Ordeñada Capítulo 2
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Capítulo 2

Elena se quedó parada frente al espejo del baño, con la camiseta arrugada en el suelo.

Sus senos, que siempre habían sido discretos y firmes, ahora se veían notablemente más grandes.

Calculó que habían pasado fácilmente de una copa C a una D generosa en solo una noche.

La piel estaba tirante, brillante, con un tono rosado por el calor que aún emanaba de ellos.

Los pezones, más gruesos y oscuros de lo normal, estaban completamente erectos. Y de la punta del derecho aún colgaba una gota de leche blanca, gruesa y brillante.

—¿Esto es real? —murmuró, tocándose con dedos temblorosos.

Solo el roce de sus yemas hizo que un gemido escapara de su boca. Estaban increíblemente sensibles. Presionó un poco más fuerte y, sin aviso, un fino chorro de leche salió disparado contra el espejo.

El placer fue tan repentino e intenso que sus rodillas flaquearon. Era como si cada gota que salía arrastrara un orgasmo en miniatura desde sus pezones hasta su clítoris.

—Joder… —jadeó.

Se metió rápidamente en la ducha, dejando que el agua caliente cayera sobre su cuerpo. Sus senos se sentían pesados, llenos, balanceándose con cada movimiento. Tomó uno con ambas manos y, casi sin pensar, apretó.

Dos chorros fuertes de leche salieron al mismo tiempo, salpicando los azulejos blancos. El alivio fue inmediato y delicioso. La presión dolorosa que sentía en el pecho disminuyó, reemplazada por un calor líquido y adictivo que se extendía por todo su cuerpo.

Elena apoyó la espalda contra la pared de la ducha, abrió las piernas y empezó a masturbarse mientras seguía ordeñándose. Miraba hipnotizada cómo la leche blanca caía mezclándose con el agua. Cada chorro le provocaba un espasmo de placer. Sus dedos se movían frenéticos sobre su clítoris hinchado.

—Más… por favor… —susurró sin saber a quién se lo pedía.

El orgasmo llegó brutal, mucho más fuerte que el de la noche anterior. Gritó, temblando, mientras sus senos seguían soltando leche en pequeños pulsos que coincidían con las contracciones de su sexo.

Cuando por fin se calmó, se quedó varios minutos bajo el agua, respirando agitada. Sus pechos se veían aún más grandes ahora, hinchados por la estimulación.

Tenía que ir a trabajar.

…

Se puso el sostén más grande que tenía, una D que ahora le quedaba apretado, haciendo que sus senos se desbordaran por arriba creando un escote profundo y provocativo. La tela rozaba constantemente sus pezones sensibles y tuvo que morderse el labio para no gemir mientras se vestía.

En el laboratorio intentó actuar con normalidad, pero cada paso hacía que sus senos rebotaran pesadamente. La fricción era constante. A media mañana ya sentía la humedad dentro del sostén. La leche estaba empezando a filtrarse.

Durante la pausa del café, Marcos se acercó al mostrador de la sala de descanso.

Marcos Ruiz. Treinta y dos años. Alto, de hombros anchos, voz grave y una mirada que siempre parecía desnudarla aunque nunca había dicho nada abiertamente. Era el especialista en farmacología del equipo y, desde hacía meses, Elena sentía una tensión sexual silenciosa cada vez que estaban cerca.

—Vargas, luces… diferente hoy —comentó él con una media sonrisa, mirándola de arriba abajo sin disimulo.

Elena cruzó los brazos sobre el pecho instintivamente, pero eso solo presionó más sus senos, haciendo que una nueva gota de leche se escapara y humedeciera la tela de su blusa.

—Es… solo que dormí mal —respondió, evitando su mirada.

Marcos se acercó un paso más. Su olor masculino la envolvió.

—Pues sea lo que sea… te queda bien —dijo en voz baja, casi ronroneando—. Ese escote te hace justicia.

Elena sintió que se ponía roja. Sus pezones se endurecieron aún más y otra pequeña fuga cálida mojó su sostén. Tuvo que excusarse rápidamente y volver a su puesto.

El resto del día fue una tortura deliciosa. Cada vez que se movía, sentía el peso nuevo de sus senos. Cada vez que respiraba profundo, la tela rozaba sus pezones. Y cada vez que pensaba en lo que había pasado en la ducha, se mojaba entre las piernas.

Al llegar a casa por la tarde, sus senos habían crecido aún un poco más. La copa D ya le quedaba claramente pequeña. La presión era insoportable otra vez.

Se quitó la blusa frente al espejo de su habitación. Sus pechos, ahora grandes, redondos y pesados, brillaban con gotas de leche que se escurrían lentamente por las curvas inferiores.

Elena se mordió el labio, excitada y asustada al mismo tiempo.

Sabía que no podría resistir mucho tiempo sin tocarse otra vez.