Capítulo 4
A la mañana del octavo día, Elena se despertó con el pecho dolorido.
No era un dolor fuerte, sino una presión sorda y caliente, como si algo estuviera empujando desde dentro. Se tocó por encima de la camiseta y notó que estaban más pesados. Más sensibles. Cuando rozó un pezón con la yema del dedo, un escalofrío le recorrió la espalda.
Bajó a la cocina casi corriendo.
Marcus ya estaba despierto, preparando el desayuno. En cuanto la vio, dejó lo que estaba haciendo y se acercó.
—¿Pasa algo, nena?
Ella se mordió el labio.
—Me… me duelen. Están raros.
Marcus no necesitó que le explicara más. Le levantó la camiseta sin pedir permiso y miró sus pechos. Estaban visiblemente más llenos, la piel un poco más tensa, los pezones más oscuros y hinchados.
Pasó el dorso de los dedos por debajo de uno y lo sopesó.
—Ya empieza —dijo con voz grave, casi satisfecha—. Buena chica. Tu cuerpo está respondiendo exactamente como esperaba.
Elena sintió un calor avergonzado subirle al cuello, pero no se apartó. Al contrario: se quedó quieta mientras él las examinaba con calma, apretando suavemente, observando cómo la carne cedía bajo sus dedos.
—Hoy vamos a intentar ordeñarte un poco —anunció—. Aunque todavía sea poco, quiero que te acostumbres a la sensación.
La llevó de nuevo a la habitación. La sentó en el borde de la cama y se arrodilló entre sus piernas. Le quitó la camiseta por completo y le ordenó que se pusiera las manos detrás de la espalda.
—No toques. Solo siente.
Marcus empezó con el pecho derecho. Lo rodeó con ambas manos y apretó desde la base hacia el pezón con un movimiento firme y rítmico. Elena soltó un gemido bajo. Dolía un poco, pero también provocaba un alivio extraño, como si algo quisiera salir.
A la tercera pasada, una gota blanca apareció en la punta del pezón.
Marcus se quedó mirándola un segundo. Luego se inclinó y la lamió con la lengua plana, lenta, saboreándola.
—Ahí está… —murmuró contra su piel—. La primera.
Chupó con más fuerza. Elena arqueó la espalda y soltó un quejido agudo. Otra gota salió, y otra. Marcus las tragó sin dejar de masajear, gruñendo bajo mientras bebía lo poco que había.
Cuando pasó al otro pecho, Elena ya estaba temblando. Las piernas le fallaban. El roce de la barba de él contra la piel sensible, el calor de su boca, la presión constante de sus manos… todo se juntaba en un nudo caliente entre sus piernas.
—Daddy… —gimió.
—Shhh. Déjame terminar. Quiero cada gota.
Siguió ordeñándola con paciencia, alternando entre apretar con las manos y chupar directamente. No salía mucha leche todavía, apenas un hilo fino, pero él no parecía importarle. Bebía lo que había como si fuera un tesoro.
Cuando por fin se separó, los pechos de Elena estaban enrojecidos, brillantes de saliva y un poco más blandos. Marcus le acarició la mejilla con el pulgar, todavía arrodillado entre sus piernas.
—A partir de ahora esto se hace dos veces al día —dijo con voz calmada pero firme—. Mañana y noche. Voy a vaciarte yo mismo. Y cuando produzcas más, voy a beber hasta saciarme. ¿Entendido?
Ella asintió, con los ojos húmedos y las mejillas encendidas.
—Sí, Daddy…
—Buena chica.
La atrajo hacia adelante y le dio un beso lento en los labios. Elena pudo saborear su propia leche en la boca de él. El pensamiento la hizo gemir otra vez.
Marcus sonrió contra su boca.
—Pronto vas a estar goteando todo el día. Y yo voy a estar ahí para recogerte. Cada gota. Cada vez.
Esa misma noche volvió a ordeñarla.
Ya salía un poco más.
Y Elena, mientras él bebía de ella, se corrió por segunda vez solo con la estimulación de sus pechos, aferrándose a su pelo y susurrando una y otra vez:
—Gracias, Daddy… gracias…