Capítulo 8
A las doce semanas el cambio ya era imposible de ignorar.
El vientre de Elena se había redondeado de forma clara, firme y bajo.
No era enorme todavía, pero sí lo bastante pronunciado como para que la camiseta de Marcus se le levantara y dejara a la vista una curva suave y constante.
Los pechos, en cambio, habían seguido creciendo sin parar.
Pesaban. Tiraban de la piel. Goteaban con solo pensar en que él los iba a tocar.
Marcus había cumplido su palabra: ahora la ordeñaba tres veces al día.
Esa tarde la sesión de la mitad del día se alargó.
Elena estaba sentada a horcajadas sobre él en el sillón, completamente desnuda, mientras sus manos grandes trabajaban sus pechos con ritmo experto.
La leche salía en chorros espesos y blancos.
Marcus bebía con avidez, pasando de un pezón al otro, tragando con ruidos bajos y satisfechos.
Cuando por fin levantó la cabeza, tenía la boca brillante y la mirada oscura.
—Estás produciendo como una puta lechera —dijo con voz ronca, limpiándose la barbilla con el dorso de la mano—. Y mira este vientre… ya se nota que llevas algo mío dentro.
Le puso ambas manos en la curva de su barriga y la apretó con cariño posesivo. Elena soltó un suspiro tembloroso. Desde que el test salió positivo, cada vez que él le tocaba el vientre se le ponía la piel de gallina.
—¿Te gusta…? —preguntó ella en voz baja.
Marcus la miró a los ojos.
—Me encanta. Me encanta verte crecer. Me encanta saber que cada día estás un poco más llena de mí. Y me encanta que, por mucho que crezcas, estos pechos sigan siendo míos para ordeñar y beber.
Para demostrarlo, se inclinó otra vez y chupó con fuerza. Elena arqueó la espalda y se frotó contra él. Llevaba ya varios días permanentemente excitada. El embarazo la había vuelto más sensible, más mojada, más necesitada.
Marcus lo notó, por supuesto.
Sin sacar la boca de su pecho, deslizó una mano entre los cuerpos de ambos y le metió dos dedos. La encontró empapada. Empezó a moverlos al mismo ritmo con el que seguía bebiendo. Elena se corrió rápido, apretando sus dedos y echando todavía más leche en su boca.
Cuando bajó del orgasmo, Marcus la levantó, la puso de rodillas en el sillón y la penetró desde atrás de un solo empujón profundo. La folló con fuerza, agarrándole los pechos pesados con ambas manos, ordeñándola mientras la tomaba. La leche le chorreaba entre los dedos y caía sobre el sillón.
—Así te quiero —gruñía—. Preñada, goteando y abierta. Mi buena chica hinchada.
Se corrió dentro de ella con un gemido largo, empujando hasta el fondo y quedándose allí, sin salir. Después la giró con cuidado, la recostó contra su pecho y siguió bebiendo de ella con lentitud, como si no pudiera saciarse.
Elena, exhausta y temblando, le acarició el brazo que le rodeaba el vientre.
—Daddy… ¿vas a seguirme follando igual cuando esté más grande?
Marcus besó su sien y le apretó suavemente la barriga.
—Te voy a follar hasta el día que des a luz. Y después también. Cada vez que estos pechos estén llenos, voy a vaciarlos. Cada vez que tu coño pida, voy a llenarlo. Y cuando el bebé nazca… te voy a volver a dejar preñada casi de inmediato.
Ella cerró los ojos, sintiendo la leche residual resbalarle por el costado y el semen de él escurrirle entre los muslos.
—Prométemelo.
—Te lo prometo, nena —susurró contra su piel—. Vas a pasar los próximos años hinchada, llena de leche y llena de mí. Exactamente como debes estar.