Capítulo 6
Una semana después, los senos de Elena ya no eran solo grandes… eran enormes.
Habían alcanzado fácilmente una copa I, rozando la J.
Pesaban varios kilos cada uno, redondos, firmes pero suaves, con una forma exagerada y obscena que hacía imposible disimularlos.
Las venas azuladas se marcaban bajo la piel tirante y brillante.
Sus pezones, permanentemente hinchados y oscuros, medían casi dos centímetros de largo y goteaban leche con solo un mínimo roce.
Esa mañana, Elena se miró en el espejo completamente desnuda. Sus tetas eran tan grandes que le tapaban parte del abdomen. Apenas podía cruzarse de brazos.
—No puedo seguir yendo al trabajo así… —susurró, pero su voz sonaba más excitada que preocupada.
Marcos había empezado a quedarse algunas noches enteras. Esa misma tarde, después del trabajo, la llevó a una tienda especializada en lencería erótica y tallas grandes para “fetish”. Elena estaba nerviosa, pero él la guiaba con mano firme.
—Pruébate esto —le ordenó, entregándole un sostén negro reforzado de copa J y un vestido elástico muy escotado.
En el probador, Elena se lo puso. El sostén apenas contenía sus pechos. La carne se desbordaba por arriba creando un escote brutal. Cuando Marcos entró al probador sin pedir permiso, sus ojos brillaron de pura lujuria.
—Joder, Elena… mírate. Pareces una puta lechera hecha para ser ordeñada.
La empujó suavemente contra la pared del probador, bajó una copa del sostén y atacó su pezón con la boca.
Chupó con fuerza mientras ella mordía su propio brazo para no gemir demasiado alto.
La leche salió a chorros dentro de su boca.
En menos de un minuto, Elena tuvo un orgasmo silencioso y tembloroso, apretando los muslos.
Compraron varios conjuntos: sostenes especiales, tops ajustados, un corsé que realzaba aún más su tamaño y ropa que marcaba descaradamente sus curvas.
* * *
Esa misma noche, Marcos la llevó a cenar a un restaurante elegante pero discreto. Elena llevaba el vestido nuevo: negro, muy escotado y ajustado. Sus enormes senos se movían pesadamente con cada paso, rebotando de forma hipnótica.
Estaban sentados en una mesa algo apartada cuando empezó.
La presión había aumentado durante el día. Sus senos estaban llenos otra vez, casi dolorosamente. Mientras esperaban el postre, Elena sintió un calor familiar y traicionero.
—Marcos… —susurró, nerviosa—. Creo que estoy empezando a gotear.
Él sonrió con malicia y puso una mano bajo la mesa, acariciando uno de sus muslos.
—Pues aguanta. Quiero verte sufrir un poco.
Elena apretó los dientes. Sus pezones rozaban contra la tela del vestido y, de repente, sintió dos chorros cálidos saliendo sin control. Las manchas empezaron a formarse en la parte delantera del vestido, justo sobre sus pezones. Eran visibles.
—Dios… alguien va a verlo —jadeó ella, excitada y avergonzada.
Marcos se inclinó hacia adelante y susurró:
—Estás empapando tu vestido con tu propia leche delante de toda esta gente. Qué puta tan cachonda eres.
Elena apretó los muslos bajo la mesa. Estaba tan mojada que sentía su humedad bajando por sus piernas. Marcos deslizó una mano bajo su vestido y tocó su coño empapado, frotando su clítoris mientras seguía cenando como si nada.
Ella tuvo que fingir que tosía para disimular un gemido cuando un nuevo chorro de leche salió, mojando aún más el vestido.
—Llévame a casa… por favor —suplicó en voz baja.
* * *
En cuanto entraron al apartamento, Marcos tomó el control total.
La llevó al dormitorio, la desnudó completamente y la ató suavemente pero con firmeza. Usó corbatas de seda para sujetar sus muñecas a la cabecera de la cama, dejando sus enormes senos completamente expuestos y vulnerables.
—Hoy vas a sentir lo que es que te ordeñen de verdad —dijo con voz oscura.
Se colocó encima de ella y empezó a chupar con fuerza, alternando pechos. Sus manos amasaban con rudeza, exprimiendo chorros potentes de leche que salpicaban su propio pecho y la cara de Elena. Luego trajo la bomba extractora que había comprado.
Colocó las campanas sobre sus pezones y la encendió.
—Ahhhhh… ¡joder! —gritó Elena.
La succión mecánica era intensa, casi dolorosa al principio, pero rápidamente se convirtió en placer puro. La máquina sacaba leche en chorros continuos y rítmicos mientras Marcos la follaba lentamente, disfrutando de la vista.
Cada vez que la bomba extraía un buen chorro, sus senos parecían hincharse un poco más ante sus ojos.
—Sigue creciendo para mí —gruñó él, embistiendo más fuerte—. Quiero que llegues a copa K… y más allá.
Elena, atada, con sus enormes tetas siendo ordeñadas por la máquina y su coño siendo follado sin piedad, solo podía gemir y correrse una y otra vez.
Cuando Marcos por fin se corrió dentro de ella, los senos de Elena habían crecido visiblemente otra vez. Ya rozaban la copa J grande.
Y todavía seguían llenos.