Ordeñada Capítulo 10
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Capítulo 10

Habían pasado tres semanas desde aquella noche con Sofía.

Los senos de Elena ya no se medían con copas normales.

Eran colosales. Una M o incluso N. Dos masas enormes, pesadas y perfectas que descansaban sobre su torso, tan grandes que le dificultaban los movimientos cotidianos.

Cada uno pesaba más de cinco kilos. La piel estaba tensa y brillante, surcada de venas gruesas.

Sus pezones, ahora gigantes y ultra sensibles, medían más de tres centímetros y soltaba leche de forma casi constante, incluso sin estimulación.

Sofía también había cambiado. Sus senos habían crecido hasta una copa H gracias a la leche de Elena, y se había convertido en una adicta más de la casa. Pero esta noche era solo para Elena y Marcos.

…

Marcos había preparado el dormitorio como un templo.

Luces tenues, toallas negras sobre la cama, la bomba extractora profesional a un lado y varios frascos para recoger leche. Elena estaba completamente desnuda en el centro de la cama, recostada contra un montón de almohadas, con sus enormes ubres descansando pesadamente sobre su abdomen.

—Hoy vas a tomar la decisión final —dijo Marcos mientras se desnudaba lentamente—. Puedes intentar buscar una cura… o aceptar lo que eres ahora. Lo que vas a ser.

Elena lo miró con ojos brillantes de lujuria y algo más profundo: rendición total y felicidad.

—No quiero cura —susurró—. Quiero seguir creciendo. Quiero que mis tetas nunca dejen de hincharse. Quiero que me ordeñes todos los días por el resto de mi vida.

Marcos sonrió con satisfacción oscura y se subió a la cama.

—Esa es mi chica.

Empezó despacio. Besó, lamió y mordisqueó sus pezones gigantes, sacando chorros potentes de leche que bebía con devoción. Luego colocó las dos campanas de la bomba y la encendió al nivel más alto.

Elena arqueó la espalda y gritó de placer. La máquina succionaba con fuerza brutal, extrayendo leche en chorros gruesos y continuos que llenaban los recipientes rápidamente.

Marcos se posicionó entre sus piernas y la penetró profundamente, follándola con embestidas lentas pero poderosas mientras la bomba trabajaba.

—Quiero que crezcas mientras te follo —gruñó.

Y creció.

Elena podía sentirlo. Cuanto más placer sentía, más se hinchaban sus senos. La piel se tensaba visiblemente, ganando tamaño con cada orgasmo. La leche salía más rápido, más abundante. Sus tetas se volvieron aún más grandes, más pesadas, más obscenas.

Marcos apagó la bomba, le quitó las campanas y hundió su cara entre aquellos pechos monumentales, follándoselos con la boca mientras su polla entraba y salía de su coño empapado.

—Más grandes… hazlas más grandes para mí —suplicaba él entre tragos.

Elena estaba en éxtasis total. Orgasmo tras orgasmo. Gritaba, lloraba de placer, apretando sus propios senos para ayudar a que saliera más leche. Sus tetas seguían creciendo ante sus ojos, empujando contra la cara de Marcos.

Finalmente, Marcos se colocó sobre su pecho y metió su polla entre aquellas dos montañas de carne caliente y mojada de leche. Elena las apretó con sus brazos, creando un túnel perfecto y resbaladizo.

—Fóllame las tetas… córrete encima de tu vaca lechera —suplicó ella.

Marcos folló sus senos con fuerza salvaje. La leche salía a chorros con cada embestida. El sonido era completamente obsceno.

Con un rugido animal, Marcos se corrió. Chorros espesos y calientes de semen cubrieron los pechos gigantes de Elena, su cuello, su cara y su boca.

Ella se corrió al mismo tiempo, temblando violentamente mientras sus senos expulsaban leche a presión, mezclándose con el semen en un baño blanco y pegajoso.

Cuando terminaron, los senos de Elena habían crecido otra vez. Ahora eran claramente más grandes que al empezar la noche. Ya rozaban el límite de lo humanamente posible.

Marcos se tumbó a su lado, acariciando suavemente una de aquellas ubres monumentales.

—Esto es lo que somos ahora —dijo—. Tú, mi lechera perfecta. Yo, tu amo y ordeñador.

Elena giró la cabeza, lo besó con ternura y sonrió.

—No quiero ser nada más. Quiero que sigamos así… para siempre. Que mis tetas sigan creciendo. Que nunca deje de producir leche. Y que tú nunca dejes de beberla.

Sofía, que había estado observando desde la puerta, entró sonriendo y se unió a ellos, lamiendo suavemente uno de los pezones de Elena.

La nueva vida de Elena acababa de comenzar.