Organización de bodas y otras técnicas de combate 6 Logan
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6 Logan

Si alguien me hubiera dicho a primera hora de la mañana que iba a terminar atrapado en un cobertizo ruinoso con una ejecutiva española con tacones y el pelo hecho un león, le habría recomendado un buen psiquiatra.

Me apoyé contra el marco de madera de la ventana rota, vigilando la pista cubierta por el diluvio.

El olor a tierra mojada lo inundaba todo.

A un par de metros, sobre una caja de fruta medio carcomida, Valentina intentaba quitarse el barro de las pantorrillas con un pañuelo de papel seco.

Salía a tiras. Cada intento fallido venía acompañado de un chasquido de lengua o un murmullo indignado en español.

Era insoportable. Y al mismo tiempo, ridículamente fascinante.

Cualquier otra persona de su entorno, de los ricos de ciudad que acudían a las galas de mis padres en Boston o Nueva York, habría roto a llorar al tercer minuto.

Ella no. Ella estaba furiosa, con el pelo revuelto y con un traje de lino de quinientos euros echado a perder, pero mantenía la espalda recta como si estuviera presidiendo una junta de accionistas.

—¿Va a seguir observándome en silencio como un asesino a sueldo o me va a decir cuánto tiempo más tenemos que esperar aquí? —preguntó sin levantar la vista de su tobillo.

—El tiempo que tarde la tormenta en amainar —contesté sin girarme—. Y si quiere un consejo, deje el pañuelo. El barro seco saldrá mejor luego.

—Gracias por la lección de supervivencia, Rambo —masculló ella. De pronto, se quedó rígida. Miró la pantalla de su teléfono.— ¡Una raya de cobertura! ¡Hay señal!

Se puso de pie de un salto, dando un traspié, y pegó la espalda a la pared de chapa buscando el ángulo. Marcó un número a toda prisa y se puso el teléfono en la oreja.

—Descuelga mamá, descuelga…. —empezó a suplicar.

Nada, nadie descolgó. Optó por hacer otra llamada.

—¿Rubén? ¡Rubén, soy yo! —su voz cambió, volviéndose ansiosa—. Escucha, he tenido un problema grave con el transporte. Estoy atrapada en una finca en mitad de la nada por la tormenta, la camioneta se ha roto y…

Se hizo un silencio. Me giré levemente para mirarla de reojo. Valentina escuchaba. La expresión de urgencia de su rostro se fue apagando poco a poco, sustituida por una frialdad plana.

—No, no estoy en el hotel —dijo ella despacio, con la voz cansada—. No, no me ha recogido ningún coche oficial. Estoy con un conductor local en un cobertizo... Sí, el traje se ha arruinado... No, no te preocupes, la reunión de las dos la voy a perder, pero escúchame…

Hizo una pausa larga. Apretó los labios.

—Ah. Entiendo. Bien, vale. Bueno, pásalo bien en la cena con los chicos. Sí, luego te escribo.

Colgó. Bajó la mano despacio y se quedó mirando la pantalla en negro durante unos segundos.

No vi rabia en sus ojos, solo cansancio.

La coraza de la gran organizadora de eventos impecable mostró, por un instante, una grieta enorme.

El tal Rubén, imagino que sería su novio, resultaba ser exactamente el tipo de imbécil que me imaginaba.

—Un tipo comprensivo —comenté con ironía, intentando romper la pesadez del ambiente.

Valentina se dio la vuelta rápidamente, recomponiendo la fachada en un segundo. Se cruzó de brazos y me clavó una mirada desafiante.

—Está muy ocupado con sus cosas en Madrid. No tiene sentido que se preocupe desde la otra punta del mundo cuando no puede hacer nada. Intentaré llamar de nuevo a mis padres, o a mi socia.

—Claro. Tu amiguito… ni siquiera pregunta si estás bien. Muy pragmático.

—A usted no le importa mi vida privada, señor "gringo" —dijo ella con tono cortante, y procedió a desviar el tema a la velocidad de la luz—.

Como tampoco me importa a mí de qué guerra han salido esos tatuajes que lleva en el cuerpo.

Por cierto, debería ponerse la camiseta, no es momento para ir en modo tarzán de la selva.

Sonreí. Era inteligente. Y rápida.

—Fuerzas Especiales —contesté simplemente—. Y no es una guerra de la que le apetezca hablar a nadie.

Apretó los labios, mirando fijamente la pantalla mientras se quejaba de la falta de señal.

—Enviaré un mensaje a mi familia, así cuando tenga algo de cobertura, si hay suerte y no se apaga antes, les llegará.

Rápidamente, pulsó el botón del micrófono y pegó el teléfono a la boca con urgencia.

—Mamá, papá, he llegado bien a Colombia —susurró a toda prisa, intentando disimular el temblor de su voz—.

Hemos tenido un pequeño imprevisto en el trayecto por culpa de unas tormentas horrorosas en la montaña, pero está todo controlado.

Voy hacia la Hacienda. Ya cuanto llegue y me instale os llamo, no os preocupéis si tardo en dar señales de vida.

Avisad, por favor, a Lara, para que esté tranquila también. Os quiero.

—Por si acaso —murmuró para sí misma—. Si tardo en llamar, al menos no enviarán a la Interpol a buscarme.

Iba a responderle algo mientras me volvía a poner la camiseta, cuando percibí algo que venía de fuera.

Un retumbo grave y sordo se filtró por encima del ruido de la lluvia.

No era un trueno. Era el rugido metálico de dos motores diésel pesados avanzando a poca velocidad por la pista forestal.

Me puse alerta en una fracción de segundo.

En esta zona, con esta tormenta y por una pista bloqueada, nadie circulaba por casualidad.

Me acerqué a la ventana rota y me pegué a la pared.

Dos camionetas todoterreno oscuras, de alta gama pero cubiertas de barro, frenaron a escasos diez metros de la entrada del cobertizo.

—¿Son los de la hacienda? —susurró Valentina, dando un paso hacia la puerta con alivio—. ¿Han venido a buscar…?

Le agarré la muñeca con la rapidez de un rayo y la tiré hacia atrás, pegándola contra mi pecho. Le puse la palma de la mano sobre la boca antes de que soltara el chillido.

—Cállate —le susurré al oído, con una frialdad que la dejó totalmente quieta, mientras miraba a través de la ventana.

Por los cristales tintados de la primera camioneta bajaron tres hombres. No llevaban trajes de chofer ni uniformes de servicio. Llevaban chaquetas impermeables oscuras, botas militares y, bajo la solapa de uno de ellos, se vislumbraba la funda de cuero de una subametralladora compacta.

Los reconocí al instante. Eran gente de Don Gonzalo. La clase de criminales que controlaban las rutas secundarias y que no dejaban testigos si alguien los pillaba en mitad de una entrega.

Joder. Maldita casualidad.

Sintiendo el cuerpo de Valentina temblar levemente contra el mío, me incliné sobre su oreja y hablé apenas sin exhalar aire:

—Escúchame muy bien. No muevas ni un músculo. Y pase lo que pase, no hagas ni un solo ruido.