Capítulo 6
Tres semanas después de su llegada, Elena ya no cabía en las camisetas de Marcus.
Los pechos se le habían puesto enormes, pesados, redondos y tensos.
Goteaban con solo rozarlos. Por las mañanas despertaba con el sujetador (cuando se lo ponía) empapado y una presión tan fuerte que casi lloraba hasta que él la ordeñaba.
Marcus había dejado de usar el cuenco. Ahora bebía directamente, largo y profundo, hasta dejarla blanda y aliviada.
Esa mañana la sesión se alargó más de lo normal.
Elena estaba sentada a horcajadas sobre su regazo, desnuda, mientras él la ordeñaba con las dos manos y alternaba la boca de un pezón al otro.
Cada vez que tragaba, gruñía bajo, como si la leche le supiera mejor cada día.
Ella se mecía sin poder evitarlo, frotándose contra la dureza que sentía bajo los pantalones de él.
Cuando por fin levantó la cabeza, tenía la barba mojada y los ojos oscuros.
—Hoy produces más que nunca —dijo con voz ronca—. Ya es suficiente.
Elena lo miró, confundida y excitada.
—¿Suficiente para qué?
Marcus le agarró la cadera con una mano y con la otra le acarició el vientre todavía plano.
—Para empezar a llenarte de verdad.
El corazón de Elena dio un vuelco.
—¿Hoy…?
—Hoy —confirmó—. Me voy a correr dentro de ti tantas veces como haga falta. Y no vas a limpiarte. Quiero que se quede. Quiero verte hincharte.
Ella sintió un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Asintió, casi sin voz.
—Sí, Daddy…
Marcus la levantó como si no pesara nada y la llevó a la cama. La recostó, le abrió las piernas y se quitó la ropa sin prisas. Cuando se colocó entre sus muslos, ya estaba completamente duro. Se frotó contra su entrada empapada, empujando solo la cabeza una y otra vez, torturándola.
—Mírame mientras te lleno —ordenó.
Elena lo miró. Él empujó hasta el fondo de un solo golpe. Los dos gimieron. Marcus no esperó: empezó a follarla con embestidas profundas y constantes, sin sacar casi nada, como si quisiera clavarse en ella. Cada vez que se enterraba, se inclinaba y chupaba de un pecho, bebiendo mientras la tomaba.
—Tan puta y tan buena… —gruñía contra su piel—. Goteando leche y ya mojada para que te deje preñada. Exactamente como te quiero.
Elena se corrió rápido, apretándolo, pero él no se detuvo.
La folló a través del orgasmo y siguió, cambiando de ángulo, levantándole las caderas, embistiéndola más fuerte.
Cuando por fin se corrió, lo hizo profundo, con un gruñido largo, sujetándole las caderas contra él para que no se escapara ni una gota.
Se quedó dentro. Sin salir. Bebiendo otra vez de sus pechos mientras recuperaba el aliento.
Media hora después volvió a endurecerse todavía dentro de ella y la tomó otra vez.
Y otra. Para cuando el sol empezó a bajar, Elena tenía el vientre ligeramente abultado por la cantidad de semen y los pechos otra vez llenos.
Marcus la ordeñó por última vez esa noche, bebió despacio y le susurró contra el pezón hinchado:
—Dentro de unas semanas vamos a saber si ya estás preñada. Y si no lo estás… lo volvemos a intentar. Todos los días. Hasta que tu vientre empiece a crecer.
Elena, exhausta, sensible y profundamente satisfecha, solo pudo acariciarle el pelo y susurrar:
—Por favor, Daddy… déjame preñada.
Él sonrió contra su pecho.
—Eso haré, nena. Eso haré.