13 Valentina #2
¿Qué narices me estaba pasando? Intenté buscar una explicación lógica para no volverme loca.
Quizá solo era la adrenalina acumulada tras casi morir en la selva, el síndrome de supervivencia o el efecto de la aventura.
Sí, tenía que ser eso. El peligro intensificaba todo.
No podía estar sintiendo algo real por un tipo al que conocía desde hacía tres días, por muy dolorosamente atractivo que fuera.
Sin embargo, al mirar de nuevo la curvatura de sus hombros y recordar el tacto de su brazo sujetándome por la cintura, arrinconándome contra la pared al besarme, supe que me estaba mintiendo a mí misma. Furia, deseo, adrenalina o lo que fuera... Logan me estaba rompiendo todos los esquemas.
Miré el reloj del móvil. En Colombia eran las ocho de la mañana, lo que significaba que en España eran las tres de la tarde.
Rubén estaría terminando de comer o grabando contenido para sus redes.
Cogí el teléfono con la determinación quemándome en los dedos, salí a la terraza sigilosamente, y lo llamé. Dio dos tonos antes de que descolgara.
—¡Hombre, Valentina! —saludó él, con ese tono sobreactuado que usaba para sus vídeos—. ¿Qué tal por la selva? Justo estaba subiendo un reel sobre la rutina de grooming dominical. ¿Todo bien por allí?
—Hola, Rubén. Sí, todo bien, pero... necesito hablar contigo un momento. Y prefiero decírtelo directamente.
—Dime, dime. Te escucho, aunque tengo que salir en diez minutos porque tengo cita con la esteticista para el repaso de cejas.
Tragué saliva, apretando el puente de la nariz. La vacuidad de su mundo me pareció, de pronto, procedente de otra galaxia.
—He estado pensando mucho estos días, Rubén. Y me he dado cuenta de que lo nuestro no está funcionando desde hace tiempo. No es culpa tuya, pero estamos en puntos completamente diferentes. No sería justo para ninguno de los dos seguir estirando esto. Creo que lo mejor es que lo dejemos aquí.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Esperaba una escena, una rabieta o al menos un ápice de indignación. En su lugar, escuché el crujido de una silla de terraza y un largo suspiro de alivio.
—Vaya... —dijo él, aclarándose la garganta—. A ver, me pillas un poco de sorpresa, no te voy a mentir... Pero, sinceramente, Valentina... creo que tienes toda la razón.
Parpadeé, sujetando el móvil con más fuerza.
—¿Ah, sí?
—Sí, totalmente. A ver, tú estás siempre liada con las bodas de los demás, y yo, como sabes, estoy enfocado en escalar mi marca personal...
El algoritmo exige mucha dedicación ahora mismo, Valentina.
Y la verdad es que una relación absorbente no encajaba muy bien con mi estrategia de proyección para este trimestre.
Iba a decírtelo más pronto que tarde, pero oye, me has ahorrado el mal trago.
Me quedé en silencio un segundo, entre la estupefacción y una carcajada contenida. Me acababan de dejar en diferido por culpa de un algoritmo.
—Entiendo... —conseguí decir—. Pues me alegro de que estemos en la misma página sobre tu trimestre.
—Oye, quedamos como amigos, ¿no? Para las fotos de eventos de la agencia me viene genial que sigamos teniendo buen rollo. Ah, y si organizas algún evento de empresa con algún influencer de más de un millón de followers, si me puedes meter, sería un puntazo, ¿te parece?
—Claro, Rubén. Descuida. Que te vayan bien las cejas.
Colgué antes de que pudiera venderme un código de descuento.
Dejé el teléfono pantalla abajo sobre la mesa de la terraza y solté una risotada floja, sacudiendo la cabeza.
El alivio que sentí fue inmediato y colosal.
No solo me había quitado un peso de encima, sino que acababa de confirmar que el verdadero peligro en mi vida no eran los mercenarios con ametralladoras, sino haber estado a punto de formalizar mi relación con un proyecto de influencer .
Volví a entrar en la habitación con el mayor sigilo del mundo para no despertar a Logan, que seguía quieto en la cama, cogí la segunda muda limpia que me había dejado el personal y me metí en el baño.
Veinte minutos después, ya me había duchado y vestido. Con el pelo recogido en un moño bajo y pulido y la libreta de la boda limpiada a conciencia con una toalla húmeda, era lo más parecido a la ejecutiva de Madrid de nuevo.
Abrí la puerta del baño de par en par, pensando que Logan seguía durmiendo como un tronco en la cama gigantesca.
Antes de salir, vi sobre el lavabo las botellitas de cortesía del hotel y me acordé de la loción corporal.
Abrí el frasco, derramé una buena cantidad en mis manos y empecé a repartírmela por los brazos.
Olía a gloria, a jazmín y almendras dulces.
De pronto, una silueta enorme apareció en el marco de la puerta.
—¡AH! —grité del susto.
Por puro instinto de supervivencia, lancé la botella de loción corporal salió directamente hacia su cabeza.
Logan, que seguía descalzo y sin camiseta, reaccionó con la velocidad de un felino, alzó la mano derecha y pescó la botella al vuelo en mitad del aire, a solo cinco centímetros de su nariz, con la misma facilidad con la que alguien coge una manzana.
Me quedé con las manos llenas de crema en mitad del pecho, con el corazón en la boca.
—¡Serás imbécil! —protesté, intentando recuperar el aliento—. ¡Casi te mato! ¿Por qué te apareces así?
Logan miró el pequeño frasco en su palma y luego me miró a mí, alzando una ceja con una guasa insoportable.
—¿Casi me matas? —repitió, sopesando la botella—. ¿Con una ráfaga de loción de almendras dulces? Es un arma letal... si pretendes hidratarme hasta la muerte.
—Casi te ganas un impacto de traumatismo craneoencefálico —mascullé, arrebatándole la botellita con las manos resbaladizas mientras me limpiaba los excesos de crema en las muñecas.
—Pagaría por ver eso en mi expediente militar —sonrió él.
Pateó suavemente la puerta del baño para terminar de abrirla y se acercó al lavabo sin pedir permiso.
Yo me eché un paso hacia atrás, pero me quedé clavada allí, incapaz de moverme, mientras acababa de aplicarme la crema por todos los brazos y escote.
Logan abrió el grifo de agua fría, se inclinó y se lavó la cara de un par de manotazos rápidos.
Se incorporó despacio. El agua le chorreaba por la mandíbula, bajando por las clavículas y deslizándose por los tatuajes de su pecho.
Cada músculo de su espalda y de sus brazos se contraía con cada movimiento.
La vista desde donde yo estaba era sencillamente espectacular.
Le corrí el torso reflejado en el espejo con los ojos de arriba abajo, nuevamente fascinada.
Su cuerpo me dejaba atontada, de tal manera que no podía dejar de mirarlo.
Cogió la toalla, se secó la cara y, al apartarla, me pilló de lleno examinándolo. Una sonrisa lenta, diabólica y cargada de diversión se dibujó en sus labios. Le encantaba saber el efecto que producía en mí, el muy descarado.
—¿Te gusta la vista así o necesitas que me ponga de perfil? —murmuró con voz ronca.
—No te lo tengas tan creído, gringo —improvisé sobre la marcha, conteniendo la risa, y poniendo los ojos en blanco para disimular la ola de calor que me acababa de subir por el cuello—. Estaba evaluando si tus tatuajes cumplen el código de vestimenta de un guardaespaldas. Nada más.
—Ya, seguro que es eso —su risa grave retumbó en el baño—. Voy a mi suite a por la camisa. Te veo en el pasillo en dos minutos. Vamos a desayunar antes algo, estoy muerto de hambre.
Nos encontramos en el pasillo colonial tal y como habíamos quedado. Logan ya llevaba la camisa de lino azul oscuro abotonada, con las mangas remangadas y la mirada seria que usaba cuando volvía al modo táctico.
Bajamos a la terraza del restaurante de la hacienda, un rincón idílico rodeado de palmeras y flores tropicales. Nos pedimos un desayuno continental gigante compuesto por café colombiano recién molido, tostadas, fruta fresca y un plato enorme de huevos pericos con calado y arepas para Logan.
Mientras él devoraba su plato con el apetito voraz de un regimiento entero, la conversación dio un giro.
—Hablando en serio —murmuró Logan, inclinándose levemente sobre la mesa—. Ya no me fío de nada ni de nadie aquí dentro.
—¿Sigues pensando en lo de anoche? —pregunté.
Al instante me di cuenta de cómo había sonado. El calor me subió de golpe por el cuello y me puse tan nerviosa que las palabras me salieron a trompicones.
—¡Me... me refiero a lo del mirón del balcón! ¡Obviamente! No a... lo que pasó entre los... ¡Quiero decir, a la parte táctica! ¡A la ventana! ¡Al tipo! ¡Tú ya me entiendes!
Logan se quedó quieto con la taza de café a medio camino de la boca. Me miró fijamente durante dos segundos y luego soltó una risa, disfrutando de mi momento de tierra trágame con un descaro absoluto.
—Tranquila, Martínez —sonrió de lado, con los ojos verdes echando chispas de diversión—. Me refería al tipo que observaba desde la terraza. Pero me alegra saber en qué estás pensando a primera hora de la mañana.