Ordeñada Capítulo 7
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Capítulo 7

Los senos de Elena ya no tenían control.

Habían superado con creces la copa J y se acercaban peligrosamente a la K.

Eran masivos, pesados, casi grotescos en su perfección fetichista.

Cada uno pesaba tanto que le dolía la espalda si caminaba demasiado tiempo sin sostén.

La piel estaba tan tirante que brillaba, las venas azules se marcaban claramente y sus pezones eran ahora permanentemente gruesos, largos y oscuros, siempre goteando.

Esa noche, Marcos llegó con una caja grande.

—Hoy vamos a llevar esto al siguiente nivel —dijo con una sonrisa dominante mientras sacaba la bomba extractora profesional que había comprado. Era una máquina potente, con dos campanas grandes de silicona y varios niveles de succión.

Elena estaba ya desnuda de cintura para arriba, sentada en el borde de la cama. Solo con ver el aparato sintió que un nuevo chorro de leche escapaba de sus pezones.

—Estoy demasiado llena… —susurró, casi suplicando—. Me duelen.

Marcos se acercó, tomó sus enormes tetas con ambas manos y las levantó, sintiendo su peso impresionante.

—Pobrecita… vamos a sacarte toda esa leche.

La colocó en el centro de la cama, de espaldas, con varios cojines bajo la cabeza para que pudiera ver todo. Le ató las muñecas por encima de la cabeza y le separó bien las piernas.

Primero usó su boca. Chupó con fuerza cada pezón durante varios minutos, bebiendo con avidez mientras Elena gemía y se retorcía. Pero esta vez no era suficiente.

Marcos colocó las campanas de la bomba sobre sus pezones hinchados. Encendió la máquina en nivel medio.

—Ahhh… ¡Dios! —gritó Elena al instante.

La succión era mucho más fuerte y rítmica que cualquier cosa que hubiera sentido antes. La máquina tiraba de sus pezones con fuerza, extrayendo chorros gruesos y continuos de leche blanca que se veían a través de los tubos transparentes. El sonido húmedo y rítmico llenaba la habitación.

Marcos se desnudó completamente. Su polla estaba dura como el acero. Se posicionó entre sus piernas y, sin decir nada, la penetró de una sola vez hasta el fondo.

—Fóllame… mientras me ordeña —suplicó Elena entre gemidos.

Marcos empezó a embestir con fuerza, profundo y constante. Cada vez que empujaba, los enormes senos de Elena rebotaban violentamente y la bomba extraía más leche. La combinación era abrumadora.

—Estás produciendo muchísima… mira cómo llena los botes —gruñó él, aumentando la velocidad.

Subió la intensidad de la bomba al nivel máximo.

Elena gritó de placer. La succión era casi brutal, pero el placer era indescriptible. Sentía cómo la leche salía a chorros potentes, al mismo ritmo que las embestidas de Marcos. Sus senos se hinchaban y deshinchaban ligeramente con cada ciclo de la máquina.

—Más… no pares… ¡me voy a correr! —chilló.

Tuvo el primer orgasmo a los pocos minutos, convulsionando mientras la bomba seguía ordeñándola sin piedad. La leche salía aún más rápido. Marcos no se detuvo. Siguió follándola duro, agarrando sus caderas con fuerza mientras observaba cómo sus tetas gigantes eran ordeñadas mecánicamente.

—Quiero que crezcan más —dijo con voz ronca—. Quiero que se te pongan tan grandes que apenas puedas caminar.

Cambió de posición. La puso a cuatro patas. La bomba seguía conectada, colgando de sus pechos masivos. Desde atrás, Marcos la follaba con embestidas salvajes mientras la máquina no dejaba de succionar.

Elena estaba en otro mundo. Orgasmo tras orgasmo. Lágrimas de placer corrían por sus mejillas. Sus senos se veían aún más grandes ahora, claramente más hinchados después de tanta estimulación.

Cuando Marcos sintió que no aguantaba más, salió de ella, le quitó rápidamente las campanas de la bomba y metió su polla entre sus tetas enormes y mojadas de leche.

—Quiero correrme en estas ubres gigantes —gruñó.

Folló sus pechos con fuerza, usando la leche como lubricante. Elena apretaba sus propias tetas alrededor de su polla, mirándolo con ojos vidriosos de placer.

Con un rugido, Marcos se corrió violentamente. Chorros gruesos de semen cayeron sobre sus senos, su cuello y su cara. Elena tuvo un último orgasmo intenso solo con la sensación de su leche mezclándose con el semen caliente.

Cuando terminaron, los senos de Elena estaban visiblemente más grandes otra vez. Ya habían entrado claramente en la copa K.

Ella, exhausta y temblando, lo miró con una sonrisa adicta.

—Necesito que me ordeñes… varias veces al día —susurró—. No soporto estar tan llena.

Marcos besó uno de sus pezones hinchados y sonrió.