Organización de bodas y otras técnicas de combate 9 Valentina
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9 Valentina

El pulso volvió a retumbarme en los oídos como un tambor de guerra.

La espalda se me quedó pegada al pecho de Logan como si nos hubieran soldado.

Su brazo izquierdo me cruzaba el torso, sujetándome contra su cuerpo fuertemente, mientras con la mano derecha empuñaba la pistola que le había quitado al matón.

El cañón de metal negro apuntaba directamente hacia la vegetación, a unos centímetros de mi cara.

—Ni un respiro alto —me susurró al oído. Su aliento rozó mi oreja, tan frío que me dio un escalofrío en mitad del aire sofocante de la selva.

El crujido se repitió. Esta vez más cerca. CRAC.

Una bota pesada aplastó una rama seca cerca de nosotros.

A través de la maraña de hojas gigantescas de platanero y cañas de bambú, distinguí la silueta de un hombre con impermeable negro y una linterna encendida, a pesar de que la luz del día aún se filtraba a duras penas entre la copa de los árboles.

El tipo avanzaba caminando muy despacio, barriendo el fango y las hojas con el haz de luz blanca y sosteniendo un machete de hoja ancha en la otra mano.

Sintiendo el pánico subirme por la garganta como una ola de ácido, apreté el bolso contra las costillas.

Bajé la vista hacia el suelo y se me heló la sangre, la trayectoria de la linterna del matón iba directa hacia nuestras piernas, que habían quedado al descubierto, y era lo único que conseguiría ver, pero era lo suficiente para complicarnos la vida.

Un par de segundos más y el haz de luz iluminaría de lleno nuestras piernas sobre el barro, y yo iba con pantalones blancos, que resaltaban entre las hojas como una bandera blanca.

Si esa luz nos tocaba, estábamos muertos.

Le hice un gesto a Logan que pareció leer mi mente. Sin soltarme la cintura, nos desplazó medio metro más hacia atrás con un movimiento fluido, casi felino, retirando nuestros pies de la línea de luz y hundiéndonos en la sombra más densa de las raíces de la ceiba.

El matón se detuvo. Alzó el machete, cortando un enredo de lianas con un chasquido seco. ZAS.

—¡Hey! —gritó el tipo hacia su espalda, con un acento cerrado que retumbó en la espesura—. ¡Por aquí hay huellas frescas! ¡Parece que tiraron hacia la ladera!

Una voz distante le respondió desde algún punto más abajo de la montaña.

—¡No los pierdas, coño! ¡El patrón dijo que los quería limpios antes de que salgan a la carretera principal!

El hombre del machete dio tres pasos más en nuestra dirección.

Estaba a pocos metros. Podía oír su respiración agitada y ver las gotas de sudor mezcladas con la lluvia en su nuca.

Mi mente se volvió un caos absoluto, las ideas no dejaron de pasar por ella; mi piso en Madrid, la prueba de mantelería para la boda, las facturas por pagar, la cara de mi socia Lara...

Todo parecía pertenecer a una vida paralela que se desvanecía en mitad de un barrizal en Colombia.

Logan se inclinó levemente hacia mí.

—Vas a hacer exactamente lo que te diga —me dijo en un tono de voz tan bajo que casi tuve que adivinarlo por el movimiento de sus labios—.

Cuando yo me mueva, te pegas a este tronco y te agachas.

Si escuchas un disparo, no te mueves. Si escuchas dos, corres cuesta arriba lo más rápido que puedas, sin mirar atrás. ¿Entendido?

Negué con la cabeza imperceptiblemente. No quería que me dejara sola. La idea de quedarme vendida en mitad de aquella jungla me aterraba mil veces más que estar pegada a su costado. Pero Logan no pidió mi aprobación.

Con un movimiento rápido y completamente silencioso, se despegó de mí. Se agachó, recogió una piedra del tamaño de un puño del suelo embarrado y la lanzó con precisión por encima de las copas de los bambúes hacia nuestra derecha.

La piedra cayó a unos diez metros con un golpe seco contra una chapa abandonada. ¡CLANG!

El matón se giró de golpe, encañonando la linterna hacia el ruido.

—¡Ahí están! —rugió, lanzándose a la carrera entre la vegetación, dándonos la espalda.

Logan no esperó ni medio segundo. Salió de la penumbra como una sombra.

Alcanzó al hombre en tres zancadas potentes, le enganchó el cuello desde atrás con el brazo izquierdo y, antes de que el tipo pudiera emitir un solo sonido o usar el machete, Logan descargó un golpe seco con la culata de la pistola en la base de su cráneo.

El hombre se desplomó como un saco de patatas sobre el fango. El machete cayó sin hacer ruido sobre un lecho de hojas húmedas y la linterna rodó hasta detenerse contra una piedra, iluminando el tronco de un árbol.

Me quedé paralizada, con las manos apretadas contra el pecho y los ojos abiertos de par en par.

La escena había durado exactamente cuatro segundos.

La eficacia de Logan no era violenta por descontrol, sino por una precisión que me dejó pasmada.

Había una belleza aterradora en la forma en que se movía, una compostura que no pertenecía al mundo de los mortales comunes.

Logan recogió la linterna del suelo, pulsó con el pulgar para apagar la luz y le quitó el radio transmisor al tipo del cinturón antes de romperlo de un pisotón seco. Luego me miró y vino hasta mí, que seguía totalmente en shock.

—Muévete —dijo, agarrándome de nuevo por el codo con su mano firme—. Van a echarlo de menos en cinco minutos.

Nuestra huida se convirtió en una nueva maratón a ciegas.

Subimos laderas casi verticales donde el barro amenazaba con arrastrarnos hacia abajo a cada paso.

Mis bailarinas, ya destrozadas y sostenidas milagrosamente por la cinta táctica de Logan, eran una broma pesada contra las piedras y las raíces.

El bolso de mano me pesaba como si llevara piedras dentro, pero me negaba a soltarlo.

Era mi último nexo con la civilización, con mi trabajo, con quién era yo antes de caer en este infierno.

El tiempo dejó de tener sentido. La llovizna densa continuó cayendo implacable, empapándome la ropa hasta que el traje de lino beige se convirtió en un trapo pesado que me impedía mover las piernas con soltura.

Los ladridos lejanos de los perros y los gritos de los sicarios fueron perdiendo intensidad conforme Logan nos guiaba por cauces de arroyos secos y bosques de bambú tupidos, usando el agua para borrar nuestras pisadas.

Él no dudaba. Miraba la inclinación del terreno, la densidad de la vegetación y la posición del sol gris tras la capa de nubes gruesas.

Para mí, todo se veía exactamente igual: verde, húmedo y hostil.

Nos habíamos desviado tanto de la pista original que la idea de llegar a la hacienda a las dos de la tarde para la reunión parecía una broma de muy mal gusto.

Ya debían de ser las cuatro o las cinco.

Y el cielo empezaba a oscurecerse a pasos agigantados.

En la selva no hay atardeceres largos. La luz simplemente se apaga.

—Nos hemos alejado demasiado de la ruta —admitió Logan finalmente, deteniéndose en un pequeño claro rodeado de helechos gigantescos—. Nos buscaron en abanico por la pista baja. Tuve que meterte en el cordón este de la montaña para esquivarlos.

—Traduce eso al idioma de alguien normal —pedí, apoyando las manos en las rodillas y dejando caer la cabeza, intentando coger aire. El sudor y la lluvia me escocían en los ojos.

—Traducido sería que estamos perdidos temporalmente —contestó él sin rodeos, escaneando el dosel de los árboles—. Y con esta luz y el fango que hay, no podemos seguir caminando sin arriesgarnos a rompernos una pierna o despeñarnos por un barranco. Vamos a tener que pasar la noche aquí.

—¿Aquí? —alcé la cabeza de golpe, mirando el suelo lleno de bichos, fango y humedad—. ¿En el suelo? ¿Con las serpientes? ¿Con los matones rondando?

—No en el suelo —dijo Logan, señalando con la linterna apagada hacia arriba—. Allí.

Entre la copa de tres árboles enormes, a unos cuatro metros de altura, se divisaba la estructura tambaleante de una antigua plataforma de madera.

Parecía un mirador abandonado de guardabosques o un antiguo puesto de caza, medio cubierto por la vegetación pero con un pequeño techo de vegetación seca que aún parecía mantenerse en pie.

—¿ Pretendes que suba ahí? —miré la plataforma con horror—. Ni siquiera hay escalera.

—Hay lianas y ramas bajas. Y yo te voy a empujar —dijo Logan, colgándose la mochila al hombro—. Es eso o dormir en el barro compartiendo cama con ciempiés del tamaño de tu antebrazo. Tú decides, wedding planner .

Tragué saliva. La mención de los ciempiés hizo más por mi agilidad que tres años de pilates.

El ascenso fue un espectáculo de torpeza por mi parte y de paciencia por la suya.

Logan subió primero con la agilidad de un mono, agarrándose a las ramas gruesas con los brazos musculados.

Luego se descolgó del borde de la plataforma, extendió su mano grande y calurosa y me dijo que le confiara mi peso.

Entre sus tirones firmes y mis pataleos desesperados por encontrar apoyo en los troncos mojados, logré trepar. Caí de rodillas sobre los listones de madera de la plataforma, jadeando como un pez fuera del agua, con las manos llenas de resina y la dignidad completamente destruida.

Logan acabó de subir tras de mí en un solo movimiento limpio.

La plataforma medía apenas dos metros por dos.

Tenía dos paredes de madera agrietada y un techo de paja y ramaje que sorprendentemente nos aislaba de la llovizna que continuaba cayendo fuera.

El suelo estaba seco, aunque cubierto de hojas muertas.

Desde allí arriba, la selva se veía como un océano verde e impenetrable que comenzaba a teñirse de un azul noche profundo y amenazante.

Me dejé caer de espaldas contra la pared de madera, exhausta. Sentía cada músculo del cuerpo protestar con fuerza.

—Sobrevivido al primer día —murmuré para mí misma, cerrando los ojos–. Sigo sin entender qué narices hago aquí. Esto es una pesadilla.