barritas de uranio y pegando tiros en la selva —dije, señalándole con el dedo acusador—.
¿De dónde narices saca un tío como tú que la leche se sirve por la izquierda en el protocolo de alta sociedad?
A no ser que los Marines tengan un módulo especial de etiqueta para el té de las cinco…
, a mí me da que aquí hay cosas de tu biografía que te has saltado.
Una pequeña sonrisa enigmatica y casi imperceptible asomó en la comisura de sus labios, devolviéndome una mirada verde tan profunda como inaccesible. Por un segundo, me pareció ver el aura de alguien que no solo conocía ese protocolo, sino que había crecido rodeado de él.
—En la Marina te enseñan a adaptarte a cualquier terreno, Martínez —respondió Logan con voz suave, dando un sorbo a su café sin pestañear—.
Incluidos los comedores de gala donde los generales cenan con embajadores.
Ahora, si has terminado de interrogar a tu escolta, sugiero que nos pongamos en marcha.
—No me he creído ni una sola palabra, G.I. Joe —murmuré, aunque no pude evitar que una chispa de curiosidad me quemara por dentro.
Me puse de pie de golpe, me recoloqué el pantalón y estiré mi ropa, cuadré los hombros y pasé de la paranoica desatada a la ejecutiva estrella de Madrid en cuestión de dos segundos exactos, aferrando la libreta contra el pecho.
Logan me miró desde la silla, negando con la cabeza y con una sonrisa de pura admiración divertida en los labios. Se terminó el café de un trago y se puso en pie tras de mí.
—Esa es mi chica —sonrió, colocándose a dos pasos por detrás de mi hombro derecho y adoptando su postura impecable de escolta privado—. Ahora vamos a ver a esa novia. Tienes una boda que preparar, wedding planner .