Organización de bodas y otras técnicas de combate 12 Logan
46%

12 Logan

Hacía años que no me reía así. No recordaba la última vez que me había sentado a tomar una copa tan relajado, sin escanear los puntos ciegos del recinto, calcular salidas de emergencia o estar con la guardia arriba por puro instinto militar.

Normalmente era algo que no podía evitar.

Pero allí, en esa terraza iluminada por antorchas con el sonido de la guitarra española de fondo, el tiempo parecía haber tomado otro ritmo.

Y la culpa la tenía Valentina.

La miraba y me resultaba fascinante. No era solo que estuviera escandalosamente atractiva con ese vestido prestado y el pelo húmedo cayéndole con ondas naturales por los hombros, era su forma de ser.

Había comprobado que era resuelta, ridículamente lista, con una capacidad increíble para sobreponerse al fango y a la persecución de la mañana sin desmoronarse.

Tenía una fuerza contenida que me atraía como un imán.

—¿Te estás acobardando, G.I. Joe ? —me provocó, alzando el vasito de tequila con una sonrisa juguetona.

—Jamás, Martínez —sonreí, tomándome el chupito de un trago.

El último tequila rasgó la garganta de forma deliciosa. Con un par de copas encima y los chupitos, los dos estábamos lejos de estar borrachos, pero sí en ese punto exacto de relajación donde los filtros desaparecían y la química entre los dos se empezaba a volver… interesante.

Fue en ese momento cuando me fijé en un granito de sal blanca que había quedado pegado en la comisura de su labio inferior.

Quizá no debí hacerlo, pero sin pensarlo dos veces, me incliné hacia ella, rompiendo la distancia de seguridad, y pasé la yema de mi pulgar sobre su piel caliente para quitárselo.

Valentina se quedo inmóvil. Sus ojos castaños se clavaron en los míos, tan abiertos que pude ver los destellos dorados bajo la luz de los farolillos.

Su respiración se detuvo un segundo y el aire entre los dos se volvió abrasador.

Sus labios se quedaron entreabiertos, como si disfrutara del roce de mi dedo.

Hubo un silencio eléctrico, noté perfectamente como tragó saliva despacio y, a continuación, rompió el momento con un hilo de voz.

—Creo que... deberíamos subir ya a las habitaciones —murmuró, aunque sus ojos seguían fijos en los míos.

—Sí —admití con la voz algo tomada—. Mañana tienes que empezar a organizar lo de la boda y tu "guardaespaldas" necesita estar descansado.

Nos pusimos de pie. Caminamos de vuelta por los pasillos de madera de la hacienda, lado a lado, rozando los hombros en cada curva. La tensión que se había creado no se había quedado en la terraza, nos había acompañado hasta la segunda planta como un tercer pasajero silencioso.

Llegamos al rellano de las suites contiguas. Valentina se giró con la llave de tarjeta en la mano, apoyando la espalda contra la puerta de su habitación.

—Bueno... pues buenas noches, Logan —dijo, intentando poner su mejor voz profesional, aunque las mejillas le ardían y me miraba de una manera diferente, más sugerente y atrevida.

—Buenas noches, Martínez —me apoyé contra el marco de la puerta, mirándola desde arriba con una sonrisa socarrona—. Una lástima la cama enorme de ahí dentro. Podríamos haber pedido otra hamaca de la teletienda para el balcón.

Ella soltó una risita suave, negando con la cabeza, y me miró por debajo de las pestañas con un descaro provocador.

—Bueno, la verdad es que… no estuvo tan mal la hamaca... al menos el colchón de carne que tenía al lado era… cómodo.

El comentario me dio de lleno. El alcohol había hecho que se nos soltara la lengua a los dos.

La tensión sexual en el pasillo se disparó tanto que juraría que el aire chispeaba.

Nos quedamos mirándonos durante cinco segundos de más, ella mordiéndose el labio inferior de forma casi inconsciente, como si esperara algo, y yo luchando activamente contra el impulso de acorralarla contra la madera y devorarle la boca.

—Hasta mañana, Logan —susurró rápido, dándose la vuelta y deslizando la tarjeta en la cerradura para entrar en su habitación antes de que pudiera responder. La puerta se cerró con un chasquido sordo.

Me quedé solo en el pasillo.

Entré en mi suite, tiré la tarjeta sobre la mesa y me pasé las dos manos por la cara, soltando un suspiro frustrado que me salió desde el fondo del pecho. Estaba a punto de besarla. Un segundo más y la habría besado.

Empecé a dar vueltas por la habitación como un animal enjaulado. Me quité la camisa de lino y la tiré sobre la cama. Miré hacia la puerta que comunicaba mi terraza con la suya y también hacia la puerta del pasillo.

¿Qué coño me estaba pasando? No es que estuviera enamorado de una ejecutiva que acababa de conocer hacía dos días en mitad de un barrizal...

pero es que ella era... era diferente a todo.

Inteligente, sensual, divertida, capaz de plantar cara a cualquier cosa.

No me quitaba de la cabeza la excitación que había recorrido mi cuerpo cuando rocé su labio con mi dedo y nos quedamos mirándonos.

“No debes besarla. Es precipitado", me dije. "Mañana vuelve todo a la normalidad y esto es solo la adrenalina de haber salido vivos de la selva".

Salí al pasillo.

Caminé dos pasos firmes hacia su puerta. Alcé la mano, dispuesto a llamar con los nudillos. Me detuve a dos centímetros de la madera. No, tío. Mantén el control. Me di la vuelta y regresé a mi habitación.

Me apoyé contra la pared. Volví a dudar. Volví a salir al pasillo.

Caminé de nuevo hacia su puerta, empujado por una racha de deseo puro por ella que ganaba el pulso a la lógica militar. Alcé la mano otra vez, contenidamente, rozando la superficie de la madera, dudando entre llamar o volver a meterte en mi suite.

Estaba ahí plantado, en mitad del pasillo, con la mano en el aire y la cara de un idiota indeciso... cuando de pronto la cerradura hizo un CLIC seco.

La puerta de Valentina se abrió de golpe.