Organización de bodas y otras técnicas de combate 10 Logan
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10 Logan

Despertar en el interior de una hamaca colgante, con una organizadora de eventos madrileña vestida en sujetador y durmiendo sobre mi pecho envuelta en papel de aluminio no estaba en mis planes de los últimos días.

Aunque se durmió dándome la espalda, había acabado dándose la vuelta y echada contra mí, de manera que podía verle el delicado rostro.

La luz del amanecer se empezaba a filtrar entre las copas de los árboles, convirtiendo la humedad de la selva en una especie de vapor brillante.

Valentina se movió un milímetro, soltando un murmullo incomprensible y pegando aún más la nariz a mi cuello. Olía a una fragancia cara que se negaba a desaparecer a pesar de todo el barro que habíamos acumulado.

Me quedé inmóvil unos segundos, sintiendo su respiración tranquila y el peso ligero de su cuerpo contra mí. Había aguantado la caminata, la persecución y el barro sin soltar una sola lágrima, la mayoría de chicas que conocía se habría derrumbado en los primeros quince minutos. Tenía carácter.

Con todo el cuidado del mundo, abrí la cremallera de la mosquitera.

La hamaca se meció levemente y Valentina abrió los ojos de golpe.

Pasó del sopor a la alarma en una fracción de segundo.

Miró donde tenía la cabeza apoyada, miró mi barbilla a tres centímetros de la suya y dio un bote que casi nos hace volcar a los dos a casi tres metros de altura.

—¡Madre mía! —exclamó, reajustándose la manta térmica a toda prisa mientras las mejillas se le teñían de un rojo encendido—. Lo siento... no me he dado cuenta de...

—Tranquila, wedding planner —sonreí, sujetando la cinta de la hamaca para estabilizarnos—. No te voy a cobrar el extra por usarme de almohada.

Se recompuso como pudo, estirando la espalda de una forma cómica dada la situación.

—Necesito un café. Y un baño. Y mi vida de vuelta.

—Te puedo ofrecer dos de tres en unas horas —dije, moviendo la hamaca con intensidad para saltar al suelo de madera de la plataforma con agilidad y tendiéndole la mano para ayudarla a bajar—. Pero primero, hay que desayunar.

Una vez abajo, ya vestidos, sentados sobre un tronco seco, saqué del bolsillo lateral de mi mochila un paquete de plástico rígido, caqui y sellado al vacío, era una ración de combate militar de alta densidad calorífica.

Lo desempaqueté y le tendí una de las barritas rectangulares grisáceas.

Valentina la miró como si le hubiera ofrecido un pedazo de uranio enriquecido.

—¿Qué es esto?

—Comida. Proteína, carbohidratos y electrolitos. Sabe a serrín sintético, pero te va a dar energía para tres horas de caminata.

—Parece un trozo de aglomerado de tienda de muebles —dijo con mueca de asco, alejándolo con la punta de los dedos—. No me voy a meter eso en la boca, Logan. Antes prefiero comer hojas.

—No hay hojas en el menú. O te lo comes, o te desmayas a mitad de la bajada y no pienso cargarte como un saco de patatas. Traga.

Me clavó una mirada asesina, apretó los dientes y le dio un mordisco minúsculo. Empezó a masticar con una lentitud agónica, poniendo cara de haber probado el peor veneno del mundo.

—Es aborrecible —masculló, tragando a duras penas—. Es el peor atentado gastronómico que he sufrido en mi vida. Y te aseguro que he probado menús de boda catastróficos.

—Pero te ha devuelto el color a la cara —repliqué, dándole un bocado a la mía sin inmutarme.

Valentina resopló, abrió su bolso de mano totalmente arruinado y hurgó en el interior hasta extraer un paquete arrugado de color azul metalizado.

—Toma —me lo tendió con un gesto triunfal—. El verdadero desayuno de campeones.

Eran chicles. De menta hiperfuerte.

—¿Chicles? —alcé una ceja.

—Dos láminas de mentol concentrado —dijo ella con aires de grandeza, metiéndose dos en la boca—. Limpia el paladar, quita el sabor a suela de zapato de tu barrita y te da la ilusión de que perteneces a la civilización. De nada.

Solté una risa, cogí el chicle y me lo metí en la boca. El golpe de menta fue tan violento que casi me desatasca las fosas nasales al instante. Nos quedamos los dos sentados en mitad de la jungla colombiana, masticando chicle en silencio como dos críos.

—Alta cocina —admití.

—Te lo dije.

Pusimos rumbo al norte. Con la luz del día y el mapa mental que me había hecho de la zona, el descenso fue más rápido que lo que habíamos pateado la tarde anterior, aunque el fango pringoso seguía haciendo de las suyas.

Los pies de Valentina aguantaron bien gracias al vendaje de la cinta adhesiva, y a eso de las diez de la mañana alcanzamos el límite de la vegetación tupida.

A unos trescientos metros por debajo de nosotros, por fin, el trazado de la carretera principal serpenteaba junto a la orilla del río.

Pero no estábamos solos. Al pie del monte, aparcado en el arcén junto a un pequeño puente de madera, había un camión local de transporte de fruta con la caja trasera cubierta por una lona verde.

Y justo al lado, dos todoterrenos oscuros, de nuevo.

Joder. Los hombres de Don Gonzalo.

Nos agachamos tras unos arbustos gruesos. Valentina se pegó a mi hombro, respirando agitada.

—¿Son ellos otra vez? —susurró –No me digas.

—Sí. Al parecer han montado un control improvisado. Están parando a los vehículos que bajan de la zona de la hacienda y a los que entran. Si intentamos cruzar la carretera a pie, nos verán.

—El camión de la fruta —murmuró ella, entornando los ojos—. El conductor está abajo hablando con los matones. La lona trasera está entreabierta. Si nos colamos ahí dentro, pasaremos el control sin que nos vean.

La miré sorprendido. La idea era arriesgada, pero impecable.

—No está mal para ser una organizadora de eventos.

—La logística y organización es mi especialidad, G.I. Joe .

Nos deslizamos por el barranco con sigilo, bordeando la zanja hasta quedar a la altura de la parte trasera del camión.

El motor diésel del vehículo estaba al ralentí, haciendo un ruido estruendoso que cubría nuestros pasos.

El conductor discutía con los dos sicarios a unos metros por delante de la cabina.

—Ahora —le susurré.

La alcancé por la cintura y la elevé hacia la plataforma trasera. Valentina se coló tras la lona como una sombra y yo subí tras ella en un solo movimiento.

El interior olía a mangos maduros y a rancio. Nos escondimos tras varias cajas de madera apiñadas. Respiré aliviado. Lo teníamos hecho.

O eso creía.

De pronto, la lona trasera se abrió de golpe. La luz exterior nos cegó durante medio segundo.

—¡Ajá! ¡Miren lo que tenemos aquí! —gritó una voz rasgada.

Dos matones armados nos encañonaban desde el borde del camión. Antes de que pudiera sacar la pistola de la cintura, el más grande disparó un taser que nos embistió con la contundencia de un camión. Caímos sobre las cajas de madera en un estrépito de fruta aplastada y tablones rotos.

Cinco minutos después, estábamos sentados en el suelo embarrado, tras el granero de lo que parecía una finca abandonada cerca de la carretera.

A mí me habían aplicado el paquete completo, me ataron las manos a la espalda con una cuerda gruesa de cáñamo, rodeando una de las vigas de madera que sostenían el techo, para asegurarse de que no tuviera margen de maniobra. Sabían lo que podía hacer si me dejaban medio metro de libertad.

A Valentina, en cambio, la subestimaron.

Seguramente la veían frágil, asustada y vestida con un traje arruinado de diseñador, así que solo le ataron las muñecas por delante y la dejaron sentada a mi lado sin anclarla a ninguna parte.

Para ellos, era una simple acompañante aterrorizada que no iría a ningún lado. Craso error.

El tipo al que le había quitado la pistola el día anterior, que tenía la cicatriz en la ceja, se paseaba frente a nosotros, armado y con una sonrisa maliciosa.

—El patrón viene en camino —dijo el matón, escupiendo al suelo—.

Tenía mucha curiosidad por saber qué clase de gringo del ejército americano se ha metido en sus asuntos y tumbó a dos de sus hombres ayer.

Quiere ver si te alista o te mete una bala entre las cejas.

Pero sobre todo… quiere recuperar lo que nos robasteis.

Logan no parpadeó. Mantuvo la barbilla alta y una calma exasperante mientras nos encañonaban.

—Os habéis equivocado de excursión, compadre —repuso Logan, ladeando la cabeza con una sonrisa helada—. No tenemos nada vuestro. Si buscáis algo, podéis ir a rebuscar al fondo del barranco por el que casi nos matamos anoche. Se debió de caer cuando rodamos.

El de la cicatriz entrecerró los ojos, dudando un segundo antes de encararlo.

—No me vaciles, gringo. Si el patrón llega y no le dais esa memoria, os despellejo a los dos aquí mismo.

Luego miró a Valentina, que estaba con el traje lleno de barro, con rajas por todas partes y hecho un trapo, con el pelo totalmente desgreñado pero manteniendo la barbilla bien alta a pesar del pánico que le devoraba por dentro.

—A la pija esta no hace falta guardarla —añadió el matón, sacando una navaja automática que abrió con un CLIC seco—. A esta la podemos liquidar ya y se la echamos a los ruidos del río.

Sentí a Valentina a mi lado ponerse rígida como una piedra. Su respiración se volvió un sollozo ahogado y me miraba asustada. Tenía que ganar tiempo. Como fuera.

—Yo que tú no tocaría a esta mujer si aprecias tu vida —solté con una voz tan fría y autoritaria que el matón se detuvo en seco.

El tipo frunció el ceño.

—¿De qué hablas, gringo?

—¿Crees que una ejecutiva normal andaría por la selva de Colombia sin soltar ese bolso? —reí con amargura, echando la cabeza hacia atrás para mirarle—. No tienes ni idea de con quién te has metido. Es una operativa encubierta de la Interpol. Algo similar a la Viuda Negra.

Valentina se quedó helada. Sentí que dejaba de temblar, prestándome atención.

—¿La qué? —el matón parpadeó, mirando a Valentina con recelo.

—La Viuda Negra, ¿no la conoces? De los Avengers.

El matón seguía mirándome como si no me entendiera.