Capítulo 9
Elena ya no reconocía su propio cuerpo.
Sus senos habían superado ampliamente la copa K.
Eran auténticas ubres masivas, pesadas, colgantes pero firmes, tan grandes que le costaba abrazarse a sí misma.
Cada uno era más grande que su cabeza. La piel estaba extremadamente tirante, brillante, con venas gruesas visibles.
Sus pezones, ahora enormes y permanentemente erectos, goteaban leche de forma casi constante.
Esa noche, con Sofía todavía en el apartamento, todo llegó al límite.
Sofía ya había cambiado visiblemente. Sus senos, antes una copa D, ahora eran una F generosa y seguían hinchándose mientras seguía bebiendo de los pechos de Elena.
La morena estaba completamente desnuda, arrodillada entre las piernas de su amiga, mamando con avidez de uno de sus pezones mientras gemía sin parar.
Marcos observaba sentado en el sillón, con la polla dura en la mano, dirigiendo la escena.
—Más fuerte, Sofía. Saca toda esa leche —ordenó con voz ronca.
Elena estaba recostada en la cama, con la espalda apoyada en varios cojines, sosteniendo uno de sus propios senos gigantes con ambas manos para facilitarle el acceso a Sofía.
El placer era abrumador. Sentir cómo su mejor amiga bebía de ella, cómo su leche provocaba que el cuerpo de Sofía se transformara, la tenía al borde constante del orgasmo.
—Sofía… estás creciendo tan rápido… —jadeó Elena, mirando cómo los senos de su amiga se hinchaban visiblemente, volviéndose más redondos y pesados.
Marcos se levantó y se unió. Se colocó detrás de Sofía y la penetró de una sola estocada mientras ella seguía mamando del pecho de Elena. El movimiento hacía que la boca de Sofía succionara con más fuerza.
—Ahhh… ¡sí! —gritó Sofía, con la boca llena de leche.
La habitación se llenó de sonidos obscenos: succión húmeda, gemidos, el golpeteo de la carne y el constante goteo y chorros de leche.
Marcos follaba a Sofía con fuerza mientras esta seguía bebiendo. Elena, mientras tanto, tenía el otro pecho libre y se ordeñaba a sí misma, rociando leche sobre su propio cuerpo y el de Sofía.
—Esto es demasiado… —gimió Elena—. Mis tetas no paran de crecer.
Era verdad. Cuanto más excitada estaba, más leche producía y más crecían. Ya rozaban la copa L. Se veían casi caricaturescos de tan grandes. Le costaba respirar normalmente por el peso sobre su pecho.
Marcos sacó su polla de Sofía y se acercó a Elena.
—Hoy vas a entender que ya no hay vuelta atrás —dijo con voz oscura y excitada.
Colocó su polla entre los senos masivos de Elena y empezó a follarse sus tetas con embestidas profundas.
La carne blanda y caliente lo envolvía completamente, lubricada por litros de leche.
Sofía se subió encima de Elena y empezó a frotar su coño contra uno de los pezones gigantes mientras mamaba del otro.
Elena estaba perdida en un mar de placer. Dos bocas y un cuerpo usando sus senos gigantes. Orgasmo tras orgasmo la atravesaban. Cada vez que se corría, sus pechos expulsaban leche a chorros potentes, bañando a Sofía y a Marcos.
—Quiero que sigan creciendo… —suplicó Elena entre lágrimas de placer—. No quiero que paren nunca. Quiero ser vuestra vaca lechera gigante.
Marcos gruñó y se corrió violentamente entre sus tetas, cubriéndolas de semen espeso que se mezclaba con la leche. Sofía también se corrió frotándose contra el pezón, temblando.
Cuando terminaron, los tres se quedaron jadeando. Los senos de Elena eran claramente más grandes que al inicio de la noche. Ya estaban entrando en territorio de copa M. Imposibles. Obscenos. Perfectos para su nuevo destino.
Elena acarició sus enormes tetas, sintiendo su peso descomunal, y sonrió con rendición total.
—Ya no hay marcha atrás… y no quiero que la haya.
Marcos besó su frente sudorosa y luego uno de sus pezones hinchados.
—Bienvenida al punto de no retorno, mi amor.