Organización de bodas y otras técnicas de combate 11 Valentina #3
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11 Valentina #3

Al abrir la puerta del pasillo de madera noble, Logan ya estaba allí, frente a su habitación, apoyado contra la pared con la espalda recta y una mano metida en el bolsillo del pantalón, con las mangas de la camisa azul remangadas hasta los antebrazos, dejando a la vista la piel bronceada y esa vena marcada que le subía por el brazo.

Se giró al oír el chasquido de la puerta.

Su mirada bajó despacio desde mis ojos, recorrió el escote del vestido, la cintura ceñida y terminó en mis pies, que lucían las zapatillas de lona que me habían traído.

Tardó dos segundos enteros en volver a subir a mis ojos, provocándome un pellizco en el bajo vientre.

—No está mal para haberte pasado dos días perdida en la selva hasta el cuello de barro —murmuró con una sonrisa de lado que empezaba a confundirme cada vez que la veía.

—Haz el favor de no acostumbrarte a esto, guardaespaldas —respondí, pasando a su lado con un contoneo suave que me salió de forma casi involuntaria.

Avanzó un paso por delante de mí para hacernos camino hacia el piso inferior.

Mientras caminaba, eché una ojeada rápida y disimulada partiendo de su increíble espalda, y lo repasé de arriba abajo varias veces.

Tenía unos hombros infinitos y unos glúteos firmes y marcados bajo los vaqueros que rozaban la perfección anatómica.

Un culo impresionante, Valentina, céntrate .

Disimulé de inmediato mirando al frente, pero el calor me subió directo a las mejillas cuando noté, por el rabillo del ojo, que él tampoco estaba manteniendo la vista en el techo.

Su mirada estaba clavada en el movimiento de mis caderas.

Las miraditas cruzadas y los roces de brazos en el ascensor nos acompañaron hasta cruzar el arco colonial que daba acceso a la terraza exterior.

El ambiente que encontramos era sencillamente irreal.

La terraza flotaba sobre una colina con vistas a todo el valle del Cauca.

Una iluminación tenue a base de antorchas de bambú y farolillos cálidos envolvía las mesas de teca.

Al fondo, una piscina de borde infinito parecía fundirse con la selva iluminada por las estrellas, mientras de fondo sonaba un son cubano suave tocado por un guitarrista en directo.

El aire olía a jazmín y a descanso. Daban ganas de quedarse a vivir allí para siempre y fingir que el mundo real, los presupuestos de bodas y los sicarios no existían.

Nos acomodamos en un sofá bajo de mimbre, tan juntos que nuestras rodillas terminaron rozándose casi sin querer.

—Dos margaritas de maracuyá, por favor —pidió Logan a la camarera con una voz profunda que hizo que la chica de la bandeja le dedicara una sonrisa más que atenta.

Los cócteles estaban exquisitos, y la conversación entre los dos empezó a flotar de manera que ninguno de los dos esperaba.

Nos empezamos a reír de la hamaca de la teletienda, de la cara de los matones cuando le soltamos lo de Praga y de nuestra entrada triunfal en la Hacienda.

Sin el peligro apretándonos el cuello, Logan se relajaba de una manera demasiado atractiva, dejando entrever un sentido del humor afilado y una calidez que sentí que me derretía por dentro.

—Me parece a mí que la wedding planner no aguantaría una ronda de chupitos verdad —me provocó él, dejando su copa vacía sobre la mesa de cristal y alzando una ceja con desafío.

—¿Perdona? —dije, fingiendo indignación—. Soy de Madrid, Logan. He sobrevivido a despedidas de soltera que harían temblar a tu regimiento militar.

—Demuéstralo.

Dos minutos después, el camarero dejaba sobre la mesa un plato con sal, un par de limas recién cortadas y cuatro chupitos de tequila reposado.

—A la salud de los supervivientes —dijo él, alzando el vasito.

—A la salud de la Viuda Negra y su escolta —brindé.

Pasamos el tequila con sal y lima entre risas. Con las margaritas, los dos chupitos y el ambiente cálido de la noche, una neblina deliciosa y alegre empezó a apoderarse de mí. La tensión se había evaporado por completo, dejando espacio a una química eléctrica y brutal.

Dejé de escuchar la música del fondo para centrarme únicamente en él.

Me fijé, ya sin disimulo por el efecto del alcohol, en la forma de sus manos, eran anchas y fuertes, con pequeñas cicatrices en los nudillos que hablaban de un pasado peligroso, pero que sostenían el cristal con una delicadeza absoluta.

Me fijé en la curva de su cuello, justo donde la camisa quedaba entreabierta revelando el arranque del pecho, y en la manera en que sus ojos verdes se volvían casi oscuros bajo la luz de las antorchas cada vez que me miraba sonreír.

De repente, Logan se inclinó un poco más hacia mí, apoyando el antebrazo en el respaldo del sofá, a un milímetro de mi hombro.

—Tienes una mancha de sal justo aquí —murmuró con la voz levemente tomada, rozando con la yema de su pulgar la comisura de mi labio inferior.

El contacto de su piel calurosa en la comisura de mis labios, envió una descarga directa a mi columna vertebral. Me quedé quieta, mirándole a él, a sus labios que de repente, parecían bastante cerca de los míos, incapaz de articular una sola palabra.