Ordeñada Capítulo 3
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Capítulo 3

Elena cerró la puerta de su apartamento con llave y dejó caer el bolso al suelo.

Sus senos palpitaban con fuerza, tan llenos y tensos que cada respiración era una tortura placentera.

El sostén D que se había puesto por la mañana ahora le quedaba ridículamente pequeño; la carne se desbordaba por todos lados, y la tela estaba empapada de leche.

Se miró en el espejo de cuerpo entero de su habitación. Sus pechos habían crecido otra vez. Ya parecían una copa E generosa, quizás incluso F. Pesados, redondos, con venas sutiles visibles bajo la piel tirante. Los pezones estaban hinchados, más grandes y oscuros, goteando lentamente.

—Esto no puede estar pasando… —susurró, pero su voz temblaba de excitación.

La presión era insoportable. Sentía los senos tan llenos que dolían, como si la leche estuviera a punto de reventar. Sin quitarse la blusa del todo, solo se la subió hasta el cuello y se dejó caer sentada en el borde de la cama.

Tomó su pecho derecho con ambas manos. Estaba caliente, pesado, rebosante. Apretó suavemente.

Un chorro grueso y blanco salió disparado, salpicando su vientre y muslos.

—Ahhh… ¡joder! —gimió fuerte.

El alivio fue instantáneo y devastador. Un placer profundo, casi orgásmico, recorrió todo su cuerpo desde el pezón hasta su clítoris. Apretó más fuerte, con más urgencia. Dos, tres, cuatro chorros potentes salieron en arco, mojando el suelo frente a ella.

Elena jadeaba. Sus ojos estaban vidriosos de placer. Nunca había sentido algo así. Siguió ordeñándose, alternando entre ambos senos. La leche salía en chorros fuertes y cálidos, salpicando sus piernas, la cama, el espejo. El sonido húmedo de los chorros llenaba la habitación.

Sus pezones estaban tan sensibles que cada presión de sus dedos enviaba descargas eléctricas directas a su sexo. Estaba empapada, chorreando por dentro de sus bragas.

Se recostó completamente en la cama, abrió las piernas y metió una mano bajo su falda. Sus dedos encontraron su clítoris hinchado y empezó a frotarse con desesperación mientras seguía ordeñando su pecho izquierdo con la otra mano.

—Más… necesito más… —suplicó en voz alta.

Apretaba rítmicamente, ordeñando como si fuera una vaca lechera. La leche salía a borbotones, mojando todo. Cuanto más salía, más crecían sus senos ante sus propios ojos. Podía verlos hincharse lentamente, volviéndose más grandes, más pesados, más obscenos.

El placer era abrumador. Dos dedos entraron en su vagina mientras seguía ordeñándose con ambas manos, alternando pechos. Sus caderas se movían solas, follando su propia mano.

—Dios… me estoy volviendo loca… —gimió.

El orgasmo la golpeó como un tren. Todo su cuerpo se arqueó violentamente.

Gritó sin control mientras sus senos expulsaban leche a chorros potentes y continuos, sincronizados con las fuertes contracciones de su coño.

El placer era tan intenso que vio estrellas.

Sus pechos seguían soltando leche incluso después del orgasmo principal, en pequeños pulsos que prolongaban el éxtasis.

Cuando por fin pudo respirar con normalidad, Elena se quedó tumbada, exhausta, mirando al techo. Sus senos ahora se veían claramente más grandes. Calculó que ya estaban cerca de una copa G. Pesados, hinchados, brillando con leche que aún goteaba de sus pezones enrojecidos.

Se incorporó lentamente y se miró en el espejo. El espectáculo era obsceno y terriblemente excitante: sus enormes tetas cubiertas de leche, la cama mojada, su cara sonrojada de placer.

Se tocó con cuidado uno de los pezones y un pequeño chorrito salió todavía.

—No puedo seguir así sola… —susurró.

Al día siguiente en el trabajo, la blusa apenas contenía sus nuevos senos. La tela se tensaba obscenamente y dos pequeñas manchas húmedas empezaban a formarse sobre sus pezones.

Marcos la miró desde el otro lado del laboratorio. Esta vez su mirada era mucho más intensa. Más hambrienta.

Elena sintió un escalofrío.

Sabía que no podría ocultarlo mucho más tiempo.