Organización de bodas y otras técnicas de combate
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1 Valentina
El problema de las copas de cristal de Bohemia no es que sean caras, es que rompen a una frecuencia auditiva que solo los perros y las organizadoras de eventos al borde del colapso nervioso pueden detectar.
—Dime que eso ha sido un hielo cayendo al suelo —murmuró Lara por el pinganillo.
—Ha sido una copa de champán de noventa euros. Y la ha tirado el embajador —respondí bajo, resguardándome tras un pilar de mármol del nuevo Hotel Gran Vía Palace .— Lara, los arreglos florales de la entrada me parecen coronas de difunto. Te pedí hortensias blancas, no crisantemos.
—El proveedor se equivocó de furgoneta, Val. Decía que las hortensias estaban en el evento de una misa funeral en la Moraleja. Si quieres voy y se las quito a los parientes.
Respiré hondo. Llevaba unos taconazos de doce centímetros de Manolo Blahnik que, tras varias horas de pie, ya no los sentía como zapatos, sino como dos cepos medievales abrazando mis metatarsos.
—No desenterremos a nadie todavía —dije.
Me agaché con una agilidad casi acrobática, me descalcé en una milésima de segundo en la penumbra del pasillo VIP, cogí un par de tijeras de poda enanas que siempre llevaba en el bolso de mano y le recorté los tallos a los crisantemos a toda prisa, reorganizándolos en abanico para que parecieran peonías exóticas.
— Listo. Nadie sabrá si estamos de inauguración o de luto. Por cierto, ¿has visto a Luis?
Al otro lado de la línea, Lara ahogó un gemido. Luis era el encargado de la iluminación técnica, un chico con unos brazos que hacían suspirar a las paredes y una sonrisa que a Lara la dejaba en cortocircuito.
—Está junto al estanque de luces —susurró ella—. Llevo diez minutos mirando la pantalla de control para no mirarle a él. Me tiemblan las manos, Valentina. Voy a fundir los plomos.
—No vas a fundir nada. Vas a ir, le vas a pedir la lista de vatios con tu mejor sonrisa y le vas a proponer tomar un café mañana. Estudiamos Gestión Cultural para terminar dirigiendo esto, Lara, así que no me digas que te da miedo un técnico de luces de metro ochenta y cinco.
—Tú porque tienes a Rubén y el futuro resuelto.
Sentí una punzada en el estómago al oír ese nombre, pero la aparté rápido.
—Sí, clarísimo —ironicé.
Ajusté mi chaqueta de traje a medida, me volví a calzar entre ahogados temblores de dolor y salí de nuevo al salón principal a sonreír a la jet set madrileña.
La fiesta fue un éxito rotundo. Nadie supo que el embajador estuvo a punto de resbalar con su propio champán ni que las flores habían estado a punto de ir a un velatorio. Aura Events lo había vuelto a hacer.
Habiendo caído ya la noche, mientras el equipo recogía, me refugié en el camerino secundario para respirar. Mi teléfono vibró. Mi madre.
—Valentina, hija, ¿has cenado? —fue lo primero que soltó Mari Carmen sin decir ni hola.
—Hola, mamá. Sí, estoy en ello.
—No me mientas, que te conozco. Tu padre dice que te ha visto… que has salido en una foto de la revista del corazón esa de Instagram detrás de una marquesa y que tienes cara de estar anémica. Te lo dice él, que de desnutrición en la comisaría ha visto mucho.
—Mamá, eran las luces de los fotógrafos que habían por allí. Estoy bien.
—Tu padre también me dice que te diga que no descuides nunca ese bolso tan caro que llevas siempre abierto en los eventos de ricos, que ahí hay mucho espía de guante blanco. Y que te compres un spray de pimienta si vas a volver tarde a casa.
Sonreí, sintiendo casi ese calorcito de Málaga al hablar con mi madre que tanto echaba de menos en Madrid.
—Se lo agradezco al inspector Martínez. Dile que sigo llevando el silbato de emergencia en el llavero que me regaló cuando me fui a la universidad.
—Más te vale. Te paso a tu hermano, que está aquí pesado insistiendo en que quiere hablar contigo.
—¡Valen! —la voz de Jon entró como una ola de aire fresco—. Dime que estás despatarrada en el sofá con un pijama feo.
—Estoy en un camerino de cinco estrellas con unos zapatos que son delito contra los derechos humanos, Jon.
—Es que no aprendes. Vente el fin de semana a Tarifa conmigo, venga. Te alquilo una tabla, te metes al agua, te caes tres veces, tragas sal y se te quita toda esa tontería de la alta sociedad. Necesitas desmelenarte, nena. Estás tan estirada que un día vas a chascar como un palo seco.
—Tengo un negocio que mantener, surfista. Alguien tiene que ser la adulta en la familia mientras tú vas con el pelo tiñoso descalzo todo el día.
—Yo no llevo el pelo sucio. Pero lo que tú digas, Doña Perfecta. Pero si no te desmelenas tú, la vida te va a dar un empujón. Te conozco.
Negué con la cabeza, esbozando una sonrisa a regañadientes.
Mi hermano, tres años menor que yo, había bajado unos días a Málaga para visitar a mis padres, pero su mente y su corazón seguían fijos en Tarifa.
Allí regentaba junto a un par de socios una pequeña escuela de surf y alquiler de material en la playa, un negocio humilde pero suficiente para poder disfrutar de una vida tranquila, descalza y pegada al mar que tanto lo definía.
Aunque nuestras prioridades no podían ser más opuestas, nos llevábamos de maravilla, y siempre me quedaba con la espinita clavada de que pasábamos mucho menos tiempo juntos del que me gustaría.
Tras colgar, me cambié por unas bailarinas de emergencia que llevaba en el bolso, un invento que debería tener una estatua en el centro de Madrid, y fui al restaurante donde me esperaba Rubén.
El sitio era de esos donde te sirven tres guisantes sobre una piedra plana y te cobraban el sueldo de un mes. Encontré a Rubén sentado en el rincón con mejor luz, con su aro de luz portátil enganchado al teléfono.
—Llegas tarde, Val —dijo sin levantar la vista de la pantalla—. He tenido que pedir el entrante porque la luz de las nueve y media era perfecta para el story . Míralo, ¿a que queda brutal la textura del atún?
—Hola a ti también, Rubén. Sí, el atún tiene una pinta increíble —dije sentándome a su lado. Le di un beso en la mejilla, él ni se inmutó, ocupado en encuadrar el plato con dos dedos.
—Oye, me han escrito de la marca de batidos proteicos. Quieren que hagamos un viaje juntos a Bali el mes que viene. En plan pareja fitness y ejecutiva. Pero tendrías que salir en tres vídeos como mínimo.
—Rubén, yo no bebo batidos de proteína. Saben a tiza. Y tengo tres bodas cerradas para ese mes.
Él suspiró, dejando el teléfono sobre la mesa como si le pesara la existencia.
—Es que no apoyas mi marca personal, Valentina. La gente quiere ver mi vida real, y mi vida real incluye a mi novia. Aunque últimamente parece que estoy soltero porque nunca tienes tiempo para una foto decente.
Miré a Rubén. Era guapo, con su mandíbula marcada y su pelo perfecto.
Pero mirarle a los ojos era como mirar una ventana con un marco precioso de madera sin nada detrás.
Llevábamos un año saliendo por pura inercia, porque encajábamos en las listas de invitados y porque a mi agenda sobrecargada le venía bien un novio que no exigiera conversación profunda.
De pronto, mi teléfono emitió el tono VIP de correo electrónico. Abrí el mensaje. Era un correo oficial de la asistenta de un magnate del sector textil español que se casaba en tres meses y con los que habíamos estado hablando y preparándoles propuestas durante las últimas semanas.
Estimada Valentina: Nos complace informarle de que Aura Events ha sido seleccionada para la organización integral de la boda del hijo del señor Montero en Colombia. La ceremonia y recepción se celebrarán en la Hacienda San José…
Me quedé sin aire. Se me aceleró el corazón a mil revoluciones.
—¡Nos lo han dado! —exclamé en un susurro chillón—.
¡Rubén! ¡Nos han dado el contrato de la boda en Sudamérica!
Es una fortuna… ay Dios… ¡No me lo creo!
Pero además... es que si esto sale bien, podríamos incluso abrir sede en Estados Unidos, ¿te imaginas?
Podría ser el salto internacional de la empresa.
Rubén ni pestañeó, seguramente ni me había escuchado. Ajustó el plato de atún, volvió a coger el teléfono y sonrió a la cámara frontal.
—¿Me has oído? Esto lo cambia todo. Tendré que irme pronto unos días a inspeccionar el terreno para poder organizar el evento perfecto.
—Ah, qué bien, mi amor. Colombia... Oye, ¿allí hay buenas playas? Si voy a verte un fin de semana igual puedo sacarme unos reels guapos en la selva, rollo explorador.
Lo miré durante tres segundos eternos. El ruido del restaurante se apagó.
—Sí —dije despacio, guardando el teléfono en mi bolso con los dedos temblorosos—. Seguro que sí.