Ordeñada Capítulo 1
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Ordeñada

Ordeñada

Por Aria Blackwood

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Capítulo 1

Elena Vargas suspiró mientras se ajustaba las gafas de protección por enésima vez.

El laboratorio estaba en silencio a esas horas de la noche, solo el zumbido de los refrigeradores y el suave clic de su pipeta rompían la quietud.

A sus 28 años, era una de las bioquímicas más prometedoras del equipo, pero su vida fuera del trabajo era tan monótona como el color blanco de las paredes del complejo.

Cuerpo promedio. Copa C. Una rutina sexual inexistente desde su última relación, hacía ya dos años. Se tocaba de vez en cuando, pero siempre con prisa y algo de vergüenza, como si su propio placer fuera un secreto que ni ella misma merecía.

Esa noche estaba probando la última fórmula del Proyecto Fértilis: un compuesto hormonal diseñado para estimular la producción de prolactina y estrógenos de forma controlada.

El objetivo era ayudar a mujeres con problemas de fertilidad.

Pero la dosis que tenía en la probeta era la versión concentrada, la que aún no había sido aprobada para pruebas.

Un movimiento torpe. El guante se enganchó en el borde de la mesa y la probeta se volcó. El líquido viscoso, ligeramente rosado, salpicó su bata y parte de su pecho antes de que pudiera reaccionar.

—¡Mierda! —maldijo, limpiándose rápidamente con toallas absorbentes.

Siguió el protocolo al pie de la letra: se duchó en la sala de descontaminación, cambió su ropa y anotó el incidente en el registro como “exposición mínima”. Nadie más estaba allí. Nadie lo sabría.

Llegó a su apartamento pasadas las once. Se sentía extraña. Un calor profundo, casi febril, se concentraba en sus senos. Pensó que era solo la irritación por el químico y se puso una camiseta holgada sin sostén para dormir.

Pero el calor no bajaba. Al contrario. A medida que pasaban los minutos, sus pechos se sentían más pesados, más… vivos. Sus pezones, normalmente discretos, se habían endurecido hasta doler, rozando contra la tela de algodón con cada respiración.

Elena se tumbó en la cama y trató de ignorarlo. Intentó leer, pero las palabras se difuminaban. Su mano bajó sin pensar hasta rozar uno de sus senos por encima de la camiseta.

—Ay… —gimió suavemente.

El contacto fue eléctrico. Nunca había sentido sus pechos tan sensibles. Presionó un poco más y un escalofrío le recorrió toda la espalda. Sus pezones estaban hinchados, duros como piedras. Cada roce enviaba descargas directas a su entrepierna.

Respiraba agitada. La vergüenza luchaba contra una excitación desconocida.

«Solo un poco», se dijo. «Para aliviar el calor».

Se subió la camiseta hasta el cuello. Sus senos se mostraron en la penumbra de la habitación: parecían un poco más llenos de lo normal, la piel tensa y caliente. Los acarició con ambas manos, apretando suavemente. Un gemido más profundo escapó de su garganta.

Sus dedos encontraron los pezones y los pellizcaron. El placer fue tan intenso que arqueó la espalda. Bajó una mano hasta su sexo, ya empapado, y empezó a frotarse mientras seguía masajeando sus pechos.

No entendía qué le estaba pasando. Nunca se había excitado así solo con tocarse los senos. Movía las caderas contra su mano, cada vez más rápido, imaginando una boca caliente cerrándose alrededor de su pezón.

—Dios… sí… —susurró.

El orgasmo la golpeó de repente, fuerte y largo. Todo su cuerpo se tensó mientras olas de placer la recorrían. Sus senos se sentían aún más hinchados, palpitantes.

Cuando por fin se calmó, exhausta, se bajó la camiseta y se durmió profundamente, sin notar la pequeña mancha húmeda que empezaba a formarse sobre su pezón izquierdo.

…

A la mañana siguiente, Elena se despertó con una sensación rara.

Se incorporó en la cama y bajó la mirada.

Sus senos… ya no eran copa C.

Estaban visiblemente más grandes, redondos y pesados. La camiseta se tensaba sobre ellos, marcando claramente sus pezones aún duros. Y cuando se tocó con cuidado, sintió algo húmedo y tibio.

Se levantó corriendo hacia el espejo del baño y se quitó la camiseta.

Dos gotas de un líquido blanco perlado se deslizaban lentamente por la curva inferior de su pecho derecho.

Elena se quedó congelada, con el corazón latiéndole con fuerza.

—¿Qué carajo me está pasando?