Ordeñada por Daddy
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Capítulo 1
Elena llegó al rancho al caer la tarde.
El camino de tierra había dejado el coche cubierto de polvo y a ella con las manos temblando sobre el volante.
Llevaba tres días sin dormir bien. La secta había quedado atrás, pero el miedo todavía le apretaba el pecho.
Cuando bajó del vehículo, el aire frío de la montaña le golpeó la cara y le hizo entrecerrar los ojos.
La casa de madera se alzaba al fondo, sólida, aislada, sin ningún otro edificio a la vista. Exactamente como lo recordaba de niña, aunque habían pasado años.
La puerta se abrió antes de que pudiera llamar.
Marcus estaba allí. Más grande de lo que recordaba. Hombros anchos, barba oscura con algunos hilos de plata, mirada intensa que la recorrió de arriba abajo sin disimulo. Llevaba una camisa a cuadros arremangada y botas sucias de trabajo.
—Elena.
Solo dijo su nombre. Como si la hubiera estado esperando.
Ella asintió, apretando la correa de la mochila contra el hombro.
—No… no tenía a dónde más ir —admitió en voz baja—. Mamá dijo que tú… que quizás podrías…
Marcus no la interrumpió. Simplemente dio un paso a un lado y le hizo un gesto con la cabeza para que entrara.
La casa olía a madera, a café y a algo más profundo, algo masculino y seguro. Elena dejó la mochila en el suelo y se quedó quieta en medio de la sala, sin saber qué hacer con las manos.
Él la observó en silencio unos segundos.
—Has adelgazado —dijo al fin—. Y tienes cara de no haber comido en días.
Ella bajó la mirada.
—Estuve… escapando.
Marcus se acercó. No la tocó todavía, pero su presencia era tan grande que ella sintió que el aire se espesaba.
—Escuché lo de la secta —murmuró—. Tu madre me llamó hace una semana. Me dijo que habías desaparecido.
Elena tragó saliva.
—Ya no estoy allí.
—Lo sé.
Hubo un silencio cargado. Entonces Marcus habló otra vez, con esa voz grave y calmada que le llegaba directo al estómago.
—Aquí no hay sectas. No hay reglas raras. Solo yo. Y tú vas a estar a salvo. Pero hay una condición.
Ella levantó la vista, el corazón latiéndole rápido.
—¿Cuál?
—Que me dejes cuidarte. De verdad. Sin discutir cada cosa. Sin intentar ser fuerte todo el tiempo. Si te quedas, yo decido cómo te alimento, cómo descansas y cómo te recuperas. ¿Entiendes?
La forma en que lo dijo no fue una pregunta amable. Fue una afirmación. Una oferta con peso.
Elena sintió un calor extraño subirle por el pecho. Nadie le había hablado así en mucho tiempo. Nadie le había ofrecido exactamente lo que, en el fondo, más necesitaba.
Asintió, casi sin darse cuenta.
—Sí…
Marcus inclinó un poco la cabeza.
—Sí, ¿qué?
Ella dudó solo un segundo. La palabra le salió de la boca como si hubiera estado esperando años para ser dicha:
—Sí, Daddy.
Algo oscuro y satisfecho pasó por los ojos de él.
—Buena chica.
Le puso una mano grande en la nuca, no con fuerza, pero con total posesión, y la guió hacia la cocina.
—Primero vas a comer. Después te duchas. Y luego hablamos de cómo vamos a ponerte fuerte otra vez.
Elena lo siguió sin resistirse. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía que decidir nada. Y eso, en lugar de asustarla, le provocó un alivio tan profundo que casi le hizo llorar.
No sabía todavía que, en pocas semanas, sus pechos empezarían a producir leche.
Ni que Marcus bebería de ellos cada mañana.
Ni que, antes de que terminara el invierno, estaría embarazada de él.
Solo sabía que, por primera vez, alguien la estaba criando de verdad.
Y ella quería quedarse.