Organización de bodas y otras técnicas de combate 3 Logan
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3 Logan

El calor a las once de la mañana en este rincón de Colombia no perdonaba. Era un bochorno pesado que se te pegaba a la camiseta y te hacía oler a polvo y sudor.

Le solté un gancho de izquierda al saco pesado de lona. El impacto retumbó en las paredes de chapa del gimnasio.

—Más a la cadera, gringo —gritó Mateo desde la otra esquina del local, mientras le ajustaba los guantes a un chaval de catorce años—. Que pareces un poste de madera atornillado al suelo.

—El poste de madera te sacó de quicio en el combate de la semana pasada, viejo —respondí con mi español áspero, con mi acento americano que cinco años en Sudamérica no me habían conseguido borrar.

—Eso fue chiripa. Tuve un tirón en la espalda —se justificó Mateo, soltando una carcajada.

Me sequé la frente con el dorso del antebrazo y fui hacia el banco de madera donde tenía la botella de agua.

El Campeón no era un gimnasio de lujo. El techo de chapa acumulaba más calor que un horno de panadería y la mitad de los sacos tenían parches de cinta americana.

Pero ahora era mi sitio. Después de colgar el uniforme de las Fuerzas Especiales, de dejar atrás las misiones en Oriente Medio y los tres féretros cubiertos con la bandera que me rompieron el alma por dentro, este agujero era lo único que mantenía mis demonios a raya.

Aquí nadie me preguntaba por qué el hijo de una familia de empresarios con hoteles en la Costa Este de Estados Unidos había terminado viviendo en una casa de madera junto a la selva. Aquí solo importaba si sabías cubrirte la cara y si tenías la decencia de no hacer preguntas.

Mi teléfono sonó sobre la madera del banco. Miré la pantalla. Un número de Nueva York. Mi madre. Estuve a punto de dejar que se colgara la llamada, pero al final deslicé el dedo por la pantalla.

—Dime.

—Logan, por fin te dignas a coger el teléfono —la voz de mi madre sonó perfecta, filtrada por la señal de alta definición desde su despacho en Manhattan—.

Tu padre está organizando la cena anual de la fundación en el hotel de Boston a finales del mes que viene.

Le gustaría que vinieras. Nos haría bien a todos verte con un traje decente y no... donde sea que estés metido.

—No voy a ir, mamá. Tengo trabajo aquí.

—¿Trabajo? Logan, sigues jugando a los soldados retirados en medio de la nada. Tu hermano ya está llevando la expansión de los hoteles y tú...

—Estoy bien donde estoy —la corté, procurando mantener la voz neutra—. Saluda a papá y a Thomas de mi parte.

Colgué antes de que empezara el sermón habitual sobre sentar cabeza y el deber familiar. Guardé mi teléfono y cogí una trapo para limpiarme el sudor que me caía por la frente.

—Otra vez tu vieja, ¿no? —preguntó Mateo, acercándose con una sonrisa socarrona.

—No empieces, Mateo.

—No digo nada, mijo. Solo digo que un hombre tan joven no puede vivir como un ermitaño metido en la selva. Te falta alegría. Te falta una mujer que te desmonte el esquema militar ese que llevas pegado en el culo.

—Lo que me falta es que la bomba de la camioneta no vuelva a fallarme esta tarde, con eso me es suficiente —refunfuñé, caminando hacia la entrada del cobertizo donde tenía aparcado mi viejoa furgoneta.

En ese preciso instante, el crujido de la grava anunció que alguien se acercaba. Y no era ninguno de los chicos del barrio. El sonido me pareció el de unos taconazos rítmicos y decididos repicando contra el barro seco, acompañados por el chirrido agónico de unas ruedas de plástico.

Me asomé un poco, para ver quién se acercaba, y me quedé paralizado.

La mujer que avanzaba por el callejón parecía haber caído de un helicóptero que venía directo de una pasarela de moda de Europa.

Llevaba un elegante traje de chaqueta claro, unas gafas de sol oscuras y una melena castaña un poco revuelta, que intentaba contener en un moño estricto.

Arrastraba una maleta de piel grande que valía más que mi camioneta entera y llevaba otra maleta de mano colgada del hombro como si fuera un escudo de armas.

Era la estampa perfecta de todo lo que aborrecía de la alta sociedad de la que había huido, una tía estirada, fuera de sitio y gritando "control absoluto" por cada poro de su piel.

Se detuvo a dos metros de mí. Se quitó las gafas de sol con un gesto rápido y me clavó sus ojos verdes brillantes, que se percibían cargados de agotamiento y algo de rabia.

—Buenas tardes —dijo. Su español era perfecto, no de la zona, con acento español—. Me han dicho en el puesto de jugos que aquí hay alguien con un todoterreno adaptado.

La miré de arriba abajo. Las punteras de sus zapatos, que parecían también caros, estaban cubiertas de polvo amarillo y tenía una pequeña mancha de sudor en el cuello de la camisa. A pesar de la fachada de institutriz enfadada, era una mujer atractiva, de eso no había dudas.

—No es un todoterreno. Es una camioneta. Pero, depende —contesté despacio, cruzándome de brazos—. ¿Quién lo pregunta?

—Me llamo Valentina Martínez. Soy la directora de organización de Aura Events —dijo, sacando una tarjeta de visita de su bolso de mano, con una rapidez profesional absurda y extendiéndomela.

Yo ni me moví para cogerla. Volvió a meterla en el bolso— Necesito llegar a la Hacienda San José antes de las tres de la tarde.

El transporte oficial se ha averiado y me han dicho que la ruta principal está bloqueada.

Solté un bufido seco y me pasé la mano por la nuca.

—Olvídelo. La pista del sur está hecha un barrizal y además, viene una tormenta de las gordas en menos de una hora. Nadie con dos dedos de frente se mete hoy por ahí.

Valentina dio un paso adelante. El taconazo resonó con fuerza sobre la tierra.

—No le he preguntado si tiene dos dedos de frente o si va a llover, señor...

—hizo una pausa, mirando mi camiseta sin mangas manchada de aceite de camioneta y mis pantalones militares gastados—.

Señor "gringo". Le he preguntado si tiene un vehículo capaz de llegar. Pago el doble de la tarifa habitual.

Mateo, que se había asomado por detrás de mí con una sonrisa de oreja a oreja, soltó una risita boba.

—Oiga, doña, el gringo aquí presente se llama Logan. Y el coche llega hasta la luna si él quiere.

Le clavé una mirada asesina a Mateo, pero él solo me guiñó un ojo. Valentina me miró de nuevo, levantando ligeramente la barbilla.

—El triple —sentenció ella, sacando la cartera de su bolso de mano con determinación—. Le pago el triple de lo que pida si me mete en esa hacienda antes de las tres. Tengo una boda multimillonaria que organizar y no voy a dejar que un poco de barro y un chofer estancado arruinen mi empresa.

Nos quedamos en silencio durante tres segundos eternos. El choque de sus ojos desquiciados contra los míos serenos era casi palpable.

—Es una locura, señorita… Martínez —dije, aunque mi voz ya no sonaba tan firme.

—Es mi trabajo —replicó ella, sin dar un solo paso atrás—. ¿Nos vamos o va a seguir mirándome como si fuera un alienígena?

Mateo me dio una palmadita en la espalda que sonó como un disparo.

—Ponle gasolina al tanque, Logan. La dama tiene prisa.