4 Valentina
Si la muerte tenía un olor, estaba segura de que era una mezcla de humedad rancia, cuero viejo quemado por el sol y grasa de motor. Ese era el perfume del coche de Logan.
—¿Esto ha pasado la ITV? —pregunté, intentando no tocar nada mientras me encajaba en el asiento del copiloto.
Logan tiró mi maleta de piel al maletero trasero como si fuera un saco de patatas y cerró el portón con un golpe seco que hizo temblar el chasis.
Subió al lado del conductor, haciendo que el vehículo se inclinara bajo su peso.
Tenía unos hombros que amenazaban con reventar las costuras de su camiseta tirante.
—Aquí no hay de eso, señorita Martínez —dijo con voz grave y acento americano—. Póngase el cinturón. Si es que deja trabarlo.
Tiré de la correa de tela desgastada. Estaba bloqueada. Apreté los dientes, di un tirón seco y la correa se soltó con un chasquido violentísimo, golpeándome de lleno en la clavícula.
—¡Au! —exclamé, llevándome la mano al cuello.
Logan ni me miró. Giró la llave y el motor arrancó con un rugido agónico que sonó a cafetera gigante a punto de explotar.
—Se lo advertí —murmuró él, metiendo la marcha con un movimiento firme de la palanca.
Salimos del cobertizo a una velocidad que me pareció casi una amenaza física. El teléfono me vibró en el regazo. Lara.
—¡Lara! —chillé al responder, intentando que mi voz no temblara con los baches del camino—. Estoy de camino. Me había quedado tirada por una tormenta, pero he conseguido transporte.
—¿Por qué suena como si estuvieras dentro de una hormigonera? —preguntó la voz distorsionada de mi socia al otro lado—. Y por qué hay tanto ruido de fondo, ¿o es que estás volando en helicóptero?
—Voy en una camioneta. Con un... un guía local —dije, mirando de reojo a Logan, que mantenía las manos firmes en el volante, ignorándome olímpicamente—.
Oye, ¿has llamado a los del cátering? Necesito que te confirmen si tienen capacidad para trescientos invitados para dentro de dos meses, recuerda que debemos zanjarlo ya.
—Valentina, son las cinco de la madrugada en España. Te llamaba para ver si habías llegado viva.
—No hay descanso para el éxito, Lara. Si no cerramos eso y la prueba de menú antes de…
Una sacudida violenta del coche me cortó la frase. El teléfono salió volando de mis manos, rebotó contra el salpicadero y cayó en el hueco oscuro y lleno de polvo entre los dos asientos.
—¡Maldita sea! —me agaché a buscarlo, pero con el cinturón, que ahora sí había trabado y me aplastaba el pecho, me era imposible llegar—. ¿Puede tener un poco más de cuidado con los baches? Tengo un pasaje pagado, soy una pasajera, no un fardo.
Hurgué a ciegas en el fondo de esa grieta olvidada hasta que mis dedos tocaron el móvil.
Tiré de él hacia arriba y, al sacarlo a la luz, solté un gemido de puro asco.
La pantalla del teléfono, y toda mi palma derecha, venían cubiertas de una masa negra, densa y pringosa que olía sospechosamente a refresco de cola fosilizado de 2014 mezclado con tierra de la selva.
—Maravilloso. Sencillamente maravilloso —dije, mirando mi mano pringosa con el brazo estirado en el aire para no mancharme la ropa—. Un servicio de transporte impecable.
Logan suspiró. Fue un resoplido largo, pesado, controlando su paciencia.
—Señorita Martínez —dijo despacio, mirándome por un milisegundo con esos ojos verdes fríos que tenía—. La pista del sur no es la M-30 de Madrid que estoy seguro tanto conoce. Si quiere hablar con su secretaria, espere a que no estemos esquivando grietas de medio metro.
—No es una secretaria, es mi socia —le corregí, incorporándome como pude y ajustándome la chaqueta de lino, que ya parecía un trapo de cocina arrugado—. Y permítame decirle que si cobrara por sonreír, le aseguro que se habría arruinado en la primera hora de viaje.
—No me pagan por sonreír. Me paga el triple por llevarla viva. Concéntrese en eso.
El cielo, que hacía diez minutos era de un azul brillante, se volvió de un color gris plomo en cuestión de segundos.
Una primera gota de agua, del tamaño de una moneda de dos euros, estrelló contra el parabrisas.
Luego otra. Y en menos de un minuto, el cielo se cerró sobre nosotros con una furia implacable.
El limpiaparabrisas empezó a moverse con un chirrido agónico ( clac-clac, clac-clac ), apartando el agua a duras penas. El camino de grava desapareció bajo una corriente de barro marrón que amenazaba con tragarse las ruedas.
—Genial —murmuré, mirando por la ventana—. Esto es un sueño. Menudo inicio de viaje. Mi moño se ha deshecho, mi traje está ya totalmente arruinado y ahora me voy a ahogar en un barrizal en mitad de la nada con un gringo que no ha aprendido ni los modales básicos.
Logan apretó el volante. Vi cómo se le marcaban los tendones del antebrazo, seguramente a punto de explotar. Lo cual me daba absolutamente igual.
—¿Siempre habla tanto cuando está nerviosa? —preguntó sin quitar la vista de la pista sumergida.
—No estoy nerviosa. Estoy coordinando.
—Pues coordine el silencio, por favor. Necesito oír el motor.
Le clavé una mirada que habría derretido el acero. Abrí la boca para soltarle una réplica a la altura de mis años en la gestión de eventos VIP, pero en ese preciso instante, el motor del todoterreno dio un fuerte petardeo seco. POP.
El coche dio un tironazo, la aguja de la velocidad cayó a cero y el vehículo se detuvo en seco en mitad de un charco gigante, rodeado por la selva que rugía bajo la lluvia.
Nos quedamos en absoluto silencio. Solo se oía el golpe del agua que ya caía violentamente contra el techo de chapa. Miré a Logan, mientras Logan miraba el volante.
—Dígame que esto forma parte del servicio de lujo —dije con un hilo de voz.
Logan soltó el volante, se pasó las dos manos por la cara y pronunció una sola palabra en inglés que no necesitaba traducción.