Ordeñada por Daddy Capítulo 5
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Capítulo 5

A partir de ese día, la rutina se volvió sagrada.

Cada mañana, antes incluso de desayunar, Marcus sentaba a Elena en su regazo, en el sillón grande frente a la chimenea.

Le levantaba la camiseta, le tomaba los pechos con las dos manos y la ordeñaba con movimientos firmes y pacientes.

Después bebía. Siempre bebía. A veces directamente del pezón, otras recogía la leche en un cuenco pequeño y se la bebía después, mirándola a los ojos.

Por la noche repetían el mismo ritual.

En menos de una semana la producción aumentó de forma notable.

Los pechos de Elena se habían vuelto visiblemente más grandes, pesados, con venas finas marcándose bajo la piel.

Goteaban si él tardaba demasiado. Y ella había empezado a necesitarlo.

No solo por el alivio físico, sino por algo más profundo.

Esa tarde, mientras Marcus la ordeñaba en el sillón, Elena tenía la cabeza recostada contra su hombro y los ojos cerrados. Cada apretón de sus manos le arrancaba un suspiro. Cuando él se inclinó a chupar, ella abrió las piernas por reflejo, buscando fricción.

Marcus lo notó.

Soltó el pezón con un sonido húmedo y le miró la cara.

—¿Necesitas más, nena?

Ella asintió, avergonzada, sin abrir los ojos.

—Usa las palabras.

—Necesito… que me toques. Por favor, Daddy.

Marcus gruñó bajo. Una de sus manos bajó por su vientre y se metió entre sus muslos. La encontró empapada. Deslizó dos dedos dentro de ella con facilidad y empezó a moverlos al mismo ritmo con el que seguía ordeñando el otro pecho.

Elena se quebró casi de inmediato. Se corrió temblando, apretando los dedos de él, mientras la leche le salía en chorros más fuertes contra la boca de Marcus. Él bebió todo sin dejar de follarla con la mano.

Cuando ella bajó del orgasmo, él le limpió los dedos con la lengua y le besó la frente.

—A partir de ahora, cada vez que te ordeñe, también te voy a tocar así. Quiero que asocies la leche con placer. Quiero que tu cuerpo pida las dos cosas a la vez.

Elena solo pudo susurrar un “sí, Daddy” ronco.

Esa noche, después de la segunda sesión de ordeño, Marcus la llevó a la cama.

La desnudó por completo, se colocó entre sus piernas y la folló por primera vez con lentitud posesiva, sin sacar casi el pene, empujando profundo una y otra vez.

Cada vez que se enterraba hasta el fondo, chupaba de un pecho.

Cada vez que ella gemía demasiado alto, le decía:

—Así. Exactamente así. Llena de leche y llena de mí.

Cuando se corrió dentro de ella, se quedó profundamente hundido y siguió bebiendo de sus pechos hasta que ya no salió ni una gota.

Elena, agotada y sensible, le acarició el pelo con dedos torpes.

—Daddy… ¿vas a…?

Él levantó la cabeza. Tenía la boca brillante de leche y una expresión oscura, satisfecha.

—¿Voy a dejarte embarazada?

Ella asintió, apenas.

Marcus sonrió despacio y le dio un beso lento en los labios, haciéndole saborear su propia leche.

—Sí, nena. Muy pronto. En cuanto estos pechos produzcan lo suficiente como para alimentar a un bebé… te voy a llenar. Y después te voy a volver a llenar. Una y otra vez.

Le acarició el vientre plano con la palma abierta, como ya imaginando el bulto.

—Vas a estar preciosa hinchada. Y yo voy a beber de ti todos los días mientras creces.

Elena cerró los ojos, sintiendo el semen de él escurrirle entre los muslos y la leche residual goteándole por los costados del pecho.

Por primera vez en su vida, no tenía miedo del futuro.

Solo ganas de que llegara más rápido.