11 Valentina
El volante de la camioneta giraba en las manos de Logan de una manera hipnótica. Tras el tiroteo, la hamaca voladora y las huidas sobre el suelo de la selva con lo que quedaba de mis bailarinas, el asfalto bajo las ruedas me parecía el invento más maravilloso de la historia de la humanidad.
—Vamos a hacer una entrada triunfal. Llegamos incomunicados, armados y en un coche robado a unos matones —resumí, mirándome los pies vendados con cinta aislante y mi traje que parecía haber sobrevivido a un huracán—. Una llegada de lo más profesional.
De repente Logan redujo la marcha, hasta quedarse parado, echó marcha atrás y desvió la camioneta de la pista principal para meterse por una especie de sendero entre unos matorrales tupidos y la sombra de unos árboles gigantescos.
—¿Por qué nos paramos? —pregunté, mirando alrededor—. ¿No íbamos a la Hacienda?
—Si entramos rodando con el coche robado de unos sicarios, es como enviar una invitación con fuegos artificiales —me explicó con voz tranquila, mientras comprobaba el arma—. A partir de aquí vamos a pie y en silencio. Mejor no llamar la atención con este coche. Podrían localizarlos allí dentro.
Desde allí, a lo lejos, al final de una avenida flanqueada por palmeras gigantescas y flores tropicales, se veían los imponentes portones de hierro forjado de la Hacienda.
El contraste era mareante, íbamos a pasar de la jungla salvaje a un enclave de superlujo que parecía sacado de una revista de viajes para millonarios.
Llegamos caminando, cargados solo con mi bolso destrozado y la mochila de Logan, frente a la garita de seguridad de la entrada principal. Dos guardias uniformados y pulcramente vestidos salieron de inmediato, mirándonos con una mezcla de sospecha y absoluto estupor.
Y no los culpaba.
Eché un vistazo de reojo a Logan. A pesar del fango seco en los brazos y la barba de dos días, el tío, viéndolo así, a la luz del sol, estaba condenadamente atractivo.
Tenía la elegancia ruda de un hombre que imponía respeto.
Recordé en un segundo la forma precisa y brutal con la que había ido noqueando a todos los matones una y otra vez, y me entró un calorcillo extraño en el estómago.
Empecé a verlo como un auténtico cañón, y a detectar que el uniforme de combate improvisado le sentaba… demasiado bien.
El guardia principal se acercó a nosotros, ajustándose el cinturón.
—Buenas tardes. Esta es una propiedad privada. ¿A quién buscan?
Intenté poner mi mejor sonrisa de ejecutiva, a pesar de llevar los pies enrollados de cinta americana hasta el tobillo, totalmente salpicada de barro y con el pelo como un nido de pájaros, con sus cagadas y todo.
—Buenas tardes. Soy Valentina Martínez, la organizadora de bodas de la señorita Claudia.
Tenía una primera cita programada para ayer, pero...
como puede observar, hemos tenido un pequeño contratiempo con el transporte y el terreno —dije con un tono exquisito, usando toda mi diplomacia para amortiguar el impacto de mis pintas—.
Necesito hablar con la gerencia o el administrador de la finca. Ellos saben de mi llegada.
El guardia nos miró de arriba abajo. Miró a Logan, que mantenía una postura relajada pero alerta, con los bíceps marcados bajo la camiseta. Miró detrás de nosotros, cerciorándose de que nadie más venía con nosotros.
—¿La wedding planner ? —preguntó el guardia, sin poder disimular una mueca de incredulidad—. Espere un momento aquí.
El hombre entró en la garita y se tiró cinco largos minutos haciendo llamadas de verificación. Yo apretaba los dientes, rezando para que nos dejaran pasar.
Finalmente, el guardia salió, pulsó el botón del portón de hierro y nos indicó que pasáramos.
—El administrador, el señor Benítez, la espera en la recepción principal —nos indicó—. La señorita Claudia no se encuentra en la propiedad hoy, ha salido a la capital y no regresa hasta mañana por la mañana.
Caminamos a ritmo ligero hasta llegar frente a la entrada del edificio principal, una casona colonial espectacular con arcos blancos y jardines de ensueño. Nos recibió un hombre maduro con traje impecable que nos miraba con la boca casi abierta.
—Señorita Martínez... nos tenía preocupadísimos —dijo el señor Benítez, midiendo cada palabra—. Nos informaron de que la ruta del sur sufrió deslizamientos por la lluvia.
—Un contratiempo terrible con el terreno que nos mantuvo aislados y una falta absoluta de cobertura en la zona montañosa —improvisé sobre la marcha, manteniendo la barbilla alta—.
Afortunadamente pudimos solventarlo y ya estamos aquí.
Lamento el retraso. Dado que la señorita Claudia no está, y debido a todo lo acontecido, entiendo que habrá que reestructurar todas las citas para empezar mañana.
—Así es. Su suite está lista para que pueda descansar el día de hoy y prepararse para mañana —asintió el administrador. Luego miró a Logan con duda—. Y... ¿el señor la acompañará solo hasta aquí?
Logan dio un paso atrás, cruzándose de brazos y dibujando una sonrisa socarrona.
—Bueno, Martínez. Mi trabajo termina aquí —dijo con voz grave, dispuesto a dar media vuelta para dejarme volar sola.
Me entró un pánico repentino. ¿Quedarme allí sola sin mi "escudo táctico"? ¿Y si los hombres de Don Gonzalo aparecían por los alrededores? De pronto, se me cruzaron los cables.
—¡De eso nada! —intervine de golpe, alzando la voz y agarrando a Logan del brazo de una forma que lo pilló totalmente desprevenido—. Tú no te marchas de aquí, ni de coña —le dije al oído con los dientes apretados de forma que solo me escuchaba él.
—¿Perdón? —murmuró alzando una ceja y mirándome con sorpresa.
—El señor Logan es amigo y mi guardaespaldas personal —declaré con rotundidad mirando fijamente al administrador—.
Tras los incidentes que he sufrido en el camino, me siento seriamente amenazada y no pienso dar un solo paso ni trabajar en este evento si no está él a mi lado.
Es una condición indispensable para mi seguridad.
El señor Benítez abrió los ojos de par en par.
—Ah... entiendo. Si ese es el caso, siendo conocido, y por su seguridad, por supuesto. Le asignaremos la suite contigua a la suya, caballero.
Miré a Logan. El americano estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no soltar una carcajada allí mismo. Se inclinó levemente hacia mi oído.
—¿Guardaespaldas, Martínez? —susurró con guasa—. Eso va a subir bastante mi tarifa por horas.
—Cállate y camina —mascullé entre dientes, caminando con mi elegancia maltrecha hacia el interior.
El contraste fue glorioso.
Media hora después, estaba metida en una bañera de hidromasaje enorme, llena de espuma y agua calentita.
El barro de la jungla se había ido por la ducha que me había dado antes de entrar, para quitarme toda la porquería, y ya en la bañera no pude más que soltar un gemido de puro placer.
Me lavé el pelo tres veces, me curé las heridas de los pies con el botiquín que había pedido en recepción y me puse uno de los albornoces de rizo blanco que olían a lavanda. Era el paraíso.
Antes de meterle mano al hidromasaje, me había encargado de pedirle al señor Benítez, con mi mejor cara, si podíamos contar con algo de ropa limpia y un par de cargadores de móviles, para mi guardaespaldas y para mí, le expliqué que, con «el incidente de la selva», el resto de nuestras maletas se habían perdido río abajo.
El hombre, amabilísimo, no tardó ni diez minutos en enviarnos un par de mudas cortesía del inventario de repuesto del personal de la hacienda.
Prendas básicas impolutas, una camisa de lino azul y unos vaqueros para él, y una muda para mí, junto con un vestido playero en tono terracota y unas zapatillas de lona claras impolutas que, al parecer, era el uniforme que utilizaban las empleadas del spa, y que me sentaba, para mi sorpresa, bien.
Al salir de mi baño, vi sobre la mesa mi teléfono ya cargado. Lo primero era lo primero.
Marqué el número de mis padres en Madrid. Allí debían de ser más de las diez de la noche.
—¡Valentina! —contestó la voz preocupada y cálida de mi madre al segundo tono.
—¡Mamá!
—¡Hija mía! Pero ¿dónde estabas? Recibimos tu mensaje, pero después te llamé y me daba apagado. Tu padre estaba a punto de llamar a la embajada, hija. Sabíamos que el avión había aterrizado…, que nos va a dar algo.
—Tranquila, mamá, sí tienes razón. Ayer fue todo un poco caos a la llegada, pero al final, se solucionó, y todo perfecto —mentí con una soltura profesional impresionante—.
Es que en esta zona de la sierra colombiana no hay nada de cobertura y, además, se me agotó la batería del móvil.
Después hubo una tormenta, el coche se quedó atrapado…
en fin.. una locura. Pero ya estoy instalada en la hacienda, es un hotel impresionante y estoy descansando.
Hablé con ella cinco minutos, saludé a mi padre, les aseguré que toda la gestión del evento iba a ser un éxito y me despedí con un beso sin soltar una sola palabra de los sicarios, haber dormido en la selva como una oruga dentro de una hamaca fosforito con un gringo que iba reduciendo a los matones al más propio estilo de super guerrero americano.
No era necesario provocarles un infarto a distancia.
A quien sí le debía la verdad era a mi socia. Marqué el número de Lara.
—¿Valentina? —gritó Lara al cogerlo—. ¡Por fin! ¿Dónde coño te habías metido? ¡Tus padres me dijeron que habías llegado! Pero no sabíamos nada más, estábamos preocupados, tía.
—Lara, agárrate que vienen curvas —dije, dejándome caer en la maravillosa cama—.
Vale, primero, para empezar, confirmarte que Rubén es un imbécil integral.
Y para terminar... ayer no pude llamaros porque me quedé tirada, he tenido que cruzar la selva huyendo de unos tipos armados, he dormido en un puesto de caza y casi me matan.
—¡¿QUÉ?! —el grito de Lara casi rompe el auricular—. Valen ¡¿Pero estás bien?! ¡¿Llamo a la policía?!