9 Valentina #2
—Todavía no ha terminado el día —recordó Logan, sentándose a un metro de mí. Sacó su cuchillo militar y empezó a revisar el cargador de la pistola que le había quitado al matón y añadió con calma —. Y estamos vivos, que no es poco.
Resoplé. Abrí el bolso, saqué el móvil, y como esperaba, ya se había apagado, volví a meterlo dentro.
Necesitaba un bálsamo labial o una dosis urgente de realidad.
y me puse a rebuscar a ciegas entre las muestras de encaje, las paletas de colores y un puñado de chicles aplastados.
Mis dedos tropezaron con algo metálico, frío y pesado.
Fruncí el ceño y lo saqué a la luz de la linterna.
Era un trozo de metal negro mate, compacto y extrañamente pesado, con un pequeño LED apagado en un lateral.
Parpadeé, sintiendo un sudor frío totalmente ajeno al calor de la selva.
Era el trozo de metal que había rodado por el suelo del galpón desde el matón hasta mis pies.
Cuando me caí y arramplé con todo lo que se desparramó del bolso… metí eso dentro.
Un nudo se me formó en la garganta. De repente, las piezas encajaron con una precisión macabra.
La persecución implacable, las ametralladoras, los perros…
Tragué saliva, intentando disimular y deslizar la mano para esconderlo de nuevo bajo la agenda, pero la sombra de Logan ya se había proyectado sobre mí.
Sin pedir permiso, estiró el brazo y me lo quitó de los dedos con la agilidad de un felino.
—¿Qué es esto? —preguntó, examinándolo bajo la luz.
—Eh… ¿un amenity de la selva? —improvisé, sonriendo intentando fingir una inocencia que ni la de un niño de cinco años.
Logan no sonrió. Pasó el objeto de una mano a otra, sopesándolo, y sus ojos se clavaron en los míos.
—Es un pendrive de cifrado militar táctico —dijo despacio, marcando cada palabra—.
Resiste al agua, a los golpes y a la presión.
En este tipo de memorias no se guardan precisamente recetas de cocina ni fotos de primera comunión.
Por lo que entiendo que no es de tu propiedad.
Así que las preguntas están claras ¿Qué hacía esto en tu bolso? ¿Cómo narices ha llegado aquí?
—Maravilloso. Un disco duro del crimen organizado —murmuré exasperada—.
A ver… No. No es mío. En el cuchitril en el que estábamos, cuando has reducido al matón, cuando se ha golpeado contra el suelo ha salido esto disparado a mis pies.
Yo tropecé, y mi bolso y mis cosas cayeron al suelo.
En mi defensa, lo recogí todo a ciegas. Iba dentro del lote.
—Martínez… —su voz bajó un tono—. ¿Me estás diciendo que casi nos han cosido a balazos por la selva, hemos trepado a un árbol y vamos a tener que pasar la noche aquí, porque te dio por ser una cleptómana con los matones?
—¡Fue un accidente! —protesté, incorporándome de golpe con las mejillas ardiendo—.
¡Pensé que era algo mío! ¡No te burles de mí!
Además, si es culpa mía… ¡tíralo al barro o déjalo encima de un matorral!
Si vienen, que lo encuentren y nos dejen en paz.
Les pedimos disculpas por las molestias, les decimos que fue un error de cálculo y ya está.
Logan soltó una carcajada suave, negando con la cabeza.
—Claro, Martínez, planazo. Seguro que se acercan con una sonrisa, les entregamos el pendrive , nos dan las gracias por habérselo guardado tan bien y nos piden un Uber para ir al hotel.
—¡No me hables con ese sarcasmo!
—A ver, wedding planner —dijo él, inclinándose un poco hacia mí hasta que pude oler el rastro de su piel, y guardándose el dispositivo en el bolsillo interior—.
Esos tipos son mercenarios. Limpian por defecto.
Aunque no hubieras metido este pincho en tu kit de supervivencia, nos habrían perseguido igual por haberles visto las caras o haber presenciado lo que no debíamos.
La diferencia es que ahora… esto es nuestro único seguro de vida.
—Genial. Un seguro de vida que hace que nos busquen con perros y metralletas. Un razonamiento impecable.
—Estamos a salvo por ahora —concluyó Logan, rematando el tema mientras metía el cargador en la pistola con un clic seco y definitivo—.
Esos tipos no van a arriesgarse a buscar a ciegas por la montaña de noche.
Y si te sirve de consuelo, Martínez… ha sido un tiro de suerte.
Sin querer, les has quitado lo único que les importa.
Se acomodó contra el tronco y me guiñó un ojo antes de apagar la linterna.
Me quedé a oscuras, abrazando mi bolso lleno de muestras de encaje, odiándolo en silencio y rezando para que el amanecer llegara cuanto antes.
Se hizo el silencio. La oscuridad terminó de tragar la selva.
Afuera, el ruido de la lluvia fue sustituido por el concierto ensordecedor de las ranas, los grillos y miles de criaturas nocturnas que despertaban a nuestro alrededor.
El frío de la noche comenzó a colarse por mi ropa húmeda.
Empecé a tiritar de forma incontrolable.
Casi sin darme cuenta, los dientes empezaron a castañearme con un repiqueteo vergonzoso.
Logan me miró en la penumbra, abrió la linterna y me enfocó.
—Tienes que quitarte esa ropa mojada —dijo en tono profesional—. Si te quedas con la ropa empapada, vas a pillar una hipotermia antes de medianoche.
—Ni hablar —protesté, abrazándome las piernas—. No me voy a quedar en sujetador en mitad de una plataforma con un desconocido.
—Un desconocido que te ha salvado la vida tres veces hoy —me recordó—. Y no me importa tu lencería, Valentina. Me importa que no te pongas febril y me toque cargarte a cuestas mañana. Quítatela.
Apreté los labios. Tenía razón, maldita sea.
Con los dedos entumecidos por el frío, me desabroché los botones arruinados de la chaqueta de lino y me la quité, también la camisa de tirantes con encaje que estaba empapada.
El pantalón me lo reservaba, no pensaba quedarme prácticamente desnuda.
Me quedé con mi sujetador blanco que tenía las copas salpicadas de barro también.
Me repetí a mí misma que era como si me quedara en biquini.
Me encogí sobre mí misma, abrazando las rodillas.
En ese preciso instante, Logan, por su parte, agarró el dobladillo de su propia camiseta y se la sacó por la cabeza de un tirón.
Tragué saliva. Por mucho que intenté mantener los ojos fijos en una grieta de la madera del suelo, mi mirada hizo un recorrido involuntario y en alta definición por su torso, admirando, de nuevo, sus hombros anchos y abdominales marcados.
Dios mío. El tipo parecía haber sido esculpido por un artista con fijación por el peligro.
Hice un esfuerzo sobrehumano para dejar de mirarlo.
« Es solo anatomía humana, Valentina », me dije, girando la cara hacia la pared.
Él, ajeno a ello, estiró el brazo y tendió su camiseta en una rama cercana, justo al lado de mi malograda ropa de lino. Dos mundos completamente opuestos colgados a secar en mitad de la selva.
Logan suspiró. Hurgó en el interior de su mochila y sacó una manta térmica de emergencia, de esas de papel de aluminio brillante que usan las ambulancias.
—Toma —me la tiró sobre las piernas—. Envuélvete en esto.