Ordeñada por Daddy Capítulo 2
22%

Capítulo 2

Elena se despertó con el olor a café y tocino.

Por un momento no recordó dónde estaba. Luego sintió el colchón firme, las sábanas limpias y el silencio profundo de la montaña. No había voces gritando reglas, ni campanas, ni miradas de vigilancia. Solo el crepitar lejano de la chimenea.

Se incorporó despacio. Llevaba puesta una de las camisetas viejas de Marcus, tres tallas más grande, que le llegaba a mitad de muslo. Él se la había dejado la noche anterior después de obligarla a ducharse y comer hasta que casi no pudo más.

Bajó las escaleras descalza.

Marcus estaba en la cocina, de espaldas, moviendo algo en la sartén. Cuando ella entró, se giró. Sus ojos recorrieron las piernas desnudas, la forma en que la camiseta se le pegaba al pecho, y algo pesado se instaló en su mirada.

—Buenos días, nena.

—Buenos días, Daddy…

La palabra le salió más fácil que el día anterior. Casi natural.

Él asintió, satisfecho.

—Siéntate.

Ella obedeció. Marcus le sirvió un plato abundante y se sentó enfrente, observándola mientras comía. No habló hasta que ella terminó el último bocado.

—Anoche dormiste mal —dijo—. Te oí moverte.

Elena bajó la vista a la taza de café.

—Sueños… de allá.

Marcus no preguntó más. Simplemente extendió la mano por encima de la mesa y le acarició la mejilla con el pulgar.

—Eso se va a acabar. Aquí no tienes que estar alerta. Yo me encargo.

Ella cerró los ojos un segundo, apoyando la cara en su mano grande. El simple contacto le provocó un temblor bajo la piel.

Cuando abrió los ojos otra vez, Marcus la estaba mirando con una intensidad distinta.

—Ven aquí.

Elena se levantó y rodeó la mesa. Él la atrajo hasta que quedó de pie entre sus piernas. Sus manos grandes subieron por los laterales de sus muslos, debajo de la camiseta, y se detuvieron en su cintura.

—Estás demasiado delgada —murmuró, apretando un poco—. Vamos a cambiar eso. Vas a comer lo que yo te diga, vas a dormir cuando yo te diga… y vas a dejar que te toque cuando yo quiera.

Ella tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo.

—¿Y si… si no sé cómo?

Marcus sonrió apenas, una sonrisa lenta y oscura.

—Por eso estoy yo. Para enseñarte.

Sus pulgares rozaron la piel debajo de sus pechos, todavía pequeños y firmes. Elena contuvo el aliento. Él no llegó a tocarlos del todo, solo los rozó, como midiendo.

—Estos también van a cambiar —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Pronto.

Ella no entendió del todo a qué se refería. Solo sintió un calor extraño concentrarse en el pecho, como una promesa.

Marcus le dio una palmada suave en la cadera.

—Hoy descansas. No haces nada. Yo trabajo afuera y tú te quedas dentro, abrigada. A la tarde te reviso.

—¿Revisar…?

Él la miró a los ojos.

—Sí. Voy a revisar que estés comiendo, que estés calmada… y que tu cuerpo empiece a responder como debe. ¿Algún problema con eso, nena?

Elena sintió que las mejillas se le calentaban. Negó con la cabeza.

—No, Daddy.

—Buena chica.

La atrajo un poco más y le dio un beso lento en la frente, luego otro en la comisura de los labios. No fue un beso de pasión todavía. Fue un beso de posesión. De marca.

Cuando la soltó, Elena se quedó temblando suavemente en medio de la cocina, con la camiseta arrugada y el pecho agitado.

No sabía que esa misma noche Marcus empezaría a masajearle los pechos con un aceite especial que había preparado.

Ni que en menos de dos semanas la leche empezaría a brotar.

Ni que él estaría ahí para beberla primero.

Solo sabía que, por primera vez, alguien la estaba cuidando de verdad… y que su cuerpo ya empezaba a reaccionar a esa atención de una forma que no terminaba de entender, pero que no quería detener.