Organización de bodas y otras técnicas de combate 11 Valentina #2
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11 Valentina #2

—Que no, que ya ha pasado. Estoy en la hacienda vivita y coleando. Y por cierto… con todo este lío, ahora tengo un nuevo conocido-chófer-guardaespaldas.

Lara se quedó en silencio un segundo.

—Espera, espera... ¿qué conocido-chófer-guardaespaldas? ¿Qué me he perdido?

—Se llama Logan. Es un exmilitar americano muy rudo, con una barbita de dos Lo conocí al salir del aeropuerto y me ha sacado de un par de líos bastante gordos.

—Ajá... —el tono de Lara cambió al instante a una guasa insoportable—. O sea, que estás atrapada en una hacienda de lujo, imagino que en una suite de lujo, con un soldadito cañón.

—¡Lara! Es mi guardaespaldas improvisado porque casi nos matan, no te hagas películas.

—Ya, ya... la señorita remilgada y su marine —se burló ella—. Cuando tengas un rato quiero que me lo cuentes todo con detalle. Cuídate, amiga. O… mejor, déjate de Rubenadas y pásatelo bien con el soldadito… y ya sabes a lo que me refiero.

Colgué riéndome, negando con la cabeza.

Fue entonces cuando llamaron a la puerta, abrí y encontré a una persona del servicio que venía con una bandeja que el amabilísimo señor Benítez había tenido el detalle de enviarnos.

Le pedí que la dejara en la terraza de la habitación.

La bandeja era una delicia, había una montaña de fruta tropical cortada, cuñas de queso, jugos de lulo, según indicaba en la etiqueta, y una cesta humeante llena de arepitas calientes de carne desmechada.

Llevábamos un día entero a base de agua de río y adrenalina pura. El estómago me rugió con violencia.

Me dejé caer en uno de los sillones de mimbre y me abalancé sobre la comida como si no hubiera un mañana. Tenía una arepa en cada mano y la boca medio llena de queso y carne cuando...

¡TAP, TAP, TAP!

Tres golpes firmes sonaron en la celosía de madera que separaba mi terraza de la terraza de la suite contigua.

Me paré en seco, con las manos manchadas de grasa, la boca llena y los ojos desorbitados.

Me tragué el bocado como pude y me aseguré que el albornoz estaba correctamente en su sitio, tapando bien todo, me ajusté la cinta del albornoz a toda prisa mientras Logan asomaba el cuerpo por el lateral de la barandilla.

Se había duchado. Llevaba puesta la camisa que le habían llevado, con los botones de arriba abiertos marcándole el pecho y el pelo húmedo echado hacia atrás. Desde donde estaba me llegó su olor a jabón neutro y a limpio. Estaba preocupantemente guapo.

Su mirada se posó en la bandeja medio devorada sobre mis rodillas, luego en mis manos grasientas y finalmente en mi cara de pillada absoluta. Una sonrisa burlona se le dibujó en los labios.

—Vaya, vaya —dijo Logan con voz grave, apoyando los antebrazos en la barandilla de madera—. Veo que la ejecutiva se cuida bien. Pensaba invitarte a bajar a tomar algo, pero veo que ya estás metida en pleno festín de supervivencia.

—Llevaba veinticuatro horas sin probar bocado, G.I. Joe —mascullé, intentando limpiar disimuladamente los dedos con una servilleta de papel mientras recuperaba la dignidad a duras penas—. Mi estómago estaba rugiendo como un león.

—No te justifiques, Martínez —se rió él, mirándome con una chispa de diversión—. Me encanta ver que esa elegancia que tienes también incluye devorar comida como si fueras un recluta en su primera semana de campamento.

—Ven aquí y cállate la boca —le espeté, señalando la cesta con la servilleta—. Si no me ayudas a acabar con esto, voy a reventar en unos minutos.

Logan no se lo pensó dos veces. De un salto ágil y sin ningún esfuerzo, lo cual me fascinó, saltó la separación de madera de la terraza y se plantó a mi lado, dejándose caer en el sillón de mimbre frente a mí.

Atacamos la bandeja como dos auténticos náufragos.

Durante diez minutos apenas hablamos, concentrados en devorar las arepas de carne desmechada, el queso campesino y la fruta fresca.

El jugo de lulo nos supo a gloria bendita.

Cuando terminamos, nos quedamos los dos tirados hacia atrás en las sillas, suspirando de puro placer con el estómago lleno y el cuerpo al fin relajado.

Logan se pasó la mano por la nuca, mirando el techo de vigas de madera de la terraza y soltando un resoplido.

—Madre mía... No sabes lo bien que me ha sabido esto —admitió, cruzando los brazos tras la cabeza y girándose para mirarme con una sonrisa pícara—. Pero ahora tengo un problema.

—¿Te ha sentado mal la carne? —pregunté, alzando una ceja.

—No. El problema es que estoy demasiado despierto, el atardecer en la hacienda es ridículamente tranquilo y me aburro como una ostra encerrado en la habitación —dijo, inclinándose hacia mí con una chispa juguetona en los ojos—.

Abajo hay una terraza con antorchas, música en directo y una barra de bar que nos está llamando a gritos.

Me han soplado en recepción que hacen unos margaritas de maracuyá increíbles. Vístete. Nos vamos a tomar unas copas.

Le miré de arriba abajo. Yo aún llevaba el albornoz y el pelo revuelto, pero la idea de bajar con él a tomar algo y estirar la noche me pareció repentinamente irresistible.

—Dame diez minutos, G.I. Joe —sonreí, poniéndome de pie—. Pero pagas tú.

—Hecho. Te espero en el pasillo.

Me enfundé el vestido terracota de tirantes finos que nos había mandado el señor Benítez.

Era sencillo, pero de un tejido fluido que se adaptaba a cada curva sin resultar excesivo.

Con el maquillaje no tenía muchas opciones, así que tiré del único milagro que conservaba en mi bolso destrozado, un pintalabios cremoso en tono rojizo.

Hice maravillas con él, usándolo en dosis mínimas como colorete en las mejillas, una sombra ligera en los párpados y un toque de color en los labios para disimular la palidez del cansancio.

Con el pelo castaño aún húmedo cayéndome en ondas naturales sobre los hombros…

pensé que el resultado sencillo, pero sexy.

Necesitaba recordar qué se sentía al ser una mujer civilizada tras dos días oliendo a barro y a pánico.