Organización de bodas y otras técnicas de combate 9 Valentina #3
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9 Valentina #3

Me envolví como pude en la manta crujiente como si fuera un burrito humano.

El calor empezó a concentrarse lentamente, aunque el suelo duro de madera me clavaba cada astilla en la cadera.

Entonces me acordé. Con un movimiento torpe desde dentro de mi capa de aluminio, alcancé el bolso de mano que había descansado a mi lado.

Abrí la cremallera. Mi agenda de piel estaba intacta, las muestras de la boda estaban algo arrugadas, mis Manolos seguían a salvo dentro de su funda de tela...

y al fondo del todo, tropecé con un envoltorio de plástico duro y brillante.

La hamaca. La dichosa hamaca ultraligera. Me quedé mirando el paquete en la penumbra.

—¿Qué es eso? —preguntó Logan, guardando la pistola en su cinturón y observando el envoltorio brillante en mi mano.

Le mostré el paquete de tela sintética verde fosforito con ganas de reír algo histérica.

—Una hamaca táctica ultraligera con mosquitera integrada —leí en la etiqueta en voz alta, haciendo una imitación perfecta del tono de vendedor ambulante—. Soporta hasta doscientos kilos. Resistente al agua y al viento. Ideal para amantes de la naturaleza y aventureros urbanos.

Logan se quedó mirando el paquete verde fosforito.

Luego miró a los dos árboles que flanqueaban nuestra plataforma, separados por apenas dos metros y medio.

Y finalmente me miró a mí. Una sonrisa lenta, genuina y cargada de una diversión que le iluminó los ojos por completo se dibujó en su rostro de piedra.

—Dime que me estás vacilando.

—Te juro por la memoria de mi abuela que esto me lo compró mi hermano para hacer la gracia estas navidades, y lo metí en el equipaje porque me había insistido de que me lo trajera hasta la saciedad —dije, soltando una risita tonta que se me escapó del cansancio—.

Me dijo que era "imprescindible para el trópico”.

Logan soltó una carcajada, que retumbó en la pequeña caseta de madera, rompiendo un poco de la tensión acumulada durante las últimas seis horas de persecución.

—Bueno —dijo él, poniéndose de pie y quitándome el paquete de las manos con una soltura envidiable—. Parece que tu hermano acaba de salvarnos la noche.

Lo vi moverse con destreza en la oscuridad, sacando las cuerdas de alta resistencia de la bolsa y trepando como un leopardo para engancharlas a los troncos gruesos de los dos árboles que atravesaban la plataforma.

En menos de diez minutos, la hamaca verde fosforito colgaba perfectamente tensada a unos centímetros sobre el suelo de madera, meciéndose suavemente con el viento de la noche.

—Probando —dijo Logan, dejándose caer con cuidado en el centro de la tela. La hamaca aguantó su peso y sus hombros anchos sin emitir ni un solo crujido.

Me quedé mirando la escena, envuelta en mi papel de aluminio brillante.

—Espera un momento —dije, cayendo en la cuenta de las dimensiones de la hamaca—. Ahí no cabemos los dos.

Logan se acomodó de espaldas, cruzando las manos detrás de la cabeza y mirándome desde arriba con una sonrisa diabólica.

—La etiqueta decía doscientos kilos, Valentina. Tú pesas lo mismo que un saco de plumas y yo no pienso dormir en las astillas del suelo después de haber tirado de ti por media selva.

—¿Pretendes que me meta ahí contigo? —abrí la boca, indignada.

—Pretendo que no te mueras de frío en el suelo mientras hay una hamaca seca disponible —contestó él, extendiéndome una mano desde la tela—. Además, la mosquitera solo se cierra desde dentro. O entras, o te comen los mosquitos ahí fuera.

Miré el suelo de madera agrietado. Miré a Logan. Miré la selva oscura que rugía a nuestro alrededor. Tragué saliva, reajusté la manta térmica a mi alrededor y, con toda la dignidad que pude reunir en el cuerpo, me acerqué al borde de la hamaca.

—Si intentas pasarte de listo —le advertí, apuntándole con un dedo tembloroso—, mi padre es inspector de policía retirado y te juro que sabrá cómo encontrarte.

Logan soltó una risita seca, tiró de mi mano y me arrastró suavemente hacia el interior del tejido sintético.

—Tranquila, wedding planner . Estoy demasiado cansado para intentar nada que no sea sobrevivir a esta noche.

La hamaca se meció peligrosamente cuando me acomodé a su lado.

El espacio era absurdamente estrecho. Tuve que pegar mi espalda contra su costado derecho, sintiendo sus costillas y el calor abrasador que desprendía su cuerpo, ese cuerpo perfecto que había visto y ahora estaba pegado a mi.

Logan pasó su brazo por encima de mi cabeza para darme espacio, permitiendo que acomodara.

Cerró la cremallera de la mosquitera fina que nos envolvía como una burbuja protectora contra la noche.

El crujido de la manta térmica, estar pegada a la piel de Logan y el ritmo pausado de su respiración llenaron el reducido espacio.

Fuera, la selva continuaba su curso salvaje, pero dentro de aquella hamaca fosforito colgada de un puesto de caza abandonado, de pronto el mundo parecía haberse reducido a nosotros dos.

—Logan —murmuré en la penumbra, sintiendo los párpados pesados por un cansancio infinito.

—¿Qué? —respondió su voz grave, vibrando directamente sobre mi espalda.

—Como le cuentes a alguien que he dormido en una hamaca de la teletienda colgada de un árbol, te denuncio.

Escuché su risa baja en la oscuridad antes de que me acomodara un poco más firme contra él.

—Tu secreto está a salvo conmigo, Martínez. Duérmete ya.

Cerré los ojos, sintiendo por primera vez en todo el día que, a pesar del barro, los matones y la locura de aquel viaje, estaba extrañamente a salvo.