Organización de bodas y otras técnicas de combate 10 Logan #2
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10 Logan #2

—Que no te engañe su apariencia. Es una especialista en ejecuciones silenciosas —continué con toda la seriedad del mundo, inventándome la falacia más absurda de mi vida táctica—.

Liquidó a tres tipos en Praga con un alfiler de corbata.

Si la tocas, sus contactos van a cazar a tu familia hasta en tres generaciones.

Yo solo soy su felpudo, me han enviado aquí para controlar que no cause un desastre internacional.

El matón miró a Valentina. Ella, captando la jugada rápidamente, cambió la cara de pánico por una mirada de absoluto desprecio, entornando los ojos y clavándole una sonrisa fría y siniestra que me dejó helado hasta a mí y después me hizo tal gracia que tuve que morderme los labios para no reír.

—Pruébame, imbécil —murmuró ella con una voz de ultratumba—. A ver si llegas a la noche.

El tipo de la cicatriz dio un paso atrás, visiblemente inquieto. Los sicarios de esta zona eran peligrosos, pero aterradoramente supersticiosos.

—Atadles la boca —ordenó el tipo a su compañero, nervioso—. Que no hable ninguno de los dos hasta que llegue el patrón. Y a ella, átala al poste también.

Nos pusieron dos trozos de cinta americana pesada en la boca. El tipo de la cicatriz se alejó a unos metros a hacer una llamada por radio, dejándonos bajo la custodia de un solo matón joven que no dejaba de mirar a Valentina con pavor, antes de buscar la cuerda para atarla a la viga.

Con mis manos alejadas de su vista, empecé a trabajar. Las cuerdas de cáñamo eran gruesas, pero el nudo era mediocre. Usé la fricción de mis muñecas y la fuerza de los antebrazos para ir estirando la fibra poco a poco. En dos minutos, sentí cómo la tensión cedería con un buen tirón.

Le di dos toques con el codo a Valentina en el costado. Ella me devolvió el toque.

Me zafé los trozos de cuerda de las muñecas en absoluto silencio, manteniendo las manos detrás de la espalda para que no se notara. Necesitaba que el matón que nos vigilaba se acercara y bajara la guardia por completo. Dos segundos de distracción absoluta.

Le susurré a través de la cinta, como pude, rozando su espalda: «Distráelo.

Algo rápido» . Valentina lo entendió, y no lo dudó.

Empezó a emitir unos gemidos ahogados tras la cinta, moviéndose en el suelo con espasmos exagerados, que parecían entre un ataque de epilepsia y una danza sexual.

Se arqueó levemente, dejando caer el tirante de su camiseta blanca sobre el hombro y miró al matón de guardia con los ojos muy abiertos, simulando, de nuevo, una especie de ataque de asfixia o un trance seductor de lo más disparatado.

El matón se paró, antes de coger la cuerda, parpadeó, fascinado y aterrorizado a la vez por la "asesina de la Interpol”.

—¿Qué le pasa a la loca esta? —dijo el tipo, acercándose despacio con la pistola baja.

Valentina usó los pies para arrastrarse torpemente, por el suelo un par de metros, donde descansaba su bolso arruinado echado en el suelo y desde el cual parecía asomar enrollada como una pelota la hamaca verde fosforito.

El matón se inclinó sobre ella para detenerla.

—¿Qué quieres, pija…?

Valentina, con un movimiento rápido y coordinado, se incorporó y consiguió hacerse con la bola de la hamaca con las manos atadas por delante y se la lanzó directamente a la cara al matón como si fuera una pelota.

—¡AAAAHG! ¡Loca! —gritó el tipo, apartándose asustado de la bola de tela sintética, pensando que era algún ataque mortal.

Ese fue mi momento.

Liberé las manos de un tirón, me puse de pie en un segundo, me arranqué la cinta de la boca de un tirón y le propiné un puñetazo devastador en la mandíbula al tipo joven que no le dio tiempo a reaccionar. El hombre cayó redondo al suelo.

El segundo matón, el de la cicatriz, se giró al oír el jaleo a lo lejos.

—¡¿Qué coño…?!

Le arrojé una pieza de metal que había divisado antes en el suelo a la cabeza que lo desestabilizó y, antes de que pudiera poner en guardia, alzar la radio y levantar la pistola, lo agarré por la solapa, le barrí las piernas y lo estampé contra el suelo, dejándolo fuera de combate con un golpe certero.

Silencio.

Me giré agitado. Valentina estaba sentada en el suelo, quitándose la cinta de la boca poco a poco con una mueca de dolor espantosa.

—¡Ay, ay, ay! ¡Mi depilación de bigote no ha sufrido tanto en la vida! —protestó, levantándose de golpe y recogiendo su bolso.

La miré, mirando la hamaca verde enrollada en el suelo junto al cuerpo del hombre, y luego a ella, con el tirante caído y el pelo y todo el cuerpo lleno de polvo.

—"La Viuda Negra de Praga" —repetí con una sonrisa enorme—. No ha estado nada mal, Martínez. Lo de utilizar una bola de tela sintética para acabar con un sicario colombiano, seguro que es algo que va a tener que entrenarse en los Navy Seals a partir de ahora.

—La viuda negra te ha salvado el culo, gringo —dijo ella, ajustándose el tirante con altivez pero con los ojos chispeantes de pura adrenalina—. Ahora suéltame las manos y vámonos de aquí antes de que el jefe de estos lerdos aparezca.

Cogí la navaja que llevaba el matón y de un movimiento rápido corté la cuerda de su mano, mientras cruzábamos las miradas. No perdimos un segundo.

Corrimos hacia la camioneta todoterreno negra de los propios matones, que comprobamos tenía las llaves puestas en el contacto. Salté al asiento del conductor, Valentina se subió al de copiloto dando un portazo y arranqué el motor con un rugido.

Aceleré a fondo, sacando el vehículo del arcén y saliendo disparados por la carretera asfaltada en dirección a la Hacienda. Valentina se apoyó contra el respaldo de cuero del todoterreno, respirando a bocanadas, mirándose los pies cubiertos de cinta táctica y luego mirándome a mí.

—Si después de esto la novia no me da un bonus por gestión de crisis —dijo, dejándose caer hacia atrás con una carcajada histérica—, juro que la enveneno con el pastel.

Sonreí, acelerando por la pista mientras el gran portón de piedra de la Hacienda de los Reyes se veía al fondo coronando la colina.

La huida había terminado. La verdadera locura estaba a punto de empezar.