2 Valentina
Nuestra oficina de Aura Events estaba ubicada en una de las calles más cotizadas del barrio de Salamanca.
Tenía techos altos, molduras de época, un ventanal que daba a un patio arbolado y una superficie total de aproximadamente doce metros cuadrados.
Era un cuchitril ridículamente caro bien decorado con cuatro cosas, pero la dirección en la tarjeta de visita pagaba las facturas.
Lara y yo estábamos apretadas contra la mesa de cristal, rodeadas de planos, muestras de mantelería de lino y dos tazas de café del tamaño de macetas.
—O sea, que el guapo oficial ni siquiera levantó la vista del atún —dijo Lara, dando un sorbo a su café mientras tecleaba con la otra mano en el portátil.
—Dijo que la luz era buena —maticé, repasando el itinerario por tercera vez—. Y que si me acompañaba a Colombia cuando se celebre la boda, se sacaría unos reels en la selva.
Lara se detuvo, me miró por encima de sus gafas de pasta y soltó un bufido.
—Valentina, cariño, te lo digo con todo el amor de socia tuya y el rigor de mi amistad, Rubén tiene la profundidad emocional y el cerebro de un ficus. De plástico, además. De los que ni necesitan agua.
—Está muy ocupado con sus cosas, Lara. Tampoco es que yo sea la novia del año.
—Tú estás manteniendo a flote una empresa mientras él se hace fotos en calzoncillos para marcas de batidos. Hay una ligera diferencia. Pero en fin, no hablemos del Ficus. Centrémonos en la Hacienda San José.
El contrato que habíamos conseguido era una joya.
Se casaba el hijo de uno de los hombres más ricos e influyentes de España con la joven heredera de una familia tradicional colombiana.
La ceremonia se celebraría en una hacienda histórica convertida en hotel cinco estrellas, cerca de la región de la Orinoquía, rodeada de vegetación salvaje y riachuelos cristalinos.
La idea era organizar una boda de lujo absoluto.
—El plan es impecable —expliqué, señalando los esquemas en la pantalla—.
Yo me marcharé la semana que viene allí unos cuatro días.
No necesito más. Llego al aeropuerto regional, me recoge el transfer privado de la familia de la novia que me lleva directo a la hacienda.
Y durante esos días reviso todos los detalles al dedillo, el gran salón, sus jardines, compruebo la logística, iluminación, mido las distancias, me informaré sobre los proveedores locales, me reuniré con el administrador y también con la novia que se desplazará hasta allí un par de días, así cerraremos algunos detalles más personales y me vuelvo a Madrid.
A partir de ahí, ya iremos organizando todo desde aquí mediante videollamadas hasta las semanas previas a la boda. Una visita relámpago, milimétrica.
—Perfecto —asintió Lara—. Por cierto, acabo de llamar al proveedor de la iluminación para cerrar los presupuestos de la semana que viene.
Me quedé mirándola, arqueando una ceja.
—¿A Luis?
Lara se puso roja como un tomate en cuestión de medio segundo.
—Era una gestión puramente profesional, Valentina.
—Sí, imagino que como todas las llamadas que haces con él… Y… ¿ te ha temblado la voz?
—Solo le he dicho «gracias» dos octavas más alto de lo normal y se me ha caído el bolígrafo al suelo. Una pequeña catástrofe. Cambiemos de tema, por favor. ¿Has cogido ya los vuelos?
—Algún día vas a tener que lanzarte, Lara. El tío lo merece, menudos brazos tiene. Además, parece encantador.
—Lo es…
Lo era, la verdad. Luis no solo era el jefe de la empresa de iluminación más cotizada de Madrid, además estaba como un tren.
El problema era que Lara llevaba más de un año trabajando codo con codo con él, completamente colada, y su estrategia de seducción consistía básicamente en entrar en pánico cada vez que se cruzaban en un montaje de boda, tirarle cosas al suelo o balbucear como un pajarillo asustado.
Yo no paraba de repetirle que perdiera la vergüenza de una vez y le propusiera tomar algo fuera del trabajo, una cerveza, algo informal, pero ella se aferraba a la dignidad profesional como si fuera una barrera infranqueable.
Según su teoría, arriesgarse a un rechazo de Luis destruiría el equilibrio del universo y la logística de nuestras carpas iluminadas.
Y podía acabar siendo una auténtica tragedia a gran escala.
Durante los siete días siguientes, mi vida se convirtió en una carrera de obstáculos logísticos que logré superar gracias a mi sistema infalible, mis seis agendas, finas y de colores distintos.
Una para los vuelos y reservas, otra para la logística del evento, una tercera para los proveedores colombianos, la cuarta exclusivamente para emergencias, la quinta para mi equipaje (organizado por capas e imprevistos meteorológicos) y la sexta...
bueno, la sexta era para apuntar lo que se me pudiera olvidar en las otras cinco.
La única sombra de la semana en toda esa preparación y en mi ilusión con el viaje, fue mi despedida con Rubén.
O, más bien, la falta de ella. Le dio exactamente igual que me fuera a la otra punta del mundo durante dos semanas, cuando me despedí de él, apenas levantó la cabeza del teléfono porque estaba demasiado ocupado analizando las métricas de su último reel sobre una firma de moda.
El desinterés era tan flagrante que el cansancio acumulado me cayó de golpe.
En ese momento lo vi con una claridad brutal, nuestra relación era una cáscara vacía, dos personas compartiendo media vida por inercia que ya no se aportaban nada.
Decidí que, en cuanto regresara de Colombia, lo mejor sería poner punto y final a ese sinsentido y dejarle vía libre para que se casara, si quería, con sus redes sociales o se buscara a alguna influencer que compartiera ese mundo que tanto le llenaba.
El martes, a las seis de la tarde, con la maleta de mano y una maleta gigante de piel rígida ya facturada, hice la llamada de rigor a Málaga antes de cruzar el control de seguridad de Barajas.
—¿Llevas los repelentes de mosquitos? —fue la primera frase de mi padre al coger el teléfono.
Nada de «hola, hija» o «buen viaje».
—Hola, papá. Sí, llevo un bote entero.
—Valentina, allí los mosquitos son como gorriones.
Y no te fíes de los taxis que no tengan número oficial en la puerta.
Si ves a alguien que te sonríe demasiado en la calle, no sonrías.
La sonrisa transmite debilidad operativa.
Y el bolso, siempre cruzado en la pechera, nada de colgarlo del hombro como si fuera un saco de patatas.
—Tomo nota, inspector Martínez —sonreí, apretando el teléfono contra la oreja—. Prometo no transmitir debilidad operativa a nadie.
—Pásamela, Manuel, que no la vas a dejar ni embarcar —escuché la voz de mi madre de fondo antes de que tomara el relevo al teléfono—.
Hija, no le hagas mucho caso a tu padre, que ya sabes que ve conspiraciones hasta en la cola del supermercado.
¿Llevas una rebeca por si acaso el aire acondicionado del avión está fuerte?
—Llevo de todo, mamá. Quédate tranquila.
—Avísanos en cuanto aterrices, ¿vale? Aunque sea un mensaje rápido.
—Sí, claro. En cuanto tome tierra os escribo —le aseguré mientras avanzaba en la fila del control de seguridad—.
Pero acordaos de lo que os dije, la hacienda está en una zona un poco aislada de montaña y a lo mejor la cobertura va y viene.
Si paso unas horas sin dar señales de vida, no entréis en pánico ni mandéis a la Interpol.
Intentaré ir informándoos en cuanto enganche datos o una red Wi-Fi decente.
—Está bien, cariño. Disfruta mucho, haz un trabajo estupendo como siempre y cuídate. Te queremos.
—Y yo a vosotros. Un beso enorme a los dos.
Nada más colgar con mi madre, busqué el contacto de Jon y le marqué.
—¡Valen! —la voz de Jon retumbó al otro lado con el sonido de fondo de las olas y el viento de Tarifa—. Oye, dime que al final la has metido. ¡Dímelo!
Puse los ojos en blanco, incapaz de contener la risa mientras avanzaba por el pasillo hacia la puerta de embarque.
Jon llevaba una semana entera dándome la tabarra, a todas horas y por todos los medios posibles, para que me llevara algunas cosas que me podían ser útiles, entre ellas la dichosa hamaca ultraligera de nylon que me había regalado por Navidad.
Una cosita de nada que se plegaba hasta ocupar el tamaño de un puño y que, según su lógica de surfista, era un elemento de supervivencia básico que podía ayudarte mucho en cualquier sitio.
Le había repetido hasta la saciedad que iba a una hacienda de súper lujo y no a hacer un reality de supervivencia, pero su insistencia fue tan desmesurada, que al final la metí en la maleta solo para que dejara de darme la brasa.
Ni yo misma sabía por qué le había hecho caso.
—Jon, por favor… voy a un resort de cinco estrellas con sábanas de quinientos hilos, no me voy de acampada con los Boy Scouts —resoplé, riéndome—. Pero sí, la he metido en el bolsillo lateral de la maleta. Solo para poder decírtelo, sin engañarte, y que me dejes en paz.
—¡Sabía que tu instinto de supervivencia escondido saldría a la luz!
—exclamó él—. Has hecho lo correcto, Val.
En la selva o una playa, nunca se sabe cuándo vas a necesitar colgarte entre dos palmeras a ver atardecer.
Y hazme un favor, ya que estás allí desmelénate un poco, ¿vale?
Suéltate ese moño estirado de institutriz alemana que me llevas siempre y respira aire tropical.
Que cuando trabajas parece que vas a dar una conferencia de macroeconomía en vez de a organizar una boda.
—Acepto el consejo, pero el moño no se toca, que es mi seña de identidad profesional —bromeé—. Jon, me toca embarcar ya.
—Pásalo bien, Doña Perfecta. Cuídate mucho y mándame fotos de las palmeras.
—Te quiero, Jon. Hablamos en cuanto pueda.
Volé en primera clase, a costa de mis clientes.
Durante diez horas de trayecto, mientras la cabina estaba en penumbra y el resto de los pasajeros dormía, yo estuve subrayando con tres fosforitos diferentes el dossier que ya estábamos preparando para el evento, posibles tiempos de montaje, plan B por si llovía, lista de floristas locales que había estado buscando, posibles menús, y decenas de cosas más.
Todo perfectamente estructurado. Todo bajo un control absoluto.
Hasta que aterricé.
Hacía años que no sentía una bofetada térmica como la que me dio el aire al salir por la manga del pequeño aeropuerto regional.
El calor que hacía allí no era calor, era una sopa densa y húmeda y que se te pegaba a la piel.
En menos de cuarenta segundos, el peinado impecable que me había hecho en Madrid colapsó por completo, transformándose en una melena encrespada con vida propia.
Pasé el control de aduanas, recogí mi maleta gigantesca, que pesaba como si llevara adoquines dentro, y salí a la zona de llegadas de la terminal.
Busqué con la mirada. Había un tipo con un cartel que ponía Mr. Smith , otro con un papel de un hotel local, y varios taxistas locales voceando. Pero nadie llevaba un cartel con mi nombre ni el emblema de la Hacienda San José.
Miré la hora en mi reloj. Las diez y diez de la mañana. El chofer privado de la hacienda llevaba diez minutos de retraso.
Saqué el teléfono del bolso. En el instante en que me conecté a la red local, saltó una ráfaga de notificaciones y un mensaje urgente del administrador de la hacienda:
Señorita Martínez, mil disculpas. La camioneta VIP que tenía que recogerla ha sufrido una avería grave en el eje delantero en la carretera de la costa y el chofer está bloqueado.
Además, hay un paro de transporte en la carretera principal hasta mitad de la tarde.
Nosotros no podemos enviarle otro vehículo hasta mañana por la mañana.
Lamento los inconvenientes, puede reservar alguna habitación en algún hotel cercano y mañana pasaremos a recogerla.
Me quedé congelada en mitad del vestíbulo del aeropuerto, rodeada de turistas en chándal y familias cargadas de cajas.
—¿Mañana? —murmuré para mí misma, sintiendo como una gota de sudor frío y de humedad tropical me resbalaba por la nuca—. No, no, no. Mañana no. Tengo una reunión hoy a dos de la tarde. Si la pospongo la agenda de la semana se me va a la porra. Le escribí al administrador inmediatamente:
Tiene que haber otra opción. Un taxi privado, un servicio de alquiler, lo que sea. Necesito llegar hoy.
La respuesta del hombre tardó tres segundos en llegar:
Por la ruta principal no está pasando nadie por el bloqueo.
La única forma de llegar a la hacienda hoy es por la pista forestal del sur.
Ningún chofer de ciudad o taxi de la terminal querrá meter su coche por ahí y más hoy, que se prevé tormenta.
Salvo que encuentre a alguien con un todoterreno adaptado o un guía local que conozca el camino viejo.
Lo siento mucho. Mañana no habrá problema.
Respiré hondo. Me sequé la frente con un pañuelo de papel que se deshizo al instante por la humedad, me agarré con fuerza al tirador de mi maleta de piel y me encaminé hacia la salida del aeropuerto.
El suelo fuera no era de asfalto liso, sino de grava y tierra batida. Las ruedas de mis maletas de diseñador empezaron a chillar como almas en pena mientras yo avanzaba a duras penas, sintiendo cómo mis taconazos se hundían en las chinas del camino.
—Perdone —le dije en tono firme pero educado a un hombre que vendía jugos de fruta en un puesto junto a la parada de taxis—.
Necesito contratar a alguien con un coche resistente.
Un todoterreno o una camioneta grande para ir hacia la zona de San José por la pista del sur.
Pago bien. ¿Tiene idea de dónde puedo encontrar a alguien? ¿Alguna empresa?
El hombre me miró de arriba abajo, mi traje de chaqueta ligero color crema, ahora arrugado y con todos los bajos manchados de polvo, con mi maleta de marca y mi melena encrespada y la expresión de desesperación contenida.
Soltó una risita y señaló con la cuchara hacia un cobertizo de chapa que se veía al fondo de la calle principal, junto a un edificio bajo de pintura desconchada.
—Para meterse por la pista del sur hoy, señorita, los taxistas de aquí no le van a servir —dijo el hombre—. Vaya allí. Pregunte por el americano. Si tiene el día tonto y le paga suficiente, igual la lleva en la camioneta vieja antes de que caiga la tormenta.
Miré hacia el cobertizo al que había apuntado y me dirigí hacía allí. El letrero de madera de la entrada estaba carcomido por el sol, pero se leía con claridad: Gimnasio de Boxeo El Campeón.
Agarré mi maleta con todas mis fuerzas, ignorando el dolor en los dedos de los pies y el calor sofocante que empezaba a hacer que la ropa se me pegara al cuerpo, y eché a andar hacia el cobertizo a pasos agigantados.
Iba a llegar a esa hacienda hoy. Como que me llamaba Valentina Martínez.
Escuché los ruidos de golpes en sacos antes de pasar el umbral de la entrada.