Ordeñada por Daddy Capítulo 3
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Capítulo 3

Pasaron cuatro días.

Elena ya no saltaba cada vez que oía un ruido. Dormía más profundo. Comía todo lo que Marcus le ponía delante. Y, sin darse cuenta, había empezado a buscarlo con la mirada cada vez que él entraba en la casa.

La tarde del quinto día la encontró sentada en el sofá grande de la sala, envuelta en una manta, mirando el fuego. Marcus entró del exterior, trayendo frío y olor a madera cortada. Se quitó la chaqueta, se lavó las manos y se acercó a ella.

—Levántate.

Ella obedeció de inmediato. La manta se le resbaló de los hombros. Llevaba solo la camiseta grande de él y unos calzoncillos prestados.

Marcus la miró de arriba abajo con calma.

—Hoy te reviso como te dije.

La tomó de la mano y la llevó hasta su habitación. La luz de la tarde entraba cálida por la ventana. Él cerró la puerta con el pie y se sentó en el borde de la cama.

—Quítate la camiseta.

Elena dudó solo un segundo. Luego cruzó los brazos, se la sacó por la cabeza y se quedó en sujetador y calzoncillos. Marcus no dijo nada. Solo extendió la mano y le hizo un gesto.

Ella se acercó. Él la colocó de pie entre sus piernas, exactamente como en la cocina días atrás. Sus manos grandes subieron por su cintura y se detuvieron debajo del sujetador.

—Este también fuera.

Elena tragó saliva y se lo quitó. El aire fresco le rozó los pezones y se le erizaron al instante. Marcus los miró con atención. No eran grandes. Todavía. Pero estaban más sensibles de lo normal; ella lo notaba cada vez que la tela le rozaba.

Él levantó las manos y las posó sobre ellos con una suavidad sorprendente. Las palmas calientes cubrieron casi por completo la carne. Apretó apenas.

Elena soltó un suspiro tembloroso.

—¿Te duele?

—No… está raro. Como… hinchado.

Marcus asintió, como si esperara esa respuesta. Empezó a masajearlos con movimientos lentos y circulares, apretando un poco más en cada pasada. Los pulgares rozaban los pezones una y otra vez.

—He estado poniéndote algo en la comida —dijo con naturalidad—. Hierbas y un compuesto que ayuda al cuerpo a producir leche. También un poco de hormona. Nada peligroso. Solo… efectivo.

Elena abrió los ojos, sorprendida, pero no se apartó. El masaje se sentía demasiado bien. Un calor espeso le bajaba desde el pecho hasta el vientre.

—¿Leche…? —susurró.

—Sí. Quiero que produzcas. Quiero poder alimentarte yo mismo. Y quiero beber de ti.

Lo dijo sin vergüenza, mirándola a los ojos mientras seguía amasando sus pechos. Los pezones ya estaban duros y oscuros entre sus dedos.

Elena sintió que se le aflojaban las rodillas. Apoyó las manos en los hombros anchos de él para no caerse.

—Daddy…

—Shhh. Quédate quieta. Deja que te prepare.

Marcus se inclinó y cerró la boca alrededor de un pezón. Chupó con fuerza, tirando suavemente. Elena soltó un gemido agudo y se arqueó hacia adelante. Él gruñó contra su piel y pasó al otro pecho, lamiendo, chupando, mordisqueando apenas.

Cuando se separó, un hilo de saliva unía su labio inferior al pezón brillante.

—Todavía no hay leche —murmuró—. Pero pronto. En unos días vas a empezar a gotear. Y cuando eso pase, voy a ordeñarte cada mañana y cada noche. ¿Entiendes?

Ella solo pudo asentir, el pecho agitado, los pezones hormigueando.

Marcus le dio una última apretada posesiva a ambos pechos y luego la atrajo contra su cuerpo. La abrazó con fuerza, una mano en su nuca y la otra en su espalda baja.

—Buena chica —susurró contra su pelo—. Ya estás respondiendo. Tu cuerpo sabe lo que necesita. Y yo también.

Elena escondió la cara en su cuello, temblando. No tenía miedo. Tenía algo mucho más peligroso: ganas. Ganas de que él siguiera. Ganas de que la leche llegara pronto. Ganas de dejar que Daddy hiciera con ella exactamente lo que quisiera.

Esa noche Marcus volvió a masajearle los pechos antes de dormir, esta vez con un aceite caliente que olía a hierbas.

Y Elena, por primera vez, se corrió solo con esa estimulación, gemiendo su nombre mientras él le susurraba al oído lo bien que se iba a ver cuando estuviera llena de leche y de él.