7 Valentina
El corazón me latía como una bomba hidráulica.
Estaba pegada al pecho de Logan, sintiendo el calor abrasador que desprendía su piel y lo duro y fuerte que estaba su cuerpo.
Su mano me cubría la boca casi por completo, olía a aceite de motor, y el peso de su brazo me mantenía inmóvil tras una hilera de cajas de madera podridas.
Afuera, la lluvia empezaba a amainar, reduciéndose a un repiqueteo constante pero menos estruendoso. Eso hacía que las voces de los hombres al otro lado de la pared de chapa se oyeran con una claridad aterradora.
—Revisa el galpón —dijo una voz rasgada en español colombiano—. El camión de la carga llega en diez minutos. Si hay algún chismoso por aquí, lo borras.
Un crujido de pisadas sobre la grava mojada se acercó a la entrada.
Ladeé la cabeza y busqué los ojos de Logan. Había desaparecido por completo el tipo socarrón y distante de hacía cinco minutos, en su lugar, sus ojos verdes miraban con una frialdad estratégica, calculándolo todo. Me hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza, tranquila .
Se me apretó el estómago. Iba vestida con un traje arruinado, calzando unas bailarinas de tela que no servían para nada sobre el barro y cargando un bolso con un par de Manolo Blahnik de setecientos euros en el interior.
Pero el pánico que tenía no era por la ropa.
Era por el cañón negro de la pistola que vi asomar bajo la chaqueta del hombre que acababa de cruzar el umbral.
El tipo dio dos pasos dentro del cobertizo. La luz grisácea que entraba iluminó su rostro cruzado por una cicatriz en la ceja. Sostuvo la mirada en el suelo.
Maldita sea.
En la tierra húmeda del suelo estaban marcadas nuestras pisadas. Y, justo muy cerca desde donde intentábamos escondernos, descansaba el envoltorio brillante del pañuelo de papel que yo había usado para limpiarme el barro.
El hombre frunció el ceño. Alzó la mano hacia la cintura y empezó a desabrocharse la chaqueta.
—¡Aquí hay...! —empezó a gritar.
Logan no le dio tiempo a terminar.
Se despegó de mí con la velocidad de un felino, abalanzándose sobre el tipo antes de que pudiera sacar el arma.
Le enganchó el brazo en un movimiento rapidísimo, le arrebato la pistola en un pestañeo y le propinó un golpe certero con la culata en el cuello que envió al hombre directo contra el suelo, inanimado.
Me llevé las manos a la boca para amortiguar mi propio chillido.
Al impactar contra las tablas de madera, del bolsillo del chaleco del matón saltó despedido un pequeño objeto metálico. Rodó por el suelo hasta detenerse justo a mis pies, parecía un trozo de metal.
Solo quería salir de allí, pero al echar a correr tropecé con un saliente de madera de una caja que no vi. El bolso se me escurrió del hombro y su contenido se desparramó por el suelo. Me agaché a toda prisa y lo arramplé todo hacia dentro con las manos temblándome fuera de control.
—¡Coge el bolso y corre! —me rugió Logan, agarrándome del brazo y arrastrándome hacia una puerta trasera de madera carcomida que abrió de una fuerte patada y que daba directamente a la espesura de la selva.
—¡¿Qué pasa?! ¡¿Quiénes son esos?! —grité fuera de mí, tropezando con una raíz mientras mis bailarinas resbalaban en el fango.
—¡Gente con la que no quieres hacer un banquete de boda! —gritó él de vuelta.
Detrás de nosotros, dentro del cobertizo, sonaron voces enfadadas y el sonido inequívoco de varios disparos que atravesaron las paredes de chapa con un estruendo ensordecedor. ¡BANG! ¡BANG!
—¡Se van por el monte! —escuché gritar a uno de los hombres afuera—. ¡Atrápenlos!
Logan me empujó delante de él, adentrándonos de lleno en la maleza tupida.
El agua de las hojas gruesas nos empapaba la cara mientras esquivábamos ramas, helechos gigantes y charcos que me llegaban a los tobillos.
Mis bailarinas absorbían el agua como dos esponjas, y el barro amenazaba con arrancármelas de los pies a cada paso, pero el pánico me daba una fuerza que no sabía que tenía.
—¡A la derecha! —ordenó Logan, sujetándome por la cintura para evitar que me estampara contra un tronco caído.
A lo lejos, los gritos de los hombres y los ladridos de lo que sonaba como un perro empezaron a resonar en la espesura.
—¡Mi bolso! —chillé, reajustándomelo en el hombro de un tirón antes de que volviera a escurrirse, esta vez al barro, mientras corríamos cuesta arriba por una ladera resbaladiza y casi sin aire en los pulmones—.
¡Como se caiga aquí lo pierdo todo… las muestras del encaje, las paletas de colores, mi agenda… !
Logan soltó un resoplido, parecía divertido de verme en esa tesitura.
—Si salimos vivos de esta selva, le prometo que le compro una tonelada de encajes —dijo, arrastrándome detrás de un enorme árbol de raíces aéreas para tomar aire un segundo—. Ahora mismo lo único que me importa es que no nos conviertan en coladores.
Estábamos calados, perseguidos por sicarios armados y perdidos en medio de la vegetación colombiana.
Miré a Logan, con el agua resbalándole por la mandíbula y la pistola del tipo enganchada en la cintura de sus pantalones militares, y luego me miré a mí misma, con el pelo enredado, llena de barro y sujetando mi bolso como si fuera el santo grial.
—Si salimos de esta —dije, jadeando y mirándole fijamente—, le voy a pasar la factura de mis zapatos.
Logan dejó escapar una sonrisa en mitad del caos.
—Trato hecho. Ahora, mueva esos zapatitos que me lleva puestos si no quiere que nos alcancen.