Organización de bodas y otras técnicas de combate 13 Valentina
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13 Valentina

Cuando la cerradura hizo clic y tiré de la puerta hacia dentro, no me esperaba encontrarlo con la mano en el aire a medio segundo de llamar. Y mucho menos encontrarlo sin camisa.

Me quedé clavada apoyada en la puerta, con la boca levemente abierta y los ojos clavados en su pecho.

Dios santo. Si con la ropa militar ya imponía, sin ella era un verdadero pecado.

Tenía el torso repleto de abdominales marcados sin exageración, los pectorales firmes y sus tatuajes que le recorrían desde el hombro derecho y bajaban hasta perderse en la cinturilla de los pantalones.

Estaba condenadamente bueno, tanto que con un par de copas encima, como llevaba yo en ese momento, entraban ganas de abalanzarse sobre él.

Le corrí el cuerpo con la mirada sin disimulo alguno, sintiendo que me ardía la piel desde la nuca hasta los pies.

—Se te ha olvidado la mitad del uniforme, guardaespaldas —conseguí murmurar, intentando sonar provocadora a pesar de que la voz me temblaba.

Logan no respondió con palabras. La sombra de duda que llevaba en la cara se le fue de golpe, y empezó a mirarme de otra manera, lo más parecido a lo que había hecho al limpiarme la sal de los labios en la terraza.

Dio un paso rotundo hacia adelante, cruzando el umbral, me agarró por la cintura con un brazo de hierro y empujó la puerta a sus espaldas. La madera se cerró con un portazo seco. En un segundo me tenía acorralada contra la pared, atrapando mis caderas con las suyas. Y yo, yo estaba perdida en él.

Entonces me besó.

No fue un beso precavido, fue un incendio violento.

Logan me tomó la boca con una voracidad arrolladora que me hizo soltar un gemido ahogado contra sus labios.

Le pasé los brazos por el cuello, enredando los dedos en su pelo y pegando mi cuerpo al suyo como si nos fuera la vida en ello.

Se nos fue la cabeza por completo. Su lengua buscó la mía de forma salvaje y yo le respondí con el mismo hambre, mordiéndole el labio inferior, saboreando el resto de tequila y lima.

Nos movimos a ciegas por la habitación, tropezando con un sillón y sin romper el contacto de nuestras bocas.

El calor entre los dos era tan sofocante que el aire quemaba.

Caímos sobre la cama gigantesca entre respiraciones entrecortadas.

Logan se posicionó sobre mí, bajando los besos por mi mandíbula hasta la curva de mi cuello, haciéndome arquear la espalda de puro placer mientras su mano firme subía acariciando mi muslo, subiéndome el vestido.

Yo le lamía el cuello, y le di un suave mordisco en el mentón…

me estaba volviendo loca. Solo de imaginarlo, tan poderoso, dentro de mí, la excitación me hizo perder la cabeza.

Su mano me apretó el trasero, y se dirigió a mi braguitas, mientras nuestras lenguas volvían a enlazarse y…

De pronto, Logan se congeló sobre mi pecho.

Todo su cuerpo se puso rígido como una vara de acero. Sus músculos se tensaron tanto que casi me cortó la respiración.

—¿Logan...? —susurré, buscando su boca de nuevo, cegada por la neblina de la adrenalina y la lujuria.

—Silencio —siseó él— No te muevas.

En un parpadeo, el amante apasionado desapareció y el soldado de élite volvió a tomar el control.

Logan saltó de la cama en un movimiento felino y silencioso, completamente descalzo y sin camiseta.

Yo me quedé tendida en las sábanas, descolocada, intentando cubrirme el vestido mientras me incorporaba sobre los codos.

—¿Pero qué haces? —pregunté en un hilo de voz, alucinando por momentos.

No me contestó. Logan atravesó la penumbra del dormitorio como una sombra, pegándose a la pared lateral del ventanal de la terraza, que daba a los jardines traseros de la hacienda. Miró de reojo a través del cristal, abrió la corredera de golpe y salió disparado hacia la terraza exterior.

Escuché ruido alejándose y el choque de sus pies contra las baldosas y luego... el silencio.

Se lo había tragado la noche. Literalmente.

—¿Logan? ¡Logan! —exclamé en un susurro chillón, poniéndome de pie y ajustándome los tirantes y la falda del vestido a toda prisa.

Me quedé en mitad de la suite, mirando la ventana abierta por la que se filtraba el viento nocturno, sintiéndome la mujer más desconcertada del planeta.

Pasar de un beso capaz de derretir el metal a quedarme sola medio desvestida en cuestión de tres segundos era una experiencia que mi cerebro no lograba procesar.

Transcurrieron tres minutos eternos antes de que la silueta de Logan volviera a aparecer por el ventanal. Venía con la respiración levemente agitada y los puños apretados. Cerró el cristal con un chasquido sordo y echó el pestillo de seguridad.

—Había alguien espiándonos. Estaba ahí fuera —dijo con voz helada, mirándome fijamente—. Apoyado en la barandilla de la terraza, mirando directamente hacia la cama por la rendija de la cortina.

El mundo se me cayó a los pies. El calor del deseo se evaporó al instante, sustituido por un cubo de agua helada que me erizó el vello.

—¿Qué? —el pánico se me coló en la voz—. ¿Nos estaban mirando? ¿Quién?

—Se ha tirado por el balcón en cuanto me ha visto moverme —explicó Logan, inspeccionando los cierres de las ventanas—. Era ágil. Ha desaparecido entre la espesura del jardín inferior antes de que pudiera darle caza.

Me dejé caer en el borde de la cama, abrazándome las piernas. El rollo se nos había cortado de raíz. Mi mente de wedding planner estresada empezó a dar vueltas en círculos hiperactivos, buscando explicaciones absurdas para frenar el miedo que me devoraba por dentro.

—Madre mía... ¿y si ha sido Rubén? —solté de golpe, mirando a Logan con los ojos abiertos de par en par.

Logan se detuvo en seco en mitad de la habitación. Me miró fijamente durante tres segundos eternos, alzando una ceja con una expresión de incredulidad ante mi pregunta, y la contención de una risa que empezaba a asomar en sus labios.

—¿Rubén? —repitió con ironía—. ¿Tu novio madrileño que se fue de copas con los amigos mientras tú estabas perdida en mitad de la selva? ¿Crees que ha cogido un vuelo transatlántico en secreto para venirse a Colombia a saltar balcones en mitad de la noche?

—¡Yo qué sé, Logan! —protesté, poniéndome a la defensiva para no llorar del susto—. ¡Cuando quiere es un celoso y tiene dinero! A lo mejor ha contratado a alguien o... o el pánico no me deja pensar con claridad, ¿vale?

Logan dejó ir una risita suave, disipando un poco la tensión del ambiente. Se acercó despacio a la cama y se sentó a mi lado, dejando una distancia respetuosa. La luz suave de la mesilla rozaba su espalda desnuda.

—Ha sido uno de los hombres de Don Gonzalo o algún tipo de la finca —dijo con serenidad, mirándome a los ojos—. Nos han localizado. O al menos saben que estamos aquí.

Extendió la mano y rozó mi mejilla con la yema de sus dedos.

Intentó inclinarse despacio para darme un beso reconfortante en los labios, le di el primero, pero cuando iba a darme el segundo, me eché instintivamente un centímetro hacia atrás.

El susto de la ventana me había dejado el cuerpo en modo de alerta máxima, la magia de la pasión se había roto.

Logan lo entendió al instante. Retiró la mano sin enfado, dedicándome una sonrisa comprensiva.

—Está bien —susurró, poniéndose de pie—. Te he cortado la noche. Me voy a mi habitación para que puedas cerrar con llave y descansar. Mañana nos vemos.

Dio tres pasos hacia la puerta. Al ver que se alejaba y recordar la sombra en el balcón, el terror me oprimió el pecho.

—¡Espera! —dijo mi voz antes de que mi orgullo pudiera frenarla.

Logan se giró en el marco.

—¿Te... te puedes quedar? —tragué saliva, sintiendo que las mejillas me ardían—. Solo a dormir. En serio. No quiero estar sola aquí dentro hoy.

Logan me miró durante unos segundos. Luego asintió despacio, volvió sobre sus pasos y se tumbó en el lado izquierdo de la cama gigantesca, por encima de las sábanas.

—Hecho.

Nos acostamos de espaldas. Intentamos por todos los medios no tocarnos, manteniendo un margen de seguridad entre nuestros cuerpos, pero la electricidad seguía allí, latiendo en la penumbra.

El deseo no había desaparecido, simplemente se había cubierto con una capa de cautela.

Tardé más de una hora en conciliar el sueño, escuchando el ritmo acompasado de su respiración a mi lado.

Cuando abrí los ojos a la mañana siguiente, la luz del sol colombiano ya atravesaba las cortinas.

Logan seguía dormido a mi lado, profundamente sumergido en el descanso.

Estaba boca abajo, con la cara hundida en la almohada y la sábana tapándole solo hasta la cadera.

Me quedé observándole en silencio durante varios minutos.

Era un hombre verdaderamente fascinante.

La luz del amanecer remarcaba los trazos oscuros de sus tatuajes militares, la musculatura impresionante de su espalda y esa aura de protector implacable que me hacía sentir extrañamente a salvo.

Verlo tan cerca de mí, los recuerdos de la noche anterior me golpearon de lleno en el pecho y me cortaron la respiración.

Dios mío, nos habíamos besado. Y no había sido un beso cualquiera, había sido una explosión arrolladora, un incendio sin frenos en el que me había entregado por completo, devorándole la boca como si el mundo fuera a acabarse al segundo siguiente.

Sentí un punzazo repentino de culpa al acordarme de Rubén.

En Madrid me esperaba una vida ordenada y una rutina predecible.

También un novio por el que apenas sentía nada.

Se suponía que yo era una mujer racional, fiel y con la cabeza sobre los hombros, pero anoche bastó con pasar un momento distendido con Logan y que me tocara para que toda mi moral se desmoronara como un castillo de naipes.

No había podido frenarme. Peor aún: no había querido frenarme.

Lo había deseado con una intensidad que me asustaba, y no hubo ningún resquicio de mi mente que pensara en Rubén, en ningún momento.