Organización de bodas y otras técnicas de combate 5 Valentina
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—¿Sabe arreglarlo o solo está mirando el motor con cara de mucha concentración? —grité desde la rendija de la ventanilla, intentando que mi voz sobresaliera por encima del estruendo de la tormenta.

Logan estaba fuera, bajo el diluvio, con el capó de la camioneta levantado. La lluvia le caía a cántaros sobre la cabeza, pegándole el pelo corto a la nuca y dejando su camiseta gris completamente pegada al cuerpo.

Se giró despacio hacia mi ventanilla. La gota que le resbalaba por la punta de la nariz le daba un aire de héroe de acción de película de sobremesa, pero la mirada que me lanzó fue de puro exterminio.

—Señorita Martínez, si cierra la boca dos minutos, igual consigo oír qué le pasa a la correa —contestó en un tono helado, chorreando agua por los codos.

—¡Es que tengo una reunión a las dos con el administrador de la hacienda!

—protesté, sacando un dedo por la rendija para enfatizar mi punto y continué hablando incrementando mi nivel de nerviosismo—.

Este viaje de cuatro días está medido al milímetro.

Tengo que medir el salón, revisar los jardines, probar la iluminación y coordinarme con los proveedores locales antes de volver a Madrid.

¡No puedo quedarme varada en un charco gigante!

Logan no respondió. Soltó un taco en inglés, bajó el capó de un golpe seco que hizo retumbar todo el chasis y abrió la puerta del conductor, metiendo una ráfaga de viento y agua que me salpicó hasta las piernas.

—La correa ha muerto —dijo, pasándose la mano por la cara para quitarse el agua—. Y la camioneta también. De aquí no nos movemos.

Miré la pantalla de mi teléfono. Sin servicio .

—¿Cómo que no nos movemos? Llame a una grúa. A un taller. A un helicóptero.

—Estamos en medio de una pista forestal secundaria, la tormenta ha tirado la señal de las antenas y el agua está convirtiendo este camino en una piscina de barro —explicó con una calma exasperante mientras hurgaba en la parte trasera del coche y sacaba una mochila militar verde gastada—.

A un kilómetro de aquí hay un cobertizo de una finca abandonada.

Nos resguardamos allí hasta que pase lo gordo de la tormenta.

—¿Caminar? ¿Bajo la lluvia? —me señalé el traje de lino beige, que ya parecía un cromo, y mis pies—. ¿Con estos zapatos?

Logan se detuvo, me miró los Manolo Blahnik cubiertos de salpicaduras amarillas y soltó una risita, sin una pizca de gracia.

—O se quita los taconazos o se va a partir un tobillo a los diez metros. Y la maleta grande se queda aquí.

—¡¿Mi maleta?! ¡¿Cómo?! ¡Llevo ahí los dossiers impresos, las muestras de mantelería, tres cambios de ropa y mis cremas! Pero, ¿por qué no podemos esperar aquí dentro a que pase?

—Porque es peligroso. El camino se puede convertir en un río de barro y hay riesgo de que el todoterreno sea arrastrado.

Por no decir que sin motor no hay aire acondicionado y ahora apenas ventilación, con el calor que hace el coche será una sauna en diez minutos.

Así que elija lo que le quepa en el bolso de mano, porque yo no voy a cargar con cincuenta kilos de equipaje por un barrizal —sentenció él, colgándose su mochila al hombro y abriendo el maletero para sacar únicamente mi bolso de viaje pequeño.

Estuve a punto de sufrir una apoplejía. Con las manos temblándome de la rabia y el desespero, salí del coche y bajo el manto de lluvia espesa fui hasta el maletero, abrí la maleta y empecé a saquear mi propia vida, cogí la agenda de piel, algunas carpetas de la boda, el pintalabios, el spray de pimienta que me había regalado mi padre, un vestido y otra muda e instintivamente, en el último segundo, vi y cogí la dichosa hamaca ultraligera de Jon.

Sentí ganas de llorar al ver cómo mis cosas se quedaban allí.

—Lista —dije, cerrando el bolso de mano con furia—. ¿Va a cerrar la furgoneta, verdad? Ya que dejo aquí las cosas.

—Cámbiese los zapatos —ordenó Logan, pisando ya el barro y sin hacer ningún caso a mi pregunta.

Me descalcé, guardé los tacones en el bolso de mano y saqué de la maleta mis bailarinas.

Nada más ponérmelas y apoyar los pies en la tierra se me hundieron los pies en el barro, solté un chillido que intenté tragarme.

Logan me agarró del brazo izquierdo con fuerza firme, asegurándose para que no me resbalara.

Tenía los dedos calientes a pesar del agua.

Caminamos durante quince minutos que me parecieron tres horas.

La lluvia caía tan tupida que el mediodía parecía una noche oscura y gris.

El cielo retumbaba con truenos que me hacían dar saltitos involuntarios, pegándome al costado de Logan sin darme cuenta.

Él ni se inmutaba, avanzaba con paso seguro como si hubiera pisado barro en sitios mucho peores que ese.

Finalmente, entre la espesura de las palmeras y los arbustos tropicales, apareció una estructura vieja de madera y chapa, medio devorada por la vegetación.

—Ahí —dijo Logan, empujando la puerta de madera carcomida.

Entramos precipitadamente. El sitio era un antiguo almacén de secado de café o herramientas, abandonado hacía años, pero el techo de chapa aguantaba y estaba seco. El olor a tierra mojada, y madera vieja lo llenaba todo.

Caí sentada sobre una caja de madera rota, recuperando el aliento, con los pies totalmente cubiertos de barro y el pelo ya totalmente destartalado, cayéndome en chorretones sobre los hombros.

—Esto es un sueño —murmuré, mirando el techo—. Un mal sueño. Mañana me despertaré en mi piso de Madrid, Rubén estará haciendo un vídeo sobre avena y mi agenda estará intacta.

Logan tiró su mochila al suelo, se dio la vuelta y, sin pedir permiso ni dar explicaciones, se agarró el dobladillo de su camiseta mojada y se la sacó por la cabeza de un tirón.

Me quedé totalmente impactada. Ante mí quedó un torso ancho, fuerte, esculpido a base de ejercicio duro y no de gimnasio postureo de barrio Salamanca, cruzado por una cicatriz fina y pálida en el costado derecho y otra más gruesa cerca de la clavícula.

Tenía la piel morena, los músculos tensos por el frío de la lluvia y una serie de tatuajes militares oscuros recorriéndole el hombro y las costillas que delataban a leguas que aquel tipo había servido en el ejército.

Logan escurrió la camiseta con fuerza sobre el suelo de tierra, haciendo correr un hilo de agua, y luego se la colgó del hombro. Se giró hacia mí y me pilló mirándole fijamente.

—¿Qué pasa? —preguntó, arqueando una ceja con arrogancia—. ¿Tampoco ha visto nunca a un hombre quitarse la ropa mojada, señorita Martínez?

Tragué saliva, sintiendo que un calor absurdo y fuera de lugar me subía por el cuello.

—He visto a muchos hombres quitarse la camiseta —mentí piadosamente, irguiéndome en la caja de madera y cruzándome de brazos—. Solo comprobaba si las cicatrices eran de pelearse con la mecánica de su coche o de no saber usar las herramientas.

Logan esbozó una sonrisa diminuta, que delataba que se estaba divirtiendo peligrosamente.

—Son de no hacer caso a las advertencias —contestó, caminando hacia la entrada para vigilar la pista bajo el diluvio—. Igual que usted hoy.

Me acomodé en mi caja, abrazando mi bolso de mano contra el pecho, mientras la lluvia repicaba con violencia sobre la chapa del techo. Teníamos para largo.