Ordeñada por Daddy Capítulo 7
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Capítulo 7

Pasaron dieciocho días desde la primera vez que Marcus decidió llenarla de verdad.

Elena ya no llevaba la cuenta de cuántas veces se había corrido dentro de ella.

Todas las mañanas y todas las noches, después de ordeñarla, la follaba profundo y se quedaba enterrado hasta que el semen dejaba de salir.

A veces la despertaba a media noche solo para volver a hacerlo.

Ella nunca se resistía. Al contrario: abría las piernas en cuanto lo sentía subirse a la cama y le ofrecía los pechos al mismo tiempo.

Esa mañana, mientras Marcus la ordeñaba sentada en su regazo, Elena notó algo distinto. No era solo la presión habitual de la leche. Había una sensibilidad nueva, más baja, en el bajo vientre. Un tirón suave y constante.

Cuando él terminó de beber y levantó la cabeza, ella le tomó la mano y se la colocó sobre el vientre.

—Daddy… siento algo raro aquí.

Marcus frunció el ceño con atención. Presionó suavemente con la palma, explorando. Luego se inclinó y besó la piel desnuda debajo de su ombligo.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer. Como un peso… caliente.

Él no respondió de inmediato. Se levantó, fue hasta el baño y volvió con una caja pequeña. Elena reconoció el test de embarazo que él había comprado “por si acaso” dos semanas atrás.

—Orina.

Ella obedeció. Tres minutos después estaban los dos mirando las dos rayas nítidas.

Marcus no sonrió de inmediato. Primero la miró a ella, de arriba abajo, con una expresión tan intensa que a Elena se le puso la piel de gallina. Después pasó la mano por su vientre otra vez, esta vez con total posesión.

—Ya está —dijo con voz grave—. Ya eres mía de otra forma.

Elena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. No de miedo. De algo mucho más grande.

—¿Estás… contento?

Marcus la atrajo contra su pecho y le hundió la cara en el cuello.

—Contento no es la palabra. Estoy jodidamente orgulloso. Vas a crecer para mí. Vas a ponerte redonda y pesada y llena de leche… y yo voy a cuidarte y a follarte y a beber de ti todos los días mientras lo haces.

La levantó en brazos y la llevó de nuevo a la cama. La recostó con cuidado, se colocó entre sus piernas y la penetró despacio, sin dejar de mirarla a los ojos. Esta vez no hubo prisas. Cada embestida era profunda, deliberada, como sellando lo que ya habían confirmado.

Mientras la follaba, bajaba la cabeza una y otra vez para beber de sus pechos, que ahora producían más que nunca. La leche le corría por la comisura de los labios y caía sobre el pecho de ella.

—Mi buena chica preñada… —gruñía entre chupadas—. Tan dulce. Tan fértil. Tan perfecta.

Cuando se corrió, lo hizo más profundo que nunca, empujando como si quisiera llegar hasta el bebé que apenas empezaba a formarse. Se quedó dentro, lamiendo la leche que seguía brotando, y le acarició el vientre con dedos lentos.

—A partir de ahora te ordeño tres veces al día —decidió—. Tus pechos van a crecer todavía más. Y yo voy a estar aquí para vaciarlos. Y para recordarte, cada vez que te corras alrededor de mi polla, que ya estás llena de mí de las dos formas.

Elena, todavía temblando, le rodeó la cabeza con los brazos y lo apretó contra su pecho.

—Gracias, Daddy…

Marcus besó la piel suave justo encima de su corazón.

—No me des las gracias todavía, nena. Esto apenas empieza. En unos meses no vas a poder levantarte sola… y yo voy a seguir bebiendo de ti igual.