Ordeñada Capítulo 4
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Capítulo 4

Elena apenas había cerrado la puerta de su apartamento cuando el timbre sonó con insistencia.

Su corazón dio un vuelco. Todavía llevaba puesta solo una bata ligera de baño que apenas conseguía contener sus senos hinchados.

La tela se tensaba obscenamente sobre su nueva talla, y ya sentía la humedad cálida de la leche filtrándose.

Abrió solo una rendija.

Marcos estaba allí, con esa mirada oscura y penetrante que siempre la desarmaba.

—Elena… déjame entrar.

—No es un buen momento —intentó decir ella, pero su voz salió temblorosa. La presión en sus pechos era tan fuerte que dolía.

Marcos no esperó. Empujó suavemente la puerta y entró, cerrándola tras de sí. Sus ojos bajaron inmediatamente a su pecho. Las dos manchas circulares de leche ya eran evidentes en la bata blanca.

—Sé lo que te está pasando —dijo con voz grave y segura—. Llevo observándote estos días. Tus tetas… han crecido mucho. Y esas manchas… es leche, ¿verdad?

Elena retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Sus mejillas ardían de vergüenza, pero entre sus piernas sentía un calor traicionero.

—Yo… no sé qué me pasa —susurró—. Por favor, vete.

Marcos dio un paso adelante, invadiendo su espacio. Su olor masculino la envolvió.

—Quiero verlos. Ahora.

La orden suave pero firme hizo que Elena temblara. La presión en sus senos era insoportable y la presencia de Marcos la estaba excitando de una forma vergonzosa. Con manos temblorosas, desató el nudo de la bata y la dejó caer al suelo.

Sus enormes senos quedaron completamente expuestos. Ya eran fácilmente una copa G, redondos, pesados y llenos. La piel tirante brillaba. Los pezones, gruesos y oscuros, goteaban lentamente leche blanca y espesa que corría por las curvas inferiores.

—Hostia puta… —murmuró Marcos, con los ojos brillantes de deseo—. Son mucho más grandes de lo que imaginaba.

Se arrodilló frente a ella sin perder tiempo. Tomó su pecho derecho con ambas manos, sintiendo su peso, su calor, su firmeza. Lo apretó con cuidado pero con fuerza.

Un chorro potente y grueso salió disparado, salpicándole directamente en la cara y la camisa.

Elena soltó un gemido largo y profundo.

—Ahhh… Dios…

Marcos no dudó. Acercó su boca hambrienta y cerró los labios alrededor del pezón hinchado. Chupó con fuerza, succionando profundamente.

El placer fue brutal.

Elena gritó, arqueando la espalda. La sensación de su boca caliente succionando su leche era mil veces más intensa que ordeñarse sola.

Cada succión fuerte enviaba descargas de placer directo a su clítoris.

La leche salía a chorros dentro de la boca de Marcos, que tragaba con avidez, gimiendo contra su piel.

—Mmm… joder, qué rica estás —gruñó él sin soltar el pezón. Pasó al izquierdo y chupó aún más fuerte, mordisqueando suavemente la aureola mientras sus manos masajeaban y apretaban ambos senos.

Elena tenía las piernas temblando. Metió las manos en el cabello de Marcos y lo apretó contra sus tetas, follándole literalmente la cara con sus enormes pechos.

—Más fuerte… chúpame más fuerte, por favor —suplicó, completamente perdida.

Marcos obedeció con entusiasmo. Alternaba entre ambos pezones, succionando ruidosamente, tragando su leche dulce y caliente mientras sus manos no dejaban de apretar y amasar. La leche sobrante corría por su barbilla, por el cuello y el vientre de Elena, goteando hasta el suelo.

Ella estaba empapada. Su coño chorreaba, palpitando con cada succión.

Sin que Marcos tocara su sexo, Elena tuvo un orgasmo violento. Todo su cuerpo se convulsionó, gritando sin control mientras sus senos expulsaban leche a borbotones dentro de la boca de él. Las contracciones fueron tan fuertes que casi se cae.

Marcos siguió bebiendo hasta que el flujo disminuyó un poco. Luego se levantó, con los labios y la barbilla brillantes de leche. Su erección era enorme y evidente bajo los pantalones.

—Estas tetas ahora son mías, Elena —dijo con voz ronca, limpiándose la boca—. Voy a ordeñarte todos los días. Y voy a follarte mientras lo hago.

Ella lo miró jadeando, con los senos aún goteando y visiblemente más hinchados y rojos después de la sesión intensa.

Por primera vez, sonrió con timidez y excitación.

—Entonces… no te detengas.