Organización de bodas y otras técnicas de combate 8 Logan
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8 Logan

La selva tropical no perdona a los novatos, y mucho menos a una mujer ejecutiva armada únicamente con una agenda de cuero y unas bailarinas empapadas.

El barro nos llegaba casi a los tobillos.

La lluvia se había reducido a un llovizna densa y pesada que convertía el aire en una sauna, pegándonos la ropa al cuerpo como una segunda piel.

Llevaba a Valentina cogida del antebrazo, marcando un ritmo firme pero sostenible.

Si la dejaba atrás, se derrumbaría en el primer desnivel, si frenaba demasiado, la gente de Don Gonzalo nos daría caza en menos de quince minutos.

—Arriba —le ordené, tirando de ella con suavidad mientras sorteábamos una raíz gigante de una ceiba, uno de los árboles colosales de la selva cuyas raíces emergen del suelo como muros de madera—. Mantén el peso en la punta de los pies. Si pisas con el talón en este barro, te irás al suelo.

Valentina soltó un resoplido que pareció más un silbido de vapor.

Tenía una mancha de barro en la mejilla izquierda, parecía que venía de la guerra, pero, curiosamente, no se quejaba.

Apretaba los dientes, sujetaba el bolso de mano contra su costado como si llevara un lingote de oro y avanzaba con una terquedad admirable.

—Gracias por el manual de senderismo, G.I. Joe —dijo, jadeando mientras intentaba recuperar el aliento—. ¿Se puede saber hacia dónde vamos o simplemente estamos dando un paseo sin rumbo por el Amazonas?

—Estamos en el valle del Cauca, no en el Amazonas —la corregí sin frenar el paso, echando un vistazo rápido hacia atrás—.

Y vamos hacia el norte. La pista principal cortada está a unos cuatro kilómetros a través del monte.

Si salimos allí, podremos encontrar algún camión de la hacienda o transporte local.

Nos detuvimos un segundo al abrigo de un denso cañaveral de bambú. El silencio de la vegetación empezaba a tragar los ruidos lejanos de los motores y los gritos de los matones. Les llevábamos ventaja, pero no la suficiente como para confiarnos.

Me giré hacia ella. Valentina se apoyó contra la caña de bambú, respirando con dificultad y mirando sus pies. Aprovechó la pausa para sacar el teléfono del bolso. La pantalla destelló un segundo con una barra roja parpadeante antes de mostrar la fatídica frase: Sin servicio .

—Ni una puñetera rayita de cobertura. Y me queda un dos por ciento de batería —protestó, pulsando la pantalla con frenesí como si eso fuera a obrar un milagro—. Esto no puede ser, necesito avisar a…

—Guarda eso —la interrumpí, mientras vigilaba la espesura—. Las baterías aquí con la humedad y la falta de red se agotan en minutos. Es mejor que te tranquilices.

—¡¿Cómo me voy a tranquilizar?! —bufó ella, apretando el teléfono contra el pecho—. ¿Y el tuyo? Tú eres el experto en supervivencia, el G.I. Joe de esta excursión. Dime que tú sí tienes un teléfono de eso raros del ejército o algo que sirva.

Metí la mano en uno de los bolsillos laterales de mi pantalón y saqué mi móvil. Tenía la pantalla completamente negra y muerta.

—Nada —dije de forma tajante—. Se apagó en casi antes de salir del gimnasio. En este sector de la selva estamos solos, así que no gastes energía en lo que no te va a sacar de aquí.

Entonces me fijé en sus zapatos de tela, parecían calcetines con cortes por todos los sitios, y estaban cubiertas de un lodo arcilloso y denso.

—Déjame ver eso —me agaché frente a ella sin pedir permiso.

—Estoy bien —protestó de inmediato, intentando dar un paso atrás.

Le agarré el tobillo con firmeza. Tenía la piel de los dos talones al rojo vivo, a punto de abrirse en unas ampollas sangrientas por el roce de los zapatos mojados.

—Tienes los pies destrozados, Valentina —dije, levantando la vista hacia sus ojos verdes. Por primera vez en todo el día, no usé el "señorita Martínez”.

Ella se quedó helada al escuchar su nombre de mi boca. Su mirada bajó a mis manos, que aún sostenían su pie descalzo entre la tierra, y luego subió a mi cara. Por un instante, su arrogancia desapareció, dejando ver la vulnerabilidad pura que estaba al límite de sus fuerzas.

—Tengo un par de repuesto en el bolso —murmuró con la voz levemente tomada, señalando el bolso que no había soltado ni un segundo—. Unos Manolos. De tacón.

No pude evitar soltar una carcajada.

—Tacones. Claro. La mejor opción para el barrizal.

—¡Eran para la cena de presentación en la hacienda! —se justificó ella, recuperando su carácter mientras me daba un empujoncito en el hombro—. ¡No me compré un billete a Colombia pensando que terminaría huyendo de sicarios con un americano de las Fuerzas Especiales por la selva!

—Nadie planea estas cosas —contesté, poniéndome de pie y sacando de mi bolsillo un pañuelo de tela limpio y un rollo de cinta adhesiva táctica que siempre llevaba en mi mochila—. Aguanta el tirón.

Saqué mi navaja y partí el pañuelo en dos, le envolví la zona de los dos talones con las telas y lo fijé dándole vueltas con la cinta.

Quedó como calcetines hechos con cinta, era un apaño de campo grosero, pero efectivo para evitar que la herida fuera a peor.

Valentina me miraba en silencio, observando la precisión de mis movimientos con fascinación y… algo de desconfianza.

—Sabes hacer de todo, ¿eh? —dijo suavemente—. Reparar coches, noquear matones, primeros auxilios... Eres como una navaja suiza humana.

Levanté la vista para mirarla, mientras terminaba de ajustar la cinta.

—Se llama entrenamiento. En mi trabajo anterior, si no sabías curar una herida o reaccionar en dos segundos, no volvías a casa.

Me observó con detenimiento.

—Pues deberías incluir las clases de supervivencia en tu tarifa de chófer —murmuró, intentando apoyar el pie con cuidado—. Aunque sigo pensando que tu diplomacia deja bastante que desear.

—Mi diplomacia nos mantiene con vida. Eso debería valer más que un par de buenos modales.

Nos quedamos en silencio. El repiqueteo de las gotas sobre las hojas gigantes era el único sonido entre nosotros. Me di cuenta de que, bajo toda esa capa de control obsesivo y orgullo, la ejecutiva madrileña estaba aguantando el tipo de una manera que me resultaba sorprendente.

Un crujido seco de ramas al romper en la maleza, a no más de veinte metros a nuestra izquierda, rompió el momento.

Me puse de pie de un salto, pasando el brazo por su cintura para pegarla a mí y dar un par de zancadas tras una cascada de grandes hojas que nos protegían de la vista de cualquiera.

Saqué la pistola que llevaba en la cadera.

—Nos han encontrado —susurré contra su frente.